Lunes 1 DE Junio DE 2020
El Acordeón

Todo lo sólido se desvanece

Durante muchos años, el mundo ha vivido bajo la dictadura de los economistas que profesan la religión del progreso. El dios de esa religión es el dinero (o, si quieren, la acumulación y reproducción del capital) y sus mandamientos, simples y sencillos: eliminación del Estado, abolición de las fronteras, triunfo de la globalización.

Fecha de publicación: 10-05-20
Por: Dante Liano

Si todo lo humano está destinado a concluir, mucho más lo está una época que parecía infinita y que prometía convertirse en siempre más brillante y feliz. Al menos, para un tercio de los seres humanos. Me refiero a la modernidad. Me sorprende todavía escuchar a los políticos que siguen prometiendo modernizaciones cuando la modernidad ha llegado a su fin. Es como prometer “más Edad Media”, aunque no faltan los que prometen diferentes modos del “Renacimiento”. Sospecha uno que los políticos leen poca filosofía y que prefieren aquella astucia cantada por Raúl González Tuñón: “Y no se inmute, amigo, la vida es dura,/ con la filosofía poco se goza./ Eche veinte centavos en la ranura/ si quiere ver la vida color de rosa”.

La época llamada “moderna” quizá comienza, si queremos dar una referencia histórica precisa, con el desembarco de Cristóbal Colón en la isla de San Salvador, en el Caribe. Simultáneamente, los Reyes Católicos expugnan Granada. Son dos empresas de un nuevo imperio que llegará a dominar el mundo: el imperio hispánico. A partir de ese momento, se desatan procesos en todos los niveles de la vida europea, procesos que van a repercutir en todo el mundo. Con razón, muchos han sostenido que la llamada “globalización” es un rostro maquillado del colonialismo europeo del siglo XVI. La mercantilización va a derivar rápidamente en un sistema económico que dominará el mundo: el capitalismo. A diferencia de las épocas anteriores, en que los grandes capitales simplemente se acumulaban y se derrochaban en palacios, iglesias y lujos, al concepto de acumulación se añade el de inversión y multiplicación del capital. La modernidad hace una aparición espectacular, en la escena mundial, con la Revolución Francesa, cuya consolidación es la consolidación de la burguesía y de las ideas liberales, ideología de base para el nuevo sistema capitalista.

Esa ideología de base tiene una especie de mantra, un eslogan invencible delante del cual retrocede toda objeción: el progreso. Nadie se opone al progreso. Al contrario, todos quieren el progreso. Hay una sutil confusión, una exquisita metáfora cegadora que equipara “progreso” y “mejoramiento”. Todos sabemos que no es lo mismo “progresar” que “mejorar”. Desde un punto de vista material, si yo dejo mi cómoda casa en la ciudad, mi automóvil, mi cuenta de banco y me retiro a un monasterio a meditar, puede ser que con esto haya mejorado, pero no se puede decir que haya progresado. Porque el progreso es material. Por otro lado, la idea de progreso se nutre de una noción esencial que domina a toda la civilización occidental: el ser humano se separa de la naturaleza, lucha contra ella y la domina. El progreso es la incesante dominación de la naturaleza por parte del ser humano. Y como el progreso es imparable, lo que hasta hace pocos años fue un dominio aceptable de la naturaleza y una explotación aceptable de la naturaleza, hoy asistimos directamente a la destrucción de la naturaleza. Y cuando oponemos alguna objeción, se nos tilda de “enemigos del progreso”.

Probablemente, debemos la idea de progreso a las concepciones de Federico Hegel sobre la dinámica de la historia de los seres humanos. Le debemos, de seguro, el concepto de dialéctica. Sin embargo, tan nobles y entusiastas ideas (la historia de los seres humanos es una línea recta continua y creciente en positividad: estamos siempre mejor que la generación anterior) se acompañaban de una premisa esencial: todo lo logrado en el progreso era debido al desarrollo de la ciencia, y consecuentemente, de la técnica. Las religiones fueron cayendo en el saco roto de lo obsoleto, en el reino de las supersticiones aceptables, mientras que los adelantos científicos iban haciendo, de la ciencia, un sucesor de la religión. Si antes un presupuesto era válido porque provenía de Dios, ahora un presupuesto era válido porque había sido demostrado por la ciencia. Eric Voegelin hace un duro comentario sobre esto. Achaca a Kant la desaparición de la trascendencia humana, y le endilga el énfasis en la inmanencia, en la physis. Una consecuencia de la inmanencia kantiana sería el acentuarse de la comprensión del ser humano como organismo, y los delirios cientificistas de fin del siglo XIX, que tendrán graves consecuencias en el XX.

Coloco, entre los delirios cientificistas, las teorías de César Lombroso, eminente psiquiatra italiano, de gran influencia en América Latina. Sus teorías fisiognómicas (el tipo físico que tengo condiciona mi conducta) dieron lugar a consideraciones de impresionante racismo en toda Hispanoamérica. Con preocupación, observo que esas teorías renacen y se popularizan en actuales series de televisión, en donde existen los llamados profilers, es decir, discípulos de Lombroso que trazan un “perfil” del supuesto criminal. De perfil en perfil, se puede llegar fácilmente a establecer un perfil teórico de un supuesto criminal, y prevenir que las personas que correspondan a ese perfil cometan crímenes. ¿No es Lombroso resucitado?

Dos súbditos británicos no fueron muy diferentes del científico italiano. Uno es Charles Darwin, quien planteó la teoría de la evolución. En la parte científica, Darwin demostró claramente que los seres humanos, para llegar a serlo, tuvieron que atravesar toda una serie de etapas graduales. Lo que puede preocupar son las consecuencias ideológicas, que no están comprendidas dentro del aspecto científico del pensamiento darwiniano, sino dentro de las ideas de su época, en particular, la idea central de la modernidad, el progreso. La concepción de la vida de un ser humano como una lucha contra la naturaleza casa perfectamente con la categoría de motor del progreso enunciada por Hegel. Peor aún, la idea de la supervivencia de los más fuertes, o dicho de otro modo, de los más capaces de adaptarse al ambiente, es de una rudeza impresionante: no solo deben sobrevivir los más fuertes, implica una lucha entre los seres humanos en donde los menos dotados físicamente simplemente se extinguen. Sabemos muy bien las consecuencias reales que puede tener esta manera de pensar.

Contemporáneo de Darwin, Herbert Spencer fue uno de los filósofos más influyentes de su época. Concibió a la sociedad como un organismo y aplicó la idea de la sobrevivencia del más fuerte a todos los campos de la sociedad. Fatalmente, aplicó sus teorías a la economía, y por eso se le considera el padre de los anarcocapitalistas. Si no padre, fue sin duda respetado por Adam Smith, padre del liberalismo económico y musa de los neoliberales contemporáneos, a su vez adoradores de Von Mises y Hayek, economistas austríacos que poderosamente inspiran las políticas del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional y de la Banca Mundial.

Durante muchos años, el mundo ha vivido bajo la dictadura de los economistas que profesan la religión del progreso. El dios de esa religión es el dinero (o, si quieren, la acumulación y reproducción del capital) y sus mandamientos, simples y sencillos: eliminación del Estado, abolición de las fronteras, triunfo de la globalización con una sola ley, la ley del mercado de inspiración spenceriana: sobreviva y reine el más fuerte.

Vino un virus y acabó con ello.

Ahora, al contrario de los dictámenes del poder económico, nos encontramos con que se implora la intervención del Estado; se sostiene que privilegiar la economía sobre la supervivencia de los seres humanos sería un crimen semejante al genocidio; se pide la solidaridad con los más débiles; literalmente se cierran las fronteras, no solo de los estados, sino de las regiones. No se trata de que sobreviva el más fuerte. Se trata de que sobreviva la especie humana.