Jueves 9 DE Julio DE 2020
El Acordeón

Scarlett O’Hara

La Telenovela

Fecha de publicación: 14-06-20
Por: Ana María Rodas

No recuerdo, realmente, cuándo fue la primera vez que vi la cinta Lo que el viento se llevó, en la que Vivian Leigh, una guapísima actriz inglesa que había destacado por sus virtudes profesionales tanto en el cine como en el teatro, se posicionó como una de las actrices favoritas de un público universal, no solo el estadounidense. Lo que el viento se llevó se exhibió con éxito en muchos países del mundo. Recuerdo una fotografía de la revista Life donde el público japonés hacía cola afuera de los cines para gozar aquella cinta que avasallaba con las actuaciones, los escenarios donde se filmó, su impresionante color.

Pero sobre todo, aunque no se dieran cuenta de ello, por encima de la belleza de Vivian Leigh, o por sobre los sucesos en la historia que vibraba en la pantalla durante casi cuatro horas, llamaba la atención la fuerza de aquella Scarlett O’Hara que representó en el cine la actriz inglesa. O le llamó la atención a aquella niña que fui cuando vi por primera vez la película.

Nunca he leído la novela de Margaret Mitchell. Me sucede con esa obra lo que usualmente me pasa con una novela que ha llenado todas mis expectativas de lectora, ser humano, escritora, y que me impide ir ver una producción cinematográfica basada en ella. Lo hice a veces y salí del cine maldiciendo por lo bajo.

Lo que sí supe a su debido tiempo es que el productor de la película –más tarde iba a saber que era David O. Selznick– se enteró quién sabe cómo de una novela que aún no había sido publicada pero que una de sus ayudantes le había recomendado.

Estoy hablando de aquellos tiempos maravillosos en que los padres e hijos –y si los había, tíos y abuelos– se sentaban a la mesa, comentaban de todo entre los mayores, mientras los niños permanecían atentos a lo que se iba comentando.

Y digo maravillosos porque desde las primeras cucharadas de sopa aquellos grandes comenzaban a comentar lo que habían visto, oído o leído. Y durante el almuerzo o la cena los niños hacíamos acopio de un montón de conocimientos, particularidades o extravagancias que no se escuchaban cuando salíamos a jugar.

La película se estrenó en Estados Unidos en 1939. Ni soñar con que viniese a Guatemala. Estábamos bajo la terrible égida de Ubico.

Pero vinieron los años cuarenta y con ellos, el esplendor de los espectáculos que llegaron a Guatemala al amparo de la inteligencia y la cultura de aquel Arévalo que llegó a la presidencia en el 44.

Entonces, los niños podíamos ir al teatro o al cine y en algún año de esos, o tal vez durante la presidencia de Árbenz, Lo que el viento se llevó vino a Guatemala. En realidad la cinta es milagrosa. Ha resucitado innumerables veces a lo largo de los años. Y cada vez que ha llegado al país he ido a verla.

El personaje de Scarlett O’Hara sigue siendo, para mí, modélico. Una mujer que decide contra viento y marea –luego de sufrir todos los horrores de la guerra entre el norte y el sur de los Estados Unidos– conservar la tierra de su familia. Una mujer que muerta de hambre arranca del suelo una zanahoria, o lo que haya sido y afirma “Con Dios por testigo, nunca volveré a pasar hambre”. Y lo cumple.

Rescata Tara, que así se llamaba la propiedad, dirige su recuperación luego de que la incendiaran y la atomizaran los soldados del norte. Y cuida de su familia, tarea que solamente puede llevar a cabo ella por su carácter, decisión y firmeza.

Una mujer que luego de amores o desamores fallidos se casa con un atractivo bribón, Rhett Butler –encarnado por Clark Gable, nada despreciable físicamente– y que tras un matrimonio difícil, durante el cual muere su única hija, razón que invoca Butler para la disolución de la pareja, cuando el tipo se va aparentemente para siempre, Scarlett se levanta de la escalera donde ha caído o la ha botado el marido –eso no es importante– se levanta y murmura: “No pensaré en eso ahora. Lo haré mañana”. Y se incorpora.

Así, no se espanten de que eche sapos y culebras cuando ahora, los atiborrados de una ‘correctness’ que les ha surgido como por arte de magia, decidan que ‘Lo que el viento se llevó’ no puede ser proyectada ni en el cine ni en medio digital alguno, porque es racista.

Prueben a filmar de nuevo la cinta, y en vez de esclavos –porque los había en la época– contraten personal en una agencia de empleos. Y asegúrense de que sean rubios.