Jueves 9 DE Julio DE 2020
El Acordeón

En medio de la peste

Fecha de publicación: 14-06-20
Por: Rogelio Salazar de León

La peste, que había comenzado a remitir luego de que la esfinge fuese derrotada, regresó con mucho más virulencia en una nueva oleada.

Para remediar este nuevo enigma que acosa a la ciudad otra vez, Edipo envía a su cuñado-tío Creonte, hermano de la Reina Yocasta su mujer-madre (múltiples parentescos que, a estas alturas, Edipo ignora…) para hacer la consulta consabida y acostumbrada al oráculo de Delfos.

Al regresar de la comisión, el diálogo entre Creonte el enviado, y Edipo Rey de Tebas, es este:

…Creonte

Voy a decirte la respuesta del dios Apolo: ordena de la forma más clara que expulsemos al miasma que se alimenta de la peste, que no aguantemos más al mal que es incurable

Edipo

¿Con qué purificaciones…? ¿qué medio nos librará de la desgracia…?

Creonte

Desterrando al culpable o purgando con su muerte el crimen cuya sangre mancha a nuestra ciudad

Edipo

¿A quién te refieres al mencionar un crimen…?

Creonte

Teníamos aquí, Oh Rey, otro Rey llamado Layo, antes de que tú gobernases

Edipo

Yo lo sé, me lo han dicho, mas yo nunca lo conocí

Creonte

Pues, Apolo hoy nos manda a que castiguemos al asesino

Edipo

¿Dónde está ahora…? ¿Cómo encontrar la huella de un suceso tan viejo…?

Creonte

En esta tierra, ha dicho Apolo, hay que buscarlo…

Con delicada sutileza, la pluma de Sófocles marca y subraya la pena de Edipo, como tratándose de quien tiene cola que le pisen, pese a lo cual, con un ímpetu y una fuerza que solo puede ser del tamaño del deseo, Edipo sale a buscar, solo para darse de cara con lo peor.

¿Qué sabe Edipo…? Él sabe lo que el lenguaje le permite saber, él conoce las cosas hasta cierto punto, él, como cualquiera que se mueve en el lenguaje, sabe las cosas incompletas, no en plenitud; y hay que reconocer que si alguien tenía cualidades y se las podía con el lenguaje era Edipo, él había resuelto con una rapidez y una facilidad pasmosas el enigma propuesto y, ahora, de nuevo se enfrentaba a otro enigma.

Francamente, Edipo actúa como un aventajado, como quien sabe que cuenta con algunas virtudes y habilidades en lo tocante al atrevimiento y en el uso de la palabra, de las palabras que escucha, que interpreta y también que dice, casi como si se hubiese ejercitado en las astucias de la escritura y, por eso justamente, está convencido de que la vanidad de los reflejos y la profundidad de la oscuridad son las dos dimensiones irrenunciables de la palabra, las dos dimensiones necesarias de la ficción sobre las que se teje la luz y la sombra, la verdad y lo oculto, sobre las que se apuesta y se juega al filo de la navaja.

Lo que sabe Edipo es que se mueve en el lenguaje y entre sus dimensiones, como quien camina a tientas en medio de la peste.

Cosas como esa, episodios como ese son los que Platón debió tener en mente para decidir exilar a los poetas, lo cual hace en el libro tercero y subraya en el libro décimo de La República; domesticar al lenguaje ha sido un viejo afán de la ciencia, de la lógica, de la filosofía.

A propósito de lo cual surge la tentación de recordar un hecho: en 1909 la universidad norteamericana conocida como Clark University cumplirá veinte años, por lo que su presidente un tal Stanley Hall invita al Doctor Sigmund Freud a impartir un ciclo de conferencias sobre psicoanálisis.

Recibida la invitación Freud, también como alguien que se las puede con el lenguaje y como quien está curtido en sus astucias, pide posponer la fecha, ironizando, así: …No soy lo bastante rico como para abandonar mi consultorio de Viena por más de tres semanas, y los Estados Unidos de América deben procurar dinero y no costar dinero.

A propósito y mientras tanto, se puede entender que la noción del lenguaje en Freud es como la peste, porque se relaciona a la idea de trama, de historia personal: para el psiquiatra de Viena el pensador no se separa del literato al entender que la cura solo puede transitar sobre las sutilezas de la palabra del que cuenta el cuento de su vida, y descansar sobre quien sabe resguardar los valores poéticos del lenguaje; Freud sabe que algo más existe, además de lo comprobable y lo demostrable, como sucede en el caso de la peste, y eso sólo el lenguaje lo sabe.

Volviendo a la invitación académica: una vez aceptada la postergación por la universidad norteamericana, Freud invita a su discípulo Ferenczi a que lo acompañe y se entera de que Jung también ha sido invitado, de modo que los tres hacen planes para viajar juntos; el biógrafo Jones dice que los tres atraviesan el océano con una pizca de humor, compartiendo algunos sueños que les van sobreviniendo en el camino, dando paso tal vez, a la primera terapia de grupo.

¿En qué habrá pensado Freud, mientras viajaba…? ¿qué pudo interesarle, a Freud, de aquel viaje hacia el sueño americano…? Conquista, honor, riqueza… llegar a Nueva York como quien llega a la capital imperial… Freud siempre vivió seducido por la ciudad de Roma, quien haya leído algo de él lo sabe, fue un admirador rendido de las obras de Michelangelo y Bernini que habitan en Roma; seguro que Freud, mientras viajaba, también pensó en el Edipo de Sófocles, su obra referencial, en Edipo entrando a Tebas jugando y jugándosela entre la luz y la sombra de un enigma.

Lo que sí sabemos es que al ir entrando por vía naval al puerto de Nueva York, quizá, ya con la silueta de aquella estatua alzando la dudosa antorcha de la libertad en su mano, Freud le comenta a Jung: ¡…No saben que les traemos la peste…!