Jueves 9 DE Julio DE 2020
El Acordeón

Mañana de Año Nuevo en el motel del sueño

Son las dos de la madrugada de la Nochevieja de 2015 cuando Patti Smith llega al Dream Motel, junto a la playa de Santa Cruz, tras dar un concierto en la legendaria sala Fillmore de San Francisco, California. Acaba de cumplir sesenta y nueve años. En la terraza de su habitación escucha las olas y piensa en su amigo Sandy Pearlman, el famoso productor musical, que lleva dos días en coma. Así comienza El año del Mono, el nuevo libro de memorias de la legendaria cantante y escritora, que la editorial Lumen acaba de lanzar en castellano y del cual ofrecemos un primer fragmento.

Fecha de publicación: 21-06-20
Por: Patti Smith

Ya estaba bien entrada la noche cuando el automóvil paró delante del Dream Motel. Pagué al taxista, me aseguré de no dejarme nada y toqué el timbre para despertar a la propietaria. Son casi las tres de la madrugada, me dijo, pero me tendió la llave y un botellín de agua. Mi habitación estaba en la planta baja y daba al muelle alargado. Abrí la puerta corredera de cristal que daba al patio privado y me deleité con el sonido de las olas, acompañado del leve rugido de los leones marinos, tumbados en los tablones que había debajo del embarcadero. ¡Feliz Año Nuevo!, grité. Feliz Año Nuevo a la luna menguante, al mar telepático.

El trayecto desde San Francisco había durado poco más de una hora. En el coche me había notado totalmente despejada, pero de pronto me sentí abatida. Me quité el abrigo y dejé la puerta corredera abierta una rendija para escuchar las olas, pero al instante me sumí en un facsímil del sueño. Me desperté con brusquedad, fui al cuarto de baño, me cepillé los dientes, me quité las botas y volví a la cama. Tal vez soñé algo.

Mañana del día de Año Nuevo en Santa Cruz, todo bastante muerto. Me entraron unas ganas repentinas de un desayuno en concreto: café solo y sémola de maíz con cebollas tiernas. Era muy poco probable que consiguiera ese manjar allí, pero un plato de huevos con jamón también serviría. Agarré la cámara y bajé por la colina hacia el muelle. Un cartel luminoso relucía medio oculto por las altas y esbeltas palmeras, y me di cuenta de que, en realidad, no se trataba de un motel. El cartel rezaba DREAM INN y estaba coronado por una explosión estelar que recordaba la era del Sputnik. Me detuve a admirarlo y saqué una foto con la Polaroid, esperé a que la imagen se revelara y me la metí en el bolsillo.

–Gracias, Dream Motel– dije, medio al aire, medio al cartel luminoso.

–¡Dream Inn!– exclamó el cartel.

–Ay, sí, perdona– contesté, bastante aturdida por su respuesta– . A pesar del nombre, no he soñado nada.

–¿De verdad? ¡Nada!

–¡Nada!

No pude evitar sentirme igual que Alicia, interrogada por la Oruga que fuma el narguile. Bajé la mirada hacia los pies, para evitar la energía escudriñadora del cartel luminoso.

–Bueno, gracias por la foto– le dije, y me dispuse a alejarme.

Sin embargo, mi partida se vio frenada por un elenco inesperado de imágenes animadas de Tenniel, el ilustrador de Alicia en el País de las Maravillas: la Falsa Tortuga erguida. El pez y la rana sirvientes. El Dodo, que luce su única e inmensa manga de americana; la horripilante Duquesa y el Cocinero, y la propia Alicia, que preside taciturna una interminable merienda para tomar el té en la que, que nos perdonen a todos, no se sirve té. Me pregunté si el repentino bombardeo de imágenes era una autosugestión o cortesía de la carga magnética del cartel luminoso del Dream Inn.

–¿Y ahora qué pasa?

–¡La mente!– exclamé, exasperada, mientras los bocetos animados se multiplicaban a un ritmo alarmante.

–¡La mente, que se despierta!– contestó el cartel luminoso ahogando una risa triunfal.

Me di la vuelta y rompí la transmisión. En realidad, como soy un poco bizca, a menudo experimento esos saltos de visión, por norma general hacia la derecha. Además, una vez que se despierta por completo, el cerebro está receptivo a toda clase de señales, pero no pensaba confesárselo a un cartel.

–¡No he soñado nada!– repetí con un grito tozudo mientras bajaba la colina flanqueada por salamandras flotantes.

Al pie de la colina había un tugurio roñoso con la palabra CAFÉ escrita en letras de casi dos palmos de alto encima del cristal del escaparate, con un cartel debajo que decía ABIERTO. Dado que habían dedicado una parte tan prominente del ventanal a la palabra “café”, supuse que debían de hacerlo bastante bueno; tal vez incluso tuvieran donas espolvoreadas con canela. Pero en cuanto puse la mano en el pomo, me fijé en otro cartelito más pequeño que se balanceaba: CERRADO. Ni una explicación, ni un mísero “Vuelvo dentro de veinte minutos”. Tuve un mal presentimiento en cuanto al café y perdí toda esperanza de conseguir donas. Imaginé que la mayor parte de la gente estaba encerrada en casa con resaca. No se puede reprochar a una cafetería que esté cerrada el día de Año Nuevo, aunque, en mi opinión, un café podría ser el remedio perfecto después de una noche de fiesta y excesos.

Privada del café, me senté en el banco exterior y repasé los flecos de la velada anterior. Había sido la última de tres noches seguidas de actuación en el Fillmore y estaba afinando las cuerdas de mi Stratocaster cuando un tipo con una coleta grasienta se inclinó sobre mí y me potó encima de las botas. Las últimas náuseas de 2015, una salpicadura de vómito que me acompañó en la entrada del Año Nuevo. ¿Era un buen o un mal augurio? En fin, teniendo en cuenta el estado general del mundo, ¿quién apreciaría la diferencia? Al recordarlo, rebusqué en los bolsillos hasta dar con una toallita húmeda, que suelo reservar para limpiar la lente de la cámara, me arrodillé y me limpié las botas. Feliz Año Nuevo, les dije.

Mientras pasaba con sigilo por delante del cartel luminoso, una curiosa retahíla de frases encadenadas me vino a la mente, así que saqué un lápiz del bolsillo para apuntarlas enseguida. “Pájaros cenicientos rodean la ciudad cubierta de polvo nocturno / Prados errantes adornados con niebla / Un palacio mítico que aún era un bosque / Hojas que no son más que hojas”. Es el síndrome del poeta seco, que necesita sacar inspiración del aire errático, igual que Jean Marais en el Orfeo de Cocteau, que se encierra en un abarrotado garaje en las afueras de París, dentro de un Renault destartalado, sintoniza distintas frecuencias de radio y garabatea fragmentos en papelillos sueltos: “Una gota de agua contiene el mundo”, etcétera.

De vuelta en la habitación del hotel, localicé unos sobrecitos de Nescafé y un pequeño hervidor eléctrico. Me preparé un café, me arropé con la manta, abrí las puertas correderas y me senté en el reducido patio de cara al mar. Un murete bajo me tapaba parte de la vista, pero tenía mi café, oía las olas del mar y me sentía razonablemente satisfecha.

Entonces pensé en Sandy. En teoría tenía que estar conmigo, en otra habitación al fondo del pasillo. Íbamos a encontrarnos en San Francisco antes de los conciertos de la banda en el Fillmore para hacer lo de siempre: tomar un café en Caffe Trieste, repasar con detenimiento las estanterías de la librería City Lights y pasearnos con el coche arriba y abajo por el Golden Gate, mientras escuchábamos a The Doors, Wagner y Grateful Dead. Sandy Pearlman, el compañero al que conocía desde hacía más de cuatro décadas, con su acelerada cadencia que rompía el ciclo de El anillo de los nibelungos o un riff de Benjamin Britten, siempre nos acompañaba cuando tocábamos en el Fillmore, con su trotada cazadora de cuero y su gorra de béisbol, inclinado sobre un vaso de ginger ale en la mesa de siempre detrás de una cortina cerca del vestuario. Nuestra intención era romper filas después del concierto de Nochevieja y conducir esa madrugada entre la agitada niebla hasta Santa Cruz. El plan era comer el día de Año Nuevo en su taquería secreta, cerca del Dream Motel.

Sin embargo, nada de todo eso llegó a ocurrir, porque habían encontrado a Sandy solo, la víspera de nuestro primer concierto, inconsciente en un aparcamiento de San Rafael. Lo trasladaron a un hospital del condado de Marin, tras haber sufrido una hemorragia cerebral.

La mañana de nuestro primer concierto, Lenny Kaye y yo fuimos a la UCI de ese hospital. Sandy estaba en coma, con tubos por todas partes, rodeado de un silencio espeluznante. Nos colocamos uno a cada lado de la cama y prometimos que seguiríamos mentalmente conectados a él, que dejaríamos un canal de comunicación abierto, listos para interceptar y aceptar cualquier señal. No solo las esquirlas del amor, como solía decir Sandy, sino el cáliz entero.

Regresamos a nuestro hotel en Japantown, casi incapaces de articular palabra. Lenny sacó la guitarra y nos dirigimos a un local llamado On the Bridge, situado en el pasaje que comunicaba la parte este y la oeste del centro comercial. Nos sentamos junto a una mesa de madera verde, en tal estado de shock que nos habíamos quedado mudos. Las paredes eran amarillas, decoradas con pósteres de manga japonés, Hell Girl y Wolf’s Rain y colecciones de cómics que se parecían más a novelas de bolsillo. Lenny tomó katsu curry con cerveza Asahi Super Dry y yo pedí unos espaguetis con huevas de pez volador y un té oolong. Comimos, compartimos un sake con solemnidad, luego nos desplazamos hasta el Fillmore para la prueba de sonido. No podíamos hacer nada salvo rezar y tocar sin la entusiasta presencia de Sandy. Nos zambullimos en la primera de tres noches de acoples de los micros, poesía, combates de improvisación, política y rock and roll, con tanto ímpetu y tanta entrega que me quedé sin resuello, como si pudiéramos despertarlo con el sonido.

La mañana en que yo cumplía sesenta y nueve años, volví con Lenny al hospital. Permanecimos un rato junto a la cama de Sandy y, pese a saber que era una promesa imposible, juramos que no nos separaríamos de él. Lenny yo nos miramos a los ojos, sabedores de que, en realidad, no podíamos quedarnos. Había trabajo que hacer, conciertos que dar, vidas con las que seguir, aunque fuera sin pensar. Estábamos condenados a celebrar mi sexagésimo noveno cumpleaños en el Fillmore sin Sandy. Esa noche, di la espalda al público un instante durante el solo de If 6 Was 9, contuve las lágrimas mientras las oleadas de palabras se superponían a otras oleadas, se fundían con imágenes de Sandy, todavía inconsciente, esperándome al otro lado del Golden Gate.

Cuando cumplimos con los compromisos en San Francisco, dejé atrás a Sandy y me dirigí sola a Santa Cruz. No me sentí con ánimo de cancelar su habitación, y me quedé en el asiento posterior del coche, oyendo el remolino de su voz. “Matrix Monolith Medusa Macbeth Metallica Machiavelli”. El particular juego de Sandy con la M, directo a la borla de terciopelo, con indicaciones que lo llevaban nada menos que hasta la Biblioteca de Imaginos.

Me senté en el patio anexo a mi habitación, envuelta en una manta como una convaleciente de La montaña mágica; luego noté el génesis de un extraño dolor de cabeza, seguramente provocado por un cambio repentino en el barómetro. Me dirigía a la recepción en busca de una aspirina cuando me di cuenta de que en realidad mi habitación no estaba en la misma planta que la entrada del motel, sino en una inferior, de ahí que quedase tan cerca de donde empezaba la playa. Se me había olvidado, así que me sentí confundida mientras recorría todo el pasillo de iluminación tenue. Incapaz de localizar la escalera que conducía a la recepción, desistí de tomarme la aspirina y decidí regresar. Al buscar la llave en el bolsillo, me topé con un apretado rollo de gasa casi del grosor de un Gauloises. Desenrollé un tercio, con la leve esperanza de encontrar un mensaje, pero no había nada. No tenía la menor idea de cómo había llegado a mi bolsillo, pero volví a enrollar la gasa, me la guardé y entré de nuevo en la habitación. Encendí la radio; en ese momento, Nina Simone cantaba I Put a Spell on You. Las focas estaban calladas y oía las olas a lo lejos; invierno en la Costa Oeste. Me hundí en la cama y dormí como un tronco.

Al principio estaba segura de no haber soñado nada en el Dream Motel, pero cuanto más lo pensaba, más me convencía de que sí había soñado. O, mejor dicho, me había deslizado por el filo de un sueño. El atardecer se disfrazó de noche, para luego quitarse la máscara convertido en amanecer e iluminar un camino que seguí de buen grado, desde el desierto hasta el mar. Las gaviotas chillaban y graznaban mientras las focas dormían, salvo su rey, más parecido a una morsa, que levantó la cabeza y bramó hacia el sol. Daba la sensación de que todos habían desaparecido, una desaparición inquietante, al estilo de J. G. Ballard.

La playa estaba sucísima, plagada de envoltorios de chocolatinas; cientos, quizá miles, desperdigados por ella como las plumas tras la época de muda. Me puse de cuclillas para observarlos mejor y me metí un puñado en el bolsillo. Butterfingers, Peanut Chews, 3 Musketeers, Milky Ways y Baby Ruths. Todos abiertos, pero sin rastro de chocolate. No había nadie alrededor, ni huellas en la orilla, solo un radiocasete portátil medio oculto en un montículo de arena. Me había olvidado la llave del hotel, pero la puerta corredera no estaba cerrada. Cuando regresé a mi habitación, vi que yo seguía dormida, así que esperé, con la ventana abierta, hasta que me desperté.

Mi segundo “yo” continuó soñando, incluso bajo mi atenta mirada. Mi vista se topó con una valla publicitaria descolorida que anunciaba que el fenómeno de los envoltorios de chocolatinas se había extendido hasta San Diego y había cubierto una cala que yo conocía muy bien, adyacente al muelle de pescadores de Ocean Beach. Seguí un sendero que discurría entre marismas interminables moteadas de edificios abandonados de muchos pisos con ángulos cambiantes. Malas hierbas altas y esbeltas crecían de las grietas del cemento, con ramas como brazos pálidos que surgían de estructuras muertas. Cuando por fin accedí a la playa, la luna estaba alta y marcaba la silueta del viejo muelle. Había llegado tarde, habían rastrillado todos los restos de los envoltorios y los habían acumulado en montículos, a los que luego habían prendido fuego, creando una larga línea de hogueras tóxicas que, a pesar de todo, se veían preciosas; los envoltorios en llamas se rizaban como hojas otoñales artificiales.

La periferia del sueño, ¡qué periferia tan envolvente! Bien mirado, se parecía más a una aparición, la premonición de lo que está a punto de suceder, como una enorme nube de mosquitos, nubes negras que oscurecen el camino de los niños que pedalean en las bicis. Los límites de la realidad se reconfiguraban de tal modo que parecía necesario trazar el mapa de esa topografía hecha con retazos. Lo que hacía falta era un poco de pensamiento geométrico que lo ordenara todo. En el fondo del cajón inferior del escritorio encontré un par de tiritas, una postal descolorida, un carboncillo y una lámina de papel de calco, lo cual me pareció un golpe de suerte increíble. Pegué el papel de calco a la pared e intenté dar sentido a una huida imposible, pero solo logré componer un croquis fracturado que contenía toda la lógica improbable de un mapa del tesoro infantil.

– Usa la cabeza– me reprendió el espejo.

–Usa la mente– me aconsejó el cartel luminoso.

Tenía el bolsillo repleto de envoltorios de chocolatinas. Las extendí sobre el escritorio junto a la postal, la Exposición Panamá celebrada en San Diego en 1915. Eso me hizo plantearme ir a San Diego para comprobar en persona el estado de Ocean Beach.

En el curso de mi infructuoso análisis, me había entrado bastante hambre. Encontré un restaurante de menú con aire retro cerca de allí que se llamaba Lucy’s y pedí un sándwich de queso fundido con pan de centeno, tarta de arándanos y café solo. En el cubículo de detrás había unos críos, no tendrían más de trece o catorce años. Hasta entonces no había prestado atención a lo que decían, sino que me había dejado adormecer por el sonido de sus voces, como si salieran de una jukebox puesta en la mesa, en la que se pudiera elegir una canción a cambio de una moneda. Los críos de la jukebox hablaban en voz baja, un murmullo que de forma gradual se convirtió en palabras distinguibles.

– No, son tres palabras que forman un nombre compuesto.

–Imposible, si son tres palabras diferentes, no pueden formar un compuesto. Son dos nombres sueltos con una preposición en medio. Son dos cosas distintas, pero relacionadas.

–Pero entonces es lo mismo.

–No, has dicho que formaban un compuesto. Y no es una palabra compuesta. Son palabras separadas.

–Sois tontos de remate– dijo una voz nueva. Silencio repentino. Debía de ser el líder, porque todos se callaron y lo escucharon–. Es una sola cosa, un único objeto. Un sustantivo complementa al otro mediante la preposición. Todo junto, “envoltorio de chocolatina”, forma un sintagma nominal.

Eso captó mi atención. Era imposible que se tratase de una coincidencia. El murmullo ascendía como el vapor de un bloque de hielo seco. Recogí la cuenta de mi mesa y me detuve como por casualidad delante de ellos. Cuatro empollones con pinta tan cool que resultaba agresiva.

–Oye, ¿sabéis algo sobre esto?– pregunté mientras alisaba un envoltorio.

–Han escrito mal “Chews”. Lo han puesto con zeta final.

–¿Y sabéis de dónde puede haber salido?

–Supongo que será una falsificación china.

–Bueno, si os enteráis de algo, avisadme.

Mientras me observaban con aire cada vez más divertido, recogí el envoltorio de los Peanut Chews de imitación. No sé cómo no me había fijado en la zeta errante. La empleada de la caja estaba abriendo un rollo de monedas de un cuarto de dólar. Caí en la cuenta de que no había dejado propina y regresé a mi mesa.

–Por cierto– dije después de pararme junto a los adolescentes–, os confirmo que “envoltorio de chocolatina” es un sintagma nominal. Y lleva un complemento preposicional.

Se levantaron y pasaron por delante de mí casi rozándome y sin dejar propina. Me fijé en que todos y cada uno de ellos llevaban una mochila con una raya amarilla vertical. El último me miró antes de salir. Tenía el pelo moreno y ondulado, y el ojo derecho ligeramente estrábico, casi como yo.