Lunes 1 DE Junio DE 2020
El Acordeón

La lección

Una de las cosas deplorables que tiene la política y el patriotismo exacerbados es que transforma la entrañable y apacible relación con la tierra natal en un proyecto de lucha incapaz de justificarse de otro modo.

Fecha de publicación: 10-05-20
Por: Rogelio Salazar de León

S

i bien es cierto que la ingenuidad y la inocencia pueden ser atributos o virtudes dignas de valorar, también es cierto que, bajo algunas circunstancias, pueden ser errores y hasta llegar a ser pecados graves, sobre todo cuando se ha pasado por muchas cosas y se va teniendo cierta edad.

Por un lado, sería pretencioso afirmar que entendemos todo cuanto está pasando ahora en el mundo debido a esta nueva gripe y la subsiguiente ola de contagios provocada, pero por otro lado sería ingenuo tragarnos las vehementes declaraciones y convicciones que oímos y vemos pasar frente a nosotros expresadas por unos y otros, por propios y ajenos, por hombres de Estado y hombres de negocios; de hecho, ciertas cosas hay que verlas y admitir que no basta con verlas, algunas cosas hay que mirarlas y admitir que allí hay mucho más de lo que miramos.

Cuando se habla de esta epidemia y sus secuelas, deberíamos ser capaces de percibir que no se habla de China ni de Europa, ni de Norteamérica ni, claramente, de América Latina, nuestra región, cuando se habla de lo que ahora sucede se habla de todo el mundo, el mundo entero; del mundo entendido como ese lugar del que nunca saldremos, y entendido también como aquel lugar remoto al que quizá, tristemente, nunca volveremos, debido a todo lo que gravita sobre nosotros como partidismos y patriotismos, porque nos hemos empeñado y hemos insistido en vivir dentro de espacios virtuales que son derechas e izquierdas, que son prejuicios y racismos, que son preferencias y conveniencias, acaso hemos hecho del mundo lo más lejano y ajeno.

Por decirlo de alguna forma, nos hemos empeñado en convertir al mundo en algo distinto a la tierra natal, no en algo distinto a tu tierra natal o a mi tierra natal, sino en algo distinto a la tierra natal de todos, al escenario de la infancia, hemos hecho todo lo posible por convertir el mundo en algo muy diferente a aquel patio insustituible en donde se nos reveló el olor de los geranios o la devoción y el cariño de la madre; el mundo ya no es más aquello sencillo, hecho de gozo, de recuerdos, de rutina.

En todo caso, la pregunta que nos formula la forma en que se gestiona esta crisis o, quizá, más que la forma de gestionarla, las disputas que generan tales gestiones es ¿…dónde ha quedado ese mundo entendido como la tierra natal…? Porque si, pese a no vivir en ella por haberla dejado muy atrás, podemos hablar de ella como añoranza es porque en algún punto debe estar esa tierra natal, es porque en algún lugar tendrá que persistir de alguna forma, entonces ¿cuál podrá ser ese lugar…?

Puede que ese punto, esa plaza, a estas alturas, haya quedado reservada a la capacidad del artista para reproducir paisajes o, incluso, más que a la capacidad para reproducir del artista, al dulce cariño que despierta la contemplación de esos paisajes posibles para los artistas; la dulzura que sentimos al contemplar ese lugar del que, sorprendentemente, nunca saldremos y al que nunca volveremos.

Esa emoción estética poco o nada tiene que ver con los odios políticos o con los orgullos nacionalistas o con la superioridad de quien se cree más que otro; una de las cosas deplorables que tiene la política y el patriotismo exacerbados (porque tiene muchas otras) es que transforma la entrañable y apacible relación con la tierra natal en un proyecto de lucha incapaz de justificarse de otro modo, más que como eso mismo: como un proyecto de lucha; y así, por ese camino, una de las formas más puras del amor deviene en una agenda bélica o algo peor.

Para el soldado político y el soldado nacionalista e, incluso, para el soldado económico lo único que existe es el enemigo, porque su tragedia llega al punto en el que sin enemigos él desaparece.

Hay una obra a la que irremediablemente, vuelvo cuando pienso en la expresión tierra natal, es la sinfonía número seis de Beethoven, la llamada Pastoral de Beethoven: una música plena de transparencia, nostalgia y dulzura.

Lo que más conmueve de esa obra es que aquello que muestra es solo eso, justamente solo lo que muestra, sin importar y sin subrayar el hecho de que sea majestuoso o bello o profundo; esa obra musical es una pieza en la que hay solo lo que hay, sin exageraciones ni trucos, como si Beethoven hubiese tenido un cable directo a tierra, mientras nosotros flotamos en el temblor trémulo de nuestra conciencia entre el ambiente creado por la música, sin pedir nada más.

Sin pedir nada más, porque ni la pena ni la sombra ni la vejez ni la epidemia podrán nunca arrebatarme esa limpia aurora.