Domingo 31 DE Mayo DE 2020
El Acordeón

Lávate las manos

LA TELENOVELA

Fecha de publicación: 17-05-20
Por: Ana María Rodas

Creo que si vuelvo a escuchar la orden de que me lave las manos me voy a ir a buscar una de esas armas que en días pasados decomisó la Policía a alguien (con las noticias rodando y rodando encima de una ya no se sabe qué sucedió o qué fue soñado) y voy a entrar a la lista de seres tranquilos, pacíficos, que en cierto momento quién sabe qué pasó con ellos y mataron a más de 20 personas e hirieron a por lo menos una docena más.

China anda buscando en no-sé-cuántos-laboratorios una vacuna. Bueno, la vacuna. Y se la inyectan a personas sanas. No nos han contado todavía si tales personas ya son inmunes contra la enfermedad. Nos hemos quedado en las fotografías de brazos que reciben una inyección. Eso es todo hasta el momento en que escribo, no sé si habrá algún hallazgo entre hoy y el domingo.

En Costa Rica también andan tratando de emular al científico inglés, Jenner, a quien se le atribuye, como fue en la vida real, haber hallado la vacuna contra la viruela en el siglo XVIII.

La verdad sobre cómo fue que Jenner salvó a miles de personas (millones si nos extendemos hasta el siglo XXI) reside en que esa primera vacuna en la historia comienza a conocerse por las acciones normales de las mujeres de Turquía: se pinchaban la mano con agujas que impregnaban con el pus de viruela de las vacas y quedaban inmunes a la enfermedad.

Esa práctica fue observada por Lady Mary Wortley Montagu, una inglesa –como habrán imaginado al leer su nombre– que en Inglaterra popularizó el método que había observado durante una estancia en Turquía.

Jenner prestó atención a los métodos de la Lady e inoculó a uno de sus propios hijos –que tendría entonces siete u ocho años– con viruela de cerdo. Más tarde lo inoculó con pus de un bovino y lo salvó de la viruela. (Por cierto, la palabra vacuna viene del latín vacca)

Pero no por mucho dedicarse a la búsqueda de una vacuna se tiene suerte de hallarla. No sé cuántos laboratorios en no sé cuántos países investigaron y trabajaron arduamente el siglo pasado explorando por una vacuna contra el VIH que jamás apareció.

No es mi intención hacerles perder la esperanza. Lo que deseo es contar cómo estoy harta de que las personas ignoren las ordenanzas de convivencia.

O cómo los jóvenes adolescentes, cuando ya todos debíamos salir protegidos, corrían o se desplazaban en bicicleta por las áreas verdes de la ciudad. Y familias enteras vestidas deportivamente rodeaban a un perrillo, que era el pretexto utilizado para no observar una cuarentena.

Salir a la calle embozada, enmascarillada, con las manos limpias como los chorros del agua y darme cuenta de que el famoso toque de queda de este año –porque he vivido otros en mi vida– lo han ignorado los automovilistas porque sí, no es simpático.

Recordarán ustedes cómo estaban las calles de la ciudad cuando dieron las cuatro de la tarde del primer día en que hubo toque de queda.

He seguido las instrucciones que han sido dadas –de manera más bien desordenada, por cierto– por las autoridades de salud.

Me he desplazado calmadamente en mi automóvil, desinfectado lo mejor que se puede por dentro y por fuera, y he visto el desfile de seres enmascarados de negro por las calles de la colonia en un silencio sepulcral que hace juego con sus rostros. Y las salidas han sido contadas, solo en busca de alimentos.

En casa, donde ya no sé cuántas veces al día me someto a la ceremonia de enjabonarme prolijamente, mantengo unas normas draconianas. Y me apego al alejamiento que se observa en casi todo el mundo. Casi.

Cuando he regresado de la compra llevo la ropa salpicada de alcohol en gel; y ante la puerta de casa realizo la ceremonia del cambio: vestimenta y zapatos. No hay que decir más.

Pero no me explico cómo el miedo a morir, generalizado, ha sido un negocio redondo para diversas personas y entidades. ¿Han visto la burbuja de plástico que comercializa Amazon llamada “Quarantine Bubble”?

Las epidemias nos han acompañado todo el tiempo en que ha habido seres humanos sobre la Tierra. Y si hemos sobrevivido como especie se debe más que todo al sistema inmune de las personas. ¿O cómo es que sobreviven unos y otros no?

Así que atentamente les ruego que cuando me vean no me den consejos sobre qué debo hacer, cómo debo quedarme en casa y sobre todo, no me salgan con el estribillo de lavarme las manos. Creo que las estoy perdiendo a fuerza de jabón y agua. No estoy segura.