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El Acordeón

Los primeros pinitos


LA TELENOVELA

El primer periódico donde trabajé fue el Diario de Centro América. No estaba situado entonces —me faltaba poco para cumplir 13 años— en el hermoso edificio en la esquina de la 18 Calle y 7ª. Avenida de la zona 1, sino en una casa antigua en la 9ª. Avenida que sobrevivió a los terremotos del 17 y 18 del siglo pasado.

Por mi edad y porque no tenían gran confianza en lo que pudiera escribir me asignaron notas que no pasaran de una cuartilla, algo así como la celebración del día del Santo Patrono en San Raymundo, o cuánto mortificaban las cabritas que iban por la calles de la ciudad para que la gente pudiera tomar leche de cabra recién ordeñada.

En la sala de redacción se asombraron primero de que una joven casi niña llegara a trabajar, pero pronto se desinteresaron, luego de que me asignaran un viejo escritorio en una esquina casi oculta de la sala de redacción y que desde los talleres subieran una máquina de escribir vieja y ruidosa.

Los periodistas de mayor edad se me acercaban cuando los jóvenes habían salido a reportear y me daban consejos sobre la escritura. Los escuchaba atentamente, agradecía sus palabras y jamás les dije que ya mi padre y mi madre, años atrás, me habían enseñado mucho de lo que ellos, con la mejor de las intenciones, me repetían por las mañanas.

Eran gentiles.

Hacia el mediodía regresaban los primeros reporteros. Pasaban frente a mí y me veían con la expresión que uno adopta cuando encuentra juguetes desparramados por la sala de una casa muy bien puesta. Los veía muy seria pero por dentro reía al verles fruncida la frente.

A más de uno hallé luego, cuando ya era reportera.

Me veían con sorpresa. Supongo que recordaban los años del Diario de Centro América, cuando procuraban no verme por miedo de que se les fuera a contagiar la ignorancia que me adjudicaban sin haberme hablado siquiera.

Bueno es aclarar ahora que cuando ya tenía meses de estar en el periódico, las relaciones cambiaron.

Pero en los primeros tiempos, el jefe de redacción era el único que leía las notitas que yo escribía. Algo debe haberle llamado la atención en ellas, porque el día que recibí mi primer sueldo — treinta quetzales por el trabajo de un mes— me invitó a que me sentara frente a su escritorio. Grande, de caoba, muy bien encerado, plagado de papeles.

—Mire Ana María — me dijo y me entregó una docena de hojas mecanografiadas— lea esto y si encuentra que algo está mal, lo anota aquí, entre las líneas. Cuando termine quiero ver qué fue lo que hizo.

En mi esquinita leí las notas escritas por aquellos reporteros. Viendo hacia atrás, debo reconocer que tenían mejor manejo del lenguaje que algunos que andan ahora por ahí. Pero había errores que corregí con el lápiz rojo que me había dado el jefe de redacción. Le devolví las hojas. Algunas con un leve sarampión. Otras con la enfermedad más avanzada.

Me encontraba tratando de escribir algo que entretuviera a los lectores sobre la inauguración de una pila de agua potable en un pueblecillo del Quiché cuando el jefe de redacción y el director interrumpieron mi tarea.

— Ana María —soltó el director con su voz atiplada, que no hacía juego con el corpachón que había construido a lo largo de los años— dice don Eduardo que usted hizo estas correcciones.

–En efecto —respondí. Y por poco me río cuando me vio con sorpresa. No creía que le hubiera respondido algo más que un sí. Desconocía que había sido mi madre la que me había enseñado a leer y escribir y que tanto a mis hermanos como a mí nos exigían, en casa, habla y escritura irreprochables.

— ¿Y no querría trabajar con los correctores de pruebas? Ellos ganan 35 quetzales. Es más de lo que le pagamos ahora.

—No gracias, don Carlos. Prefiero seguir aquí en la redacción.

El director me vio con ojos de incredulidad. Don Eduardo sonrió ampliamente. Al día siguiente comenzó a llevarme cuartillas para que lo ayudara a corregir.

Pero en ese día en que recibí mi primer salario de periodista, en cuanto terminé mi tarea subí en dirección de la 6ª. Avenida. Allí estaba la librería de Tuncho Granados y derroché diez quetzales en libros. La felicidad total: ya era periodista y podía comprar libros con la propia fortuna personal.

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