Sábado 15 DE Agosto DE 2020
El Acordeón

“Liquidación”, una profecía literaria del coronavirus

La realidad no siempre supera a la ficción, en ocasiones parece imitarla. Una enfermedad desconocida brota en China y se expande por todo el mundo. La población comienza a utilizar mascarilla, las empresas envían a los trabajadores a casa y, ante el mínimo signo de normalidad, la gente vuelve a reunirse tentando la suerte de caer infectados ¿les suena? Este es el punto de partida de Liquidación, una novela publicada en el 2018 que llega ahora traducida al castellano. Ofrecemos el primer capítulo de la misma y una entrevista con su autora, la escritora estadounidense Ling Ma.

Fecha de publicación: 19-07-20
Por: Ling Ma

Tras el Final llegó el Principio. Al Principio éramos ocho, luego nueve –esa era yo–, un número que ya no haría más que disminuir. Nos encontramos los unos a los otros en el camino, tras abandonar Nueva York en busca de la seguridad de los pastos del interior. Los habíamos visto en las películas, aunque no sabíamos en cuáles exactamente. Eran muchas las cosas que no ocurrían del mismo modo que en la pantalla.

Éramos expertos en marketing y abogados especializados en propiedad y profesionales de recursos humanos y consultores financieros personales. No sabíamos cómo se hacía nada, así que lo buscábamos todo en Google. Buscamos “cómo sobrevivir en la naturaleza”, y Google nos devolvió imágenes de hiedras tóxicas, huellas de oso e insectos de cuyo veneno era mejor alejarse. No estaba mal, pero queríamos saber cómo ir a la ofensiva, en contra de todo. Buscamos “cómo hacer fuego” y vimos en YouTube videos de hogueras encendidas mediante el choque del pedernal y el acero, del pedernal y el pedernal, con lupas puestas al Sol. No pudimos encontrar el pedernal, ni siquiera sabíamos cómo identificarlo, y ya habíamos probado con las gafas de Bob. Alguien encontró un mechero Bic en una chaqueta vaquera. Atravesamos la noche con el fuego y dimos a una mañana que nos condujo a un Walmart desierto. Reunimos agua embotellada y crema exfoliante y también iPods y cervezas y bronceador y lo metimos todo en nuestros Jeeps robados. Al fondo encontramos armas y munición, trajes de camuflaje, mirillas y cargadores. Buscamos en Google “cómo disparar”, y cuando lo intentamos nos asustó el retroceso, el olor a sal y a humo, el drama litúrgico que suponía hacer todo aquello en el bosque. Pero, aunque lo hiciéramos mal, con la mano blanda y sin dar al blanco, disfrutamos disparando aquellas armas. Bajo nuestros índices justicieros murieron botellas de cerveza, murieron ejemplares de Vogue, murieron peluches, retoños de roble, ardillas y ciervos. Nos dimos un festín.

Google no nos duró mucho. Tampoco Internet ni ninguna otra infraestructura, pero al principio del Principio nos permitió alardear, aunque fuera –en ausencia de otros– ante nosotros mismos. ¿Quién nos iba a envidiar, quién estaría orgulloso de nosotros? Nuestras búsquedas en Google se volvieron más oscuras e introspectivas. Buscamos “pirámide de Maslow” para ver cuántas de las necesidades podíamos cubrir. Las dos primeras. Buscamos “supervivientes fiebre 2011” con la esperanza de que hubiera otros como nosotros, y todo lo que encontramos fueron los mismos artículos de siempre, desactualizados y poco concluyentes. Buscamos “siete etapas de duelo” para saber en cuál estábamos. En la Ira, los más lentos en la Negación. Buscamos “¿Dios existe?” y le dimos a “Voy a tener suerte”. Google nos envió a una página con un teléfono de prevención del suicidio. Durante los doce tonos que tardamos en colgar mantuvimos la respiración esperando a alguien, una voz que confirmara que –a pesar de las inflexibles afirmaciones de Bob– no éramos los únicos supervivientes. No hubo respuesta.

De este y otros episodios dedujimos que estábamos so­los. Realmente solos.

Tras semanas de locura y estancamiento nos reunimos para trazar un plan. Bob, un hombre bajo y robusto que había trabajado en el sector de la informática, se había autoproclamado líder. Era algo mayor que el resto, aunque nadie sabía cuánto porque preguntarle habría sido una falta de respeto. Se ponía en plan gótico cuando le apetecía y sabía lo que era estar solo. Había jugado a cada edición del Warcraft con un fervor casi religioso; era como si hubiera estado preparándose para esto, esta cosa, su vocación. Llevaba el brazo derecho en un cabestrillo pegado al pecho, metido en la camisa a causa de una cirugía chapucera del túnel carpiano. Aun con esa tara se le daba muy bien dirigir a los demás según su voluntad. Y había cosas de las que ocuparse. Necesitábamos que nos dijeran qué había que hacer. Recibíamos sus órdenes, claras y concisas, como maná celestial.

–He encontrado un lugar en el que quedarnos –dijo Bob fumando de su cigarrillo electrónico. El aroma a vainilla francesa flotaba en el aire de la noche.

Nos sentamos a escuchar alrededor de la fogata. Nos contó que había comprado un gigantesco complejo de dos plantas en Chicago con algunos compañeros del instituto.

–¿Para qué? –preguntó Janelle con cierta indiferencia–. ¿Por si llegaba el Apocalipsis?

–Para cuando llegara el Apocalipsis –corrigió Bob–. Siempre supimos que pasaría. Aunque yo, personalmente, no pensé que fuera a ser tan pronto.

Bob dio otra calada a su cigarrillo electrónico antes de continuar.

–En las Instalaciones hay de todo –nos informó–. Hay techos altos y amplios. Una parte es de cristal, así que tiene mucha luz. También hay un cine. Quizá el proyector aún funcione. Cada uno tendría una habitación.

Nos pensamos lo de Chicago. El centro de las praderas de la región de los Grandes Lagos, a pesar de sus largos y duros inviernos, abunda en oportunidades para meter en conserva tubérculos y frutas de hueso. Todas las diversas sensibilidades del Medio Oeste encarnadas en la enorme y benéfica balanza del diseño urbanístico, sobre todo en River North y en el centro, en las grandes manzanas, los amplios edificios y, al atardecer, en la rica luz dorada que choca con su arquitectura moderna y majestuosa, con estructuras que han sobrevivido a incendios e inundaciones, a tantos incendios e inundaciones…

–Un entorno así –explicó Bob– resultará beneficioso para nuestra condición privilegiada, para nuestra naturaleza de supervivientes. Podremos acampar al abrigo de la brisa del lago, echar raíces que sustenten nuestras nuevas vidas y procrear entre nosotros. Amaríamos incondicionalmente a la prole surgida de la combinación de nuestras diversas ofertas étnicas. Chicago es la más americana de las ciudades americanas. De hecho –se corrigió–, es Needling. Needling, Illinois. Está a las afueras de Chicago.

–No pienso vivir en la periferia –anunció Janelle.

–¿Por qué? ¿Tienes en mente un lugar mejor? –se burló Todd.

Hacer planes nos animó y, como nos quedamos bebiendo hasta tarde, acabamos elucubrando sobre temas elevados. ¿Qué es Internet sino memoria colectiva? Cualquier cosa que ya se haya hecho la podemos hacer mejor. La maniobra de Heimlich. El parto de nalgas. El foxtrot. Las bombas de glicerina. La fabricación de velas a medida. En nuestras limitadas reservas genéticas puede que acechen tumores cerebrales metastásicos y todo tipo de depresiones y fibrosis quísticas latentes, pero también altos coeficientes intelectuales y talento para las lenguas romances. Podríamos ir más allá. Podríamos ser mejores.

Cualquier cosa era mejor que lo que sentíamos en el fondo: vergüenza, muchísima vergüenza por ser los únicos supervivientes. Otros –si es que había otros– también se sentirían así. Estábamos avergonzados por haber dejado gente atrás, por tomar lo que nos convenía allá donde lo encontráramos, por robar a aquellos que no podían defenderse. Nos sabíamos cobardes e hipócritas, mentirosos, dañinos, y dar con la confirmación de esa sospecha no suponía un alivio sino un horror. Si el Final era la forma en que la Naturaleza nos castigaba para recordarnos cuál era nuestro lugar, había funcionado. Antes nada estaba claro; ahora sí.

La vergüenza nos unía. Por la mañana buscamos en Google “tatuajes caseros” y hervimos agujas de coser. Borrachos y melancólicos, nos grabamos unos pequeños rayos en los antebrazos para simbolizar nuestro vínculo. Se decía que el jefe indio Caballo Loco había descubierto que saldría victorioso siempre que no se detuviera a saquear los restos de la batalla, y que para no olvidarlo había tatuado rayos tras las orejas de sus caballos. Golpea rápido, golpea primero.

La clave –nos recordamos a nosotros mismos– era no detenerse, continuar siempre en movimiento, incluso cuando el pasado nos llamara desde un tiempo al que todavía tendíamos, al que aún cantábamos cuando estábamos tranquilos. Los cañones de edificios de oficinas por toda la Quinta Avenida. Los empresarios suizos y japoneses que, ociosos, sorbían chocolate caliente en Bryant Park. El Sol lánguido que atravesaba las ventanas de nuestras oficinas del midtown, cuando ya casi era la hora de huir hacia los placeres de la tarde: una cena frugal apoyados en la encimera de la cocina, un capítulo de una serie, un cóctel con los amigos.

La verdad es que yo no estuve allí desde el Principio. No estuve en los googleos ni en el asalto al Walmart ni en los festines ni en los tatuajes espontáneos y masivos. Fui la última en salir de Nueva York y la última en unirme al grupo. Para cuando me encontraron, las infraestructuras ya habían colapsado. Internet se había ido por el sumidero, la red eléctrica había dejado de funcionar y el grupo ya estaba de camino a las Instalaciones. Lo primero que vieron fue el amarillo nostálgico del vehículo que había aparcado junto a una carretera, en Pensilvania. En la puerta ponía NYC TAXI. Era un Ford Crown Victoria, un modelo antiguo que las empresas de taxis habían dejado de usar hacía tiempo. Bob me dijo más tarde que parecía que hubiera llegado allí con una máquina del tiempo, directamente desde los ochenta. Esa fue mi entrada. Las autopistas estaban atestadas de coches abandonados, pero era la primera vez que daban con un taxi de Nueva York en medio de la nada. El taxímetro aún funcionaba. La luz seguía encendida.

Me encontraron deshidratada y semiinconsciente en la parte de atrás. No hablaba.

Lo cierto es que me quedé en la ciudad tanto tiempo como me fue posible. Me resistía a marcharme. Creo que esperaba a que algo cambiara, a infectarme como todos los demás. No pasó nada. Esperé y esperé. Sigo esperando.