Viernes 14 DE Agosto DE 2020
El Acordeón

El corazón del idealismo alemán

Fecha de publicación: 19-07-20
Por: Rogelio Salazar de León

Alguien ha dicho que la filosofía siempre escoge el camino más largo, y lo más seguro es que al decirlo haya tenido razón, claro que en algunos casos más que en otros.

G. W. F. Hegel es de aquellos en quienes esa regla se cumple con mayor claridad; después de graduarse con Schelling en Tubinga, pasan años para que alcance a su amigo, como profesor en Jena (Schelling, por su precocidad, lo es desde que ambos se graduaron).

Al llegar Hegel a Jena, a ser compañero de su condiscípulo, después de haber velado sus armas, parece decirle de forma tácita: ahora te vas a enterar de quién soy yo (hay una carta de Hegel a Schelling, en torno a unas vacaciones en Bamberg, en donde esto salta a la vista).

La tarea más importante que Hegel realiza en Jena no es la de profesor, que era su oficio, lo más significativo que hace allí es escribir un libro, acaso lo más importante que escribió en su vida, para entonces andaba alrededor de los treinta y cinco años; de ahí en adelante su vida académica no pararía de ir en ascenso, lo cual Schelling no pudo ignorar.

El libro en cuestión es la conocida Fenomenología del Espíritu, obra de profundo calado que, una vez que ha sido terminada, Hegel, su autor, advierte que necesita una introducción la cual, según se sabe, fue escrita en el año de 1806, justo cuando Bonaparte arrasaba Alemania y obtenía una victoria definitiva en Jena, precisamente, donde Hegel vive y trabaja.

A estas alturas, tanto Fichte como Schelling (ambos profesores en Jena, como Hegel) ya han tomado posiciones ante la obra de Kant, quien ha muerto en 1804 dejando una huella imborrable sobre la cultura y lengua alemana, él dominaba la escena filosófica desde el siglo anterior, como el máximo exponente del pensamiento ilustrado.

Entre otras cosas, hay que decir, que la Fenomenología del Espíritu es, de algún modo, eso mismo que ya han hecho Fichte y Schelling: adoptar una postura frente a Kant, lo cual sucede en cada una de las partes del libro de Hegel, pero más claramente en la citada introducción, que para esta nota, funciona como el mismísimo “Corazón del Idealismo Alemán”.

Ese núcleo del Idealismo Alemán, esa introducción de la Fenomenología del Espíritu empieza con una polémica; como no puede ser de otro modo, esa es una polémica con Kant: Hegel comienza combatiendo contra un hábito que se ha ido convirtiendo en algo tan natural como lo que ni siquiera se cuestiona, el hecho de que, entonces, se entendía que la filosofía debería estar precedida por una investigación crítica, que girara en torno a la facultad de conocer, que tratase acerca de la posibilidad del conocimiento.

Siguiendo a la tradición racionalista pero, sobre todo, siguiendo a Kant se ha convertido en un hábito o en un lugar común razonar y conjeturar sobre la posibilidad e idoneidad de la facultad de conocer, antes de filosofar; o sea buscar, mediante una teoría del conocimiento (antes de que algo sea conocido) las condiciones, los alcances y los límites del propio conocimiento; en suma, para el pensamiento moderno se ha tratado de investigar el conocimiento, antes de que este se aplique a algún asunto.

Todo, actuando como quien obedece a la actitud de que el conocimiento es una especie de energía abarcable de una forma sinóptica, capaz de ser expresada en una sinopsis y, desde ahí, valorar sus posibilidades; como si dijéramos: contame la película o la novela, porque así me ahorro la ida al cine o la lectura.

Querer razonar sobre el conocer al margen de algún asunto (de forma enteramente a priori) a lo mejor podría compararse con querer aprender equitación, sin siquiera montar un caballo.

Hegel no se limita a contra-argumentar ante tal postura ni, tampoco, a situar una posición del conocimiento contra otra; él, más bien, se ocupa en poner de relieve y subrayar que hay cosas implícitas ( como incluidas de forma inadvertida) en las representaciones del conocer; o para decirlo de otra manera, y tal vez como lo diría la filosofía: Hegel se interesa por poner de manifiesto, antes una desconfianza ontológica, que una desconfianza epistemológica; en todo caso, Hegel apunta, señala y cuestiona, si la consciencia epistemológica crítica no entraña, en última instancia, una ingenuidad ontológica.

Con esa objeción y ese cuestionamiento Hegel abre una puerta que ha permanecido cerrada, o bien, si se quiere decir de una forma más sencilla habría que decir que pone el dedo en la llaga, porque allí donde se confíe en que la facultad de conocer es un medio o funciona como una herramienta, justo allí, ya se habrán tomado ciertas decisiones, aunque no se sepa algo explícito acerca de ellas, o bien, aunque no se lo admita.

Precisamente, por ello es que para Hegel la conciencia, o bien, el espíritu es eso mismo que el título de su libro enuncia: un fenómeno, es decir algo que es, que es evidente, hasta surge la tentación de decir: que existe.

De acuerdo con lo cual, según Kant, las cosas del mundo estarían siendo pensadas conforme a un modelo que les sería ajeno (eso pensaría Hegel del modelo Kantiano), o sea, si se dicen las cosas de otro modo habría que decir: volverse conocida o ser conocida, para una cosa del mundo, sería un acontecimiento que para ella pasaría como algo externo.

Cada cosa del mundo es lo que es, tanto si se convierte en un objeto para un sujeto, como si no; su ser no tiene nada que ver con que sea conocida o no; francamente, si se plantean así las cosas, lo más verosímil sería que el ser y el conocer no van juntos; aunque lo más habitual y maduro sería considerar que sí están relacionados de una forma ocasional, pero no esencial.

Para decirlo de una forma pueril: a una piedra o a cualquier cosa le es completamente indiferente e indistinto si es conocida o no; por decirlo de algún modo: le da exactamente igual.

Según Hegel, la piedra es algo en sí que, al volverse una cosa conocida, se convierte en algo para nosotros, para el sujeto que conoce, para el hombre; esa diferencia entre el ser “en sí” y el ser “para sí” funciona como el primer impulso para el pensamiento de Hegel; y es que, en efecto, las cosas quizá sean como él dice: la filosofía quizá no se interesa por el ser o el destino singular “de” cada cosa, sino que pregunta por aquello que constituye el ser “en” cada cosa…