Domingo 5 DE Abril DE 2020
El Acordeón

Luz de Luz

LA TELENOVELA

Fecha de publicación: 08-03-20
Por: Ana María Rodas

A Luz Méndez de la Vega la asocio con muchas de las memorias más afectuosas de mi vida. Empezando por la primera vez que la vi en la inolvidable casona de la novena avenida, donde estuvo la Facultad de Humanidades.

Del grupo que entramos en 1952, que fue mi primer año en la academia, recuerdo a Luz, al maestro Francisco Albizúrez Palma, al sacerdote Gervasio Accomazzi, a Belia Pinto. Fue el principio de una extraordinaria serie de amistades. Esas de para siempre. Luz, encabezando la lista.

Alumnos de primer curso de todas las carreras tomábamos clase juntos en lo que originalmente fue el comedor de la casa. Un recinto amplio, de grandes ventanales hacia el patio-jardín, con las plantas originales. En el aula Luz resplandecía.

Ese año Ricardo Estrada nos repartió a varios de los estudiantes recién llegados los papeles de su obra Estampas de la independencia, en la que Chilolo Zarco tenía el papel del representante del gobierno español. Yo era su hija, Cintia.

Por obra y gracia de la creación de Ricardo, Alejandro Marure –uno de los pocos personajes tomados de la realidad– interpretado por un colega periodista, era mi pretendiente. Nadie criticó el hecho de que Marure, en 1821, habría estado en la adolescencia.

En aquella representación todo iba bien para nosotros, los noveles actores, hasta que Luz, quien escogió un personaje secundario porque estudiaba y manejaba una casa inmensa en la Avenida Reforma y se había excusado de memorizar un largo papel entró en escena.

Iba Luz acompañada de sus pequeños hijos, Sonia, Coralia y Rodolfo. Y hasta el tiempo se detuvo. Era tan bella aquella mujer con un traje de época despampanante, que el incluso el atrezzo palideció.

La belleza de Luz era interna y externa. Jamás fue personaje secundario.

Y destacó siempre por su generosidad.

He recordado que durante unos años alumbró el Gadem, un teatro de bolsillo situado en la zona 1 que se diluyó en el aire. Dirigió el suplemento cultural de La Hora en el que tirios y troyanos tenían cabida.

Nunca me perdí una obra de aquellas en las que actuaba. Y leía el suplemento religiosamente. Mi trabajo en periodismo era estricto. Pero en cuanto podía iba a visitarla al chalet El Báltico.

Cuando se trasladó a la acogedora casita de la zona 10 la rodeamos escritores, pintores, músicos, académicos. Por esa época ya había sido mi catedrática cuando regresé a Humanidades a estudiar Letras.

El escritor Méndez Vides, en una columna publicada recientemente con motivo de la aparición de cierto libro la describe a la perfección. Sus conocimientos y su aspecto cautivaban a los alumnos.

Tempranamente había publicado poesía bajo seudónimo en la página que compartían Manuel José Arce y varios escritores jóvenes, que se publicaba en El Imparcial. El secreto fue muy bien guardado. Mas cuando publicó un libro titulado Flor de varia poesía, con la obra de sus colegas académicos, la induje a publicar lo propio.

Eran los años setenta, y con cierta timidez me había mostrado algo de sus escritos de esa época: poemas extraordinarios que con gran contento de mi parte, fueron incluidos en su primer libro: Eva sin dios. Después ya se sabe: se desbordó el torrente en beneficio de las letras guatemaltecas y para orgullo y gozo de las lectoras.

Una de las épocas inolvidables de mi amistad con Luz fue cuando nos habituamos a visitar a Ismael Penedo y a su esposa, Lucrecia Méndez de Penedo. Allí nos reuníamos Luz, Margarita, Ana Carlos y otros amigos. De pronto hacía su aparición Mario Monteforte Toledo. Veladas inolvidables.

Y esto que cuento no es nada comparado con lo que he vagado mentalmente en estos días, cubriendo un recorrido de amistad y afecto que comenzó en los años cincuenta y no termina.

Si lo dejo asomar con mucho cariño es porque recientemente se ha editado un libro, escrito por mujeres y dirigido por Vania Vargas, que comenzó a gestarse el año pasado, al cumplirse los cien años del nacimiento de Luz.

Actriz, periodista cultural, ensayista, crítica, investigadora, profesora universitaria, feminista. La de Luz Méndez de la Vega es una vida ejemplar, prolija. Su libro Apuntes de lengua y literatura que repartió entre los estudiantes de Letras cuando fue mi catedrática es uno de mis haberes más preciados.