Sábado 15 DE Agosto DE 2020
El Acordeón

La heredera

La Telenovela

Fecha de publicación: 19-07-20
Por: Ana María Rodas

La memoria no me alcanza para saber cuántos años tenía las primeras veces en que mi padre, Ovidio Rodas Corzo, me llevó al edificio donde estaba situado el diario El Imparcial. Todavía ahora cuando paso por la octava avenida de la zona uno, entre la novena y décima calles, vuelvo la vista hacia el lugar donde no tengo ni la menor idea de lo que hay, porque siempre veo la inmensa puerta por donde sale el ruido bronco de la rotativa, y me gustaría estar de pie frente a ella, para sentir el olor de la tinta de imprenta. Delicioso.

Papá era un hombre con muchas virtudes. Además de periodista era fotógrafo (dejo de escribir y vuelvo a ver hacia la pared, donde hay uno de los pergaminos que le acreditan un primer premio en un concurso nacional). Pintor y escultor, escribió con mi abuelo, Flavio Rodas Noriega, varios libros sobre la historia de los indígenas k’iche’ y el significado que esconden sus símbolos.

Tendría que escribir un libro para contar la variedad de actividades que papá realizaba, pero hoy quiero contar cómo fue que, sin pensar lo que iba a suceder, me introdujo en ese mundo para mí maravilloso del periodismo y cómo El Imparcial se encuentra imbricado en mi cerebro. La verdad es que no hay periódico o revista en los que haya trabajado a lo largo de mi vida que no forme parte de mi esencia hoy.

Regreso a la octava avenida y la rotativa está imprimiendo las páginas interiores de El Imparcial, incluyendo la página de César Brañas; la tercera página. Llamada la página editorial, cuando la verdad, las opiniones aparecían en la primera y la segunda. En la primera, la columna de David Vela, el director. En la segunda, la columna de Ramón Blanco, el gerente.

Pasamos al lado de la máquina. Papá me lleva en brazos y sube las escaleras anchas, de madera, que conducen a una azotea que se cimbra con el movimiento de la máquina más grande del taller. Por obra de magia entramos a la amplia sala de redacción en donde hay un silencio roto únicamente por el teclear de las máquinas de escribir.

En aquellos tiempos, los periodistas usaban trajes de casimir, camisas de cuello enyuquillado y corbata y se conducían con propiedad. Nada del tropel arrebatado al que me uní años más tarde cuando comencé a reportear algunos de los ministerios aposentados en el Palacio Nacional. Era mi grupo un grupo abigarrado, ruidoso, formado por seres que soltaban carcajadas o utilizaban un lenguaje procaz y que solo se calmaban cuando el funcionario mandaba a abrir la puerta para la entrevista del día.

Los periodistas “viejos” –es decir, aquellos que ya tenían 30 años o un poco más– nos evitaban como a la peste y sabían cuál era el recorrido del grupo. Entrevistaban a los mismos funcionarios que nosotros, pero un cuarto de hora antes, un cuarto de hora después.

Llegó el momento de los gobiernos militares. Era una época similar a la de ahora, cuando estudiantes, sindicalistas y representantes campesinos se enfrentaban a los intereses de los gobernantes. Los mismos de ahora: los dueños de la finca. Solo que en estos días la rancia nobleza guatemalteca no pone botas y cachuchas de parapeto. La corrupción tiene caminos inescrutables.

No sé cómo reaccionaría mi padre si reviviera y se encontrara que mientras estuvo en la tumba, su hija, en compañía de aquel grupo ruidoso que no le temía a los gases lacrimógenos –para eso llevábamos pañuelos mojados y frasquitos de vinagre– y a fin de exorcizar las balaceras, nos poníamos en la primera fila de las manifestaciones populares. Éramos ingenuos, a pesar de todo.

Creíamos que si los periodistas íbamos al frente anotando penosamente en las libretas o tomando fotografías, la policía –civil o militar– iba a ser menos agresiva con quienes se manifestaban. Casi siempre parábamos en el suelo mientras escuchábamos el silbido de las balas. Teníamos suerte. Y rápidos reflejos.

Cuando me llegó el tiempo de entrar a El Imparcial, ya había pasado por el Diario de Centro América y por un Nuestro Diario que murió prematuramente.

Aquel Imparcial ya no era el mismo. Tampoco yo era aquella niña de piernas regordetas y canelones en brazos de su padre. Pero hay magia en esta vida. El edificio y el taller trataron de parecerse al inmenso local de mi infancia y yo sentía al entrar, que la tinta de imprenta olía exactamente igual a aquella tinta que afortunadamente no se borra de mi memoria.