Domingo 5 DE Abril DE 2020
El Acordeón

Despedida a mi vecino

Fecha de publicación: 08-03-20
Por: Sergio Ramírez

Ernesto Cardenal fue mi vecino calle de por medio durante cuarenta años en Managua. Se cruzaba a la hora del desayuno a dejarme lo que había escrito, aun quizás esa misma mañana, y cuando yo terminaba una novela iba a dejársela también, recién salida de la impresora. Fue mi maestro de la prosa, porque en su poesía aprendí mucho del arte narrativo y de la cadencia de las palabras.

Lo conocí en 1960, cuando recién regresaba de Medellín donde se había hecho sacerdote, aunque desde antes su poesía había marcado no solo mi rumbo literario, sino el de toda mi generación. Maestro mío, compañero de luchas en la Nicaragua siempre convulsa, un hermano mayor a quien siempre tuve al lado.

Deja una huella muy profunda en la gran poesía latinoamericana. Esa naturaleza narrativa de su poesía que me marcó y me sedujo desde la adolescencia, es lo que fue bautizado como exteriorismo, un término que puede prestarse a confusiones pues parecería negar su dimensión íntima.

Que la prosa se trasiega en la poesía lo aprendió de Whitman y Sandburg, quienes le enseñaron una lírica terrenal y cotidiana, y a mi generación le descubrió también a T.S. Eliot y Ezra Pound, a quienes tradujo. Así hizo que la poesía nicaragüense siguiera siendo moderna, como empezó a serlo desde Rubén Darío.

Narrativa es la poesía de Hora 0, de 1957, un relato de las dictaduras tropicales de Centroamérica y de las intervenciones militares que lejos de tener nada panfletario funciona como una evocación doliente. Y desde ese registro pasará a Gethsemani Ky, de 1960, donde pone en contrapunto su vida de novicio trapense en Kentucky, con sus turbulentos años de juventud en Managua.

Luego vendrán sus Epigramas, de 1961. Entre ellos figuran algunos de sus poemas más populares, los de tema amoroso, de ingeniosa precisión, alimentados por sus lecturas académicas de Catulo y Marcial mientras estudiaba humanidades en la Universidad Autónoma de México.

La muerte, en 1962, de Marilyn Monroe inspiró su elegía a la muchacha que como toda empleadita de tienda soñó ser estrella de cine, una profunda reflexión sobre la fabricación de los ídolos del espectáculo a costa de los propios seres humanos elevados a los altares de la fama.

Después vendría, en 1966, El estrecho dudoso. Apegándose a la letra de las crónicas de Indias, revive episodios de la conquista alrededor de la obsesión por el Estrecho Dudoso, el paso hacia la mar del Sur buscado tan afanosamente desde entonces, y que ha tenido tanto que ver hasta hoy con la ambición por el canal interoceánico, el último de esos episodios protagonizado por el aventurero Wang Ying, quien a pesar del engaño urdido, un canal que nunca se construirá, sigue siendo dueño de una concesión que le entrega la soberanía del país.

Ya ordenado sacerdote, Ernesto fundó ese mismo año la comunidad cristiana de Solentiname, en el Gran Lago de Nicaragua; una comunidad que primero iba a ser contemplativa, ideada con Thomas Merton, y que luego se volvió campesina, donde floreció una escuela de pintores primitivos artesanos que llegó a adquirir fama internacional. Allí lo visitaría Julio Cortázar en 1976.

De ese mismo año son los Salmos, surgidos de sus lecturas de los del Antiguo Testamento, pero llevados a la vida moderna: la opresión, los sistemas totalitarios, el genocidio, los campos de concentración, las amenazas del cataclismo nuclear, la sociedad de consumo desbocada. Fue un libro de trascendental influencia para los jóvenes alemanes y de otros países europeos.

Al sobrevenir el triunfo de la revolución en 1979, fue nombrado Ministro de Cultura, un puesto que aceptó a pesar de su reticencia frente a la burocracia, pero llevó adelante un proceso transformador rodeado de jóvenes cineastas, escritores, artistas plásticos, cantautores, a la par que su hermano Fernando, sacerdote jesuita, tomaba el timón de la Cruzada Nacional de Alfabetización.

Vivió días amargos cuando fue empujado a renunciar de su cargo por intrigas de la primera dama, Rosario Murillo, quien quería para ella todas las atribuciones culturales, sin atender a que se atropellaba a una de las figuras literarias claves de la lengua. En su libro de memorias La revolución perdida, de 2004, puede leerse su juicio implacable sobre quienes malversaron la revolución en la se comprometió a fondo, desde su fe cristiana.

El Vaticano lo suspendió ad divinis, por su adhesión a la teología de la liberación y por negarse a renunciar a su cargo de ministro, según ordenaba el Vaticano, y cuando Juan Pablo II visitó Nicaragua en 1983, se hizo célebre la fotografía del momento en que, con el dedo alzado reprende a Ernesto, quien se halla de rodillas, su boina vasca en la mano.

En la postrimería de su vida, el papa Francisco le hizo llegar una carta en la que anulaba esas sanciones y restablecía su condición sacerdotal. En su cama del hospital, el Nuncio Apostólico le impuso la estola y ambos concelebraron una misa de gloria.

Su escritura dio un vuelco trascendental con el Cántico Cósmico, de 1989. Su comunicación mística con la divinidad se convierte en una relación de pleno erotismo, el alma que se acopla con su creador en el más exaltado de los gozos, tal como en la poesía de San Juan de la Cruz y Santa Teresa.

La exploración de los cielos en ese libro es también la de los recuerdos de su pasado, la vieja Granada de su infancia, las muchachas que amó en la adolescencia, su juventud de cantinas, fiestas banales y burdeles, como si volteara el telescopio hacia dentro de sí mismo.

Un gran final de fiesta de su obra y de su vida donde se funden los misterios de la creación y los de la existencia, de los agujeros negros a la célula, de las galaxias perdidas a los protones, y su mirada mística busca en el Creador la explicación del todo, amor, muerte, poder, locura, pasado y futuro, formas de la eternidad hasta donde ahora ha llegado.