Sábado 15 DE Agosto DE 2020
El Acordeón

Buscando un animalillo

LA TELENOVELA

Fecha de publicación: 02-08-20
Por: Ana María Rodas

La primera vez que fui a Tikal por tierra iba en un jeep que se cobró la tarea de acarrearme con un dolor de huesos muy focalizado: en las articulaciones coxofemorales, por decir elegantemente el trasero. Pero el viaje valió la pena. Avanzábamos apenas por una especie de trocha en medio de la selva, cuyo palio verde se aclaraba hasta flirtear con el amarillo en la medida en que el sol subía por el cielo y que se tornaba casi negro al momento del atardecer.

No muchas personas se lanzaban a la carretera para ir a Tikal, hay que reconocerlo. Mas en aquel tiempo, había dejado El Imparcial, que estaba en sus últimos días. No quería verlo morir y había aceptado un empleo en el puesto de la difusión cultural de la Embajada de Francia. Fueron tres años maravillosos.

Me di cuenta pronto que los jóvenes cooperantes franceses que llegaron a la embajada poco tiempo después que yo entrara en aquella casa de la zona uno –donde pasé el duelo por el diario que jugó un papel muy importante en mi vida– querían conocer cuanto pudieran de Guatemala. Algunos fines de semana me unía al grupo con mis hijas; en caravana íbamos a lugares que nosotras habíamos descubierto años atrás y les mostrábamos con orgullo.

Pero llevármelas en jeeps a Tikal no me pareció conveniente. Y ya en el viaje me di cuenta de cuán atinada había sido mi decisión.

A ratos, para beber un poco de agua y estirar las piernas, parábamos el vehículo y entonces nos llegaban plenos los ruidos de la selva. Muy lejanos, los rugidos de algunos felinos. Los sonidos persistentes de los bichos que se unían en un zumbido uniforme, y algunos ruidos como de lanzadera, súbitos, en medio de los helechos y la vegetación de escasa altura. Las culebras, nos aclaraba el guía, pero por más que estirábamos el cuello, no lográbamos ver otra cosa que algunas ramas bajas moviéndose.

Los monos aulladores eran otra cosa. Recuerdo haberlos oído y el instinto de conservación me hizo regresar al jeep con una celeridad poco usual. Mis compañeros se rieron de mí, pero al final admitieron que ellos también, la primera vez que escucharon sus bramidos, creyeron que eran fieras listas para atacarnos.

Recordé los hermosos libros de Rodríguez Macal y me parecía ver un andasolo en cualquier animalillo que cruzaba el camino con parsimonia, sin preocuparse por el ruido de motores y las exclamaciones nuestras. No conocían muy bien a los seres humanos y los vehículos eran más lentos y menos ofensivos que un jaguar hambriento.

En determinado momento el guía le oprimió un brazo al chofer, que paró el jeep en seco y frente a nosotros, como si de una liana cualquiera se tratara, vimos a una serpiente verde y esbelta con ojos amarillo claro. Nos bajamos despacio, con miedo de hacer ruido, pero tan absorta estaba en la culebra que me doblé el tobillo al apoyarme torpemente en una piedra y el bejuco desapareció como por ensalmo.

Me echaron maldiciones y dejaron de hablarme como por una hora, hasta que el bochorno de la tarde los hizo olvidarse de cómo se habían perdido el fotografiar a la serpiente. Además, se oyeron de nuevo los aullidos de los monos y un lagarto atravesó el camino tan mansa y sosegadamente que todos se hartaron de tomarle fotos.

Si les dijera que nos tardamos casi 24 horas en llegar tal vez no me lo creerían. Esa trocha era la única vía para adentrarse, desde Izabal, hacia el corazón del Petén.

La última vez que fui a Tikal llegamos apenas en unas siete u ocho horas, en un auto con aire acondicionado que avanzaba rápido por el camino asfaltado. A los lados de la carretera, y a lo largo de todo el trayecto, había por lo menos dos kilómetros de terreno pelado. Comencé a llorar al nada más atravesar Fronteras y no volví a ver un animal sino hasta el día siguiente en Yaxhá, cuando los monos aulladores dieron las cuatro de la tarde.

Para entonces comenzaban a deshinchárseme los ojos. Pero ni aun así logré ver un andasolo.