Lunes 1 DE Junio DE 2020
El Acordeón

Meditaciones sobre las causas

Fecha de publicación: 10-05-20
Por: Ana María Rodas

En el encierro de la cuarentena tengo mucho tiempo para pensar. Por supuesto, durante el tiempo que me dejan la lectura y la escritura.

Han venido a mi memoria miedos de años pasados. El que más pesadillas me produjo: un temor que jamás le relaté a nadie sobre el Ébola. El virus que se cebó a gusto entre los africanos. Y que tomó su nombre por haberse descubierto en el Congo, cerca del río Ébola en 1976.

Pero recuerdo que al llegar las primeras noticias me alarmó la nítida visión de la manera en que se viaja en los aviones: ensardinados. Y comprendí entonces por qué los japoneses -no todos pero una mayoría apreciable- ya en esa época subían a los aviones con mascarillas puestas.

No creo que haya habido científicos que se hayan pronunciado solamente en determinados círculos japoneses, aconsejando a las personas protegerse de los gérmenes malignos. Y digo malignos porque hay gérmenes buenos.

Esos gérmenes o microbios buenos los adquirimos los seres humanos de nuestra madre durante el parto. Los bebés que vienen al mundo por una cesárea suelen tener más problemas de asma, alergias y enfermedades autoinmunes.

Leí en alguna revista médica el consejo de empapar de secreciones vaginales maternas a los niños nacidos por cesárea, usando algodón estéril para ello, y así protegerlos de muchas infecciones a lo largo de su vida.

Regresando al Ébola, que apareció en África en 1976, recuerdo que hubo contagios en España, Estados Unidos e Italia. No en grandes cantidades. El mayor fue de cuatro personas infectadas en EE. UU. De ellos solamente uno falleció.

Por ahí fui dejando perdido el terror a contagiarme con el Ébola: morir desangrándome y sufriendo en el proceso quién sabe qué otros síntomas que jamás averigüé, tan grande era mi terror.

En estos días me encuentro con toda clase de informaciones alrededor del virus que tiene el pelo parado a medio mundo. La muerte es el tema que ronda día y noche millones de cabezas en el planeta.

Hace un par de días, en Tanzania, fue despedido el jefe del Laboratorio de Salud de aquel país, luego de que tras las pruebas -esas que no son muy abundantes en Guatemala- resultaran positivas una cabra, una codorniz y una papaya.

El inefable Bolsonaro afirmó que Brasil podría caer en una dura crisis económica en caso de que no se escuche “el clamor de los empresarios” para flexibilizar las cuarentenas en estados y municipios. “La libertad es más importante que la propia vida” sentenció sepultando con la maravillosa frase que quién sabe de dónde sacó, las casi diez mil personas muertas por la pandemia que se contabilizaban en aquel país el viernes de la semana que termina.

Me tranquilizan las palabras del paleontólogo español Juan Luis Arsuaga, codirector del yacimiento de Atapuerca, en Burgos -donde han aparecido fósiles de cinco homínidos de diferentes especies- a quien le han llovido preguntas sobre la significación del aparecimiento del COVID-19.

“La vida es una crisis permanente -ha dicho- la pregunta ¿Qué es lo que causa la extinción de las especies? está mal formulada. La pregunta es: ¿Qué es lo que hace que las especies no se extingan? porque todas las especies están siempre al borde de la extinción”.

“Ya va siendo hora de que el ser humano sea adulto y empiece a decidir qué cosas no puede hacer. A mí lo que me preocupa es que ha aparecido otro tipo de religión: la religión de la ciencia. Y no van a ser las enfermedades como esta el único problema. Va a haber problemas de contaminación ambiental, de energía, de seguridad, de desequilibrios… Pero es lo que hay”.

“A partir de esta realidad te puedes imaginar dos futuros posibles: uno tipo Blade Runner, una cosa horrible; o uno maravilloso, con zonas verdes, jardines, sin contaminación…”.