Lunes 1 DE Junio DE 2020
El Acordeón

Solo una cosa no hay

Para decir la verdad, la propuesta de la modernidad terminó hace muchos años y algunos acontecimientos históricos le han dado el golpe de gracia. La gran catástrofe mundial de la pandemia del coronavirus la cierra definitivamente y da inicio a una nueva época que requiere un nuevo humanismo.

Fecha de publicación: 17-05-20
Por: Dante Liano

Solo una cosa no hay: es la felicidad. Si, alguna vez, alguien se ha preguntado “¿por qué no soy feliz?”, la respuesta es simple y llana: porque la felicidad no existe. Existe, en cambio, un cuento de Tolstoi llamado La camisa del hombre feliz. En ese cuento, se relata que el zar enfermó, y habiendo fallado todas las medicinas de sus médicos imperiales, escucharon a un trovador que recetaba buscar a un hombre feliz, y que vestir la camisa de ese hombre curaría al zar. Naturalmente, emisarios del emperador recorrieron el mundo, y al fin encontraron a un campesino que exclamaba: “¡Qué bella es la vida! Con el trabajo realizado, una salud de hierro y afectuosos amigos y familiares ¿qué más podría pedir?”. Regresaron los emisarios con la buena nueva. Habían hallado al hombre feliz. Pidió el zar su camisa. Y, desolados, los súbditos exclamaron: “¡El hombre feliz no tiene camisa!” El relato tiene dos lecturas: o es de una profunda sabiduría o es un chiste bastante banal inventado por Tolstoi.

Se nos enseña, desde que tenemos memoria, a buscar la felicidad. Al mismo tiempo, la descripción de la felicidad es tan vaga que corremos toda la vida detrás de quimeras y agotadoras falacias, y el resultado casi siempre decepciona. A veces, de niños, deseamos con urgencia un juguete y cuando ese juguete está en nuestras manos, después de un rato de intenso gozo, viene el hastío, el aburrimiento, el advenimiento del deseo de otro objeto mejor. De adultos, no es que cambie mucho nuestra relación entre el deseo y el objeto del deseo. Después del orgasmo, “el dinosaurio todavía estaba allí”. En la sociedad moderna, la finalidad de todas las acciones humanas debería ser la felicidad. ¿Pero, qué es la felicidad? Según la publicidad, lavarse los dientes con una pasta dental provoca delirios de éxtasis, usar un determinado detergente convierte el odioso lavado de la ropa en una diversión envidiable, tomarse un laxante devastador devuelve la sonrisa a los tristes, comprar un automóvil vuelve la vida de colores. Para otros, las conversiones místicas provocan un estado de constante beatitud, y más todavía donar un cuantioso óbolo al carismático pastor religioso que se alimenta de sus ovejas. Y así, el mandato de buscar la felicidad, que recibimos de niños, nos convierte en desaforados buscadores de un Eldorado mítico, la zanahoria delante de nuestros ojos, siempre a punto de ser alcanzada y siempre lejos de nuestra boca.

Porque (me excuso por la repetición) la felicidad no existe.

Entendámonos: la aspiración a la felicidad es antigua como el hombre. Y la misma palabra “feliz” deriva del latín felix. Pero no siempre ha querido decir la misma cosa. Durante mucho tiempo, en el Occidente, la felicidad no estaba en este “valle de lágrimas”. La felicidad era trascendente, se llegaba a ella en el Paraíso, después de una vida terrestre de trabajos y sufrimientos. Todavía en 1611, don Sebastián de Covarrubias la define como “dicha”. Y la dicha, según su famoso diccionario, es la bienaventuranza otorgada por Dios. Nada que ver con el concepto moderno de felicidad.

La felicidad, en la época moderna, está estrechamente ligada a la idea del progreso. Así como las naciones poseen una historia lineal y progresiva en la que prosperan cada vez más, así se modela la historia personal de cada ser humano. O se debería modelar. Consiste en una vida progresivamente mejor, en donde cada uno de nosotros va superando etapas que lo hacen elevarse por encima de la etapa anterior, por encima de la generación anterior. ¿No es verdad que, cuando contamos nuestra vida, relatamos una novela que es un proyecto inacabado de superación? Los hay modestos, que lo hacen en tono menor; los hay narcisos y megalómanos, que se inciensan a más no poder. Pero sin faltar al modelo histórico de la ininterrumpida progresión hacia un fin. Y como el resultado de cada etapa es la insatisfacción, en la familia y en la escuela se nos empuja a seguir luchando para conseguir ese mito moderno llamado “felicidad”. Malgastamos la vida siguiendo esa quimera familiar y social. Una de las razones de la vida frenética que llevamos es que no sabemos muy bien qué es la felicidad. Como con algunas palabras, como “tiempo” o como “amor”, todos intuimos qué son, pero no sabemos describirlas.

En realidad, una definición existe. Si en la época premoderna (la época antigua, la época medieval) el lugar en la sociedad de cada ser humano estaba regido por su nacimiento: esclavo, siervo, mujer, príncipe o rey y ese nacimiento era aceptado como un destino, en la sociedad moderna ese destino desaparece. En la época premoderna, había muy pocas oportunidades de cambiar de estatus. Cada uno en su lugar, desde que nacía hasta que moría. El esclavo moría esclavo (salvo rescate), el campesino moría campesino, el burgués moría burgués y el que tenía la fortuna de nacer príncipe o rey moría príncipe o rey. Con la Revolución Francesa y el advenimiento de la modernidad, la historia da una caravuelta fundamental. El nuevo orden burgués y liberal suelta a los seres humanos de las ataduras del destino y le impone un mantra: “Cada quien es responsable de su propio destino”.

Es lo que los teóricos llaman: “el credo de la reciprocidad simétrica”. Está contenido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y podríamos compendiarla de esta manera: “Todos los seres humanos nacen libres, están igualmente dotados de conciencia y tienen el mismo derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad”. Un señor feudal se reiría de que sus siervos tuvieran esos derechos. Un político actual los promete a los ciudadanos. Pero eso no resuelve nuestra primera pregunta: ¿qué se entiende, en la época moderna, por “felicidad”? La respuesta está en la esencia misma de la modernidad: es una época que privilegia, por sobre todos los aspectos humanos, el predominio de la ciencia y que concibe el progreso como progreso material. Por tanto, la felicidad es material: el triunfo de la vida, a toda costa. Es sabido que, en el campo de la medicina, el mayor triunfo de un médico es mantener con vida a su paciente. Y se considera uno de los grandes logros de la modernidad el alargamiento de la vida de mujeres y hombres. Ha habido un cambio considerable en las edades de la gente: ya no se considera “vieja” a una persona de 50 años, tampoco a una de 60. Se llega a los noventa años. No importa en qué condiciones, lo importante es que estén vivas. Parejamente, la modernidad implica la negación de la muerte. Ese importante e inevitable pasaje en la vida de los seres humanos ha desaparecido del paisaje. Mientras que innumerables pueblos que conservan tradiciones milenarias conviven diariamente con la presencia de la muerte (y de sus muertos) la gente moderna no quiere ni hablar del tema. Los funerales son veloces y asépticos. Nadie considera seriamente reflexionar sobre su propia muerte, porque su mentalidad moderna la censura. La felicidad, en la época moderna, es la ausencia de la muerte.

Es comprensible. Menos comprensible, la negación del dolor. Toda la maquinaria de la modernidad conspira para anestesiar uno de los aspectos fundamentales de la vida de todos nosotros. En la vida de cada uno, el dolor es inevitable. No solo el dolor físico, que de vez en cuando se presenta en la cabeza, en las muelas, en las articulaciones (y que obstinadamente tratamos de silenciar con grandes cantidades de pastillas) sino también el dolor espiritual (las pérdidas, los duelos, el desamor, las ansias, las angustias) que tratamos de paliar con varios remedios, que van desde la psiquiatría a las prácticas chamánicas. Sin embargo, el dolor existe y es parte imprescindible de la experiencia humana. Sí, el dolor es parte esencial de la vida. La modernidad lo niega y enfoca todos sus esfuerzos para eliminarlo.

Además de la negación del dolor y de la muerte, la felicidad moderna implica la satisfacción de las necesidades materiales. No solo las básicas (que son derechos que el Estado debería garantizar a todo ciudadano): techo, alimentación, salud y escuela. Sino también las suntuarias: todo el complejo mundo del consumismo, con sus ropas de marca, sus smartphones, sus automóviles de último modelo, toda la juguetería para adultos que nos hace trabajar incesantes para poder acumularlas. Y sin embargo, la gran pregunta que se propone a la modernidad es: ¿después de haber satisfecho todas las necesidades materiales, las básicas y las suntuarias, en dónde está la felicidad?

Para decir la verdad, la propuesta de la modernidad terminó hace muchos años y algunos acontecimientos históricos le han dado el golpe de gracia. Bastan pocos ejemplos. Los ataques contra Nueva York del 11 de septiembre del 2001 dieron lugar a una reacción mundial que suspendió los derechos fundamentales sobre los que se fundaba la modernidad; el imperio de las grandes organizaciones económicas por sobre los gobiernos acabó con las soberanías nacionales; la represión en contra de las inmigraciones humanas terminó con el derecho a la libre circulación de las personas. Vivimos ya otra época, sucesiva a la moderna.

Y la gran catástrofe mundial de la pandemia del coronavirus cierra la modernidad definitivamente y da inicio a una nueva época que requiere un nuevo humanismo.