Domingo 5 DE Abril DE 2020
El Acordeón

Paraíso acosado

Fecha de publicación: 01-03-20
Por: Sergio Ramírez

El pueblo mayangna, que su propia lengua quiere decir simplemente “nosotros”, es el más antiguo en haberse asentado en territorio de Nicaragua, y ahora habita, junto con el pueblo misquito, igualmente milenario, la selva tropical húmeda de Bosawás, vecina al mar Caribe. Esta área fue declarada reserva de la biosfera por la UNESCO en 1997, y abarca 20 mil kilómetros cuadrados, es decir, el tamaño de la república de El Salvador. Junto con la reserva del Río Plátano de Honduras, al otro lado de la frontera, representa el patrimonio forestal más importante de Centroamérica, y el segundo pulmón más grande del hemisferio, después del Amazonas.

Bosawás es un rico y vasto laboratorio de la naturaleza, donde convergen la flora y la fauna del norte y sur del continente americano. Contiene el trece por ciento de las especies del planeta, más de 200 especies entre animales vertebrados e invertebrados, y cerca de 300 especies vegetales. Todo un patrimonio de la humanidad.

Pero lo que debía ser una zona de amortiguamiento y contención, debidamente protegida, se ha convertido más bien en un teatro de saqueo despiadado: 42 mil hectáreas de bosque son taladas cada año para el negocio ilegal de maderas preciosas y la introducción forzada de la ganadería intensiva en tierras que ni siquiera son aptas para pastos. 

Y mientras la frontera agrícola avanza, empujada por los colonos mestizos llegados desde la costa del Pacífico, y el negocio de la venta y asignación de tierras se encuentra en manos de mafias que también tienen que ver con el narcotráfico, los mayangnas y misquitos son expulsados a la fuerza de su hábitat natural que son las selvas y los ríos, sus aldeas son incendiadas, y caen asesinados.

Cuando el gobierno de Chávez en Venezuela abrió la oportunidad de importación de carne nicaragüense pagada a precios preferenciales, la invasión de las tierras de la reserva y el consiguiente despale se aceleró.

Hay mestizos que emigran hacia Bosawás porque son campesinos pobres, o llegan desplazados de las áreas urbanas también por condiciones de pobreza. Pero la red en que ellos mismos caen está formada por negociantes poderosos, traficantes, intermediarios y aventureros, dispuestos hasta matar.

En 2001, los mayangnas fueron favorecidos por un fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, el caso Awas-Tingi, que otorgó a los pueblos indígenas de Bosawás el derecho a poseer un territorio colectivo, y en 2008 el Gobierno tituló a su favor cerca de 80 mil hectáreas.

Pero fue papel mojado. En 2005, Elaina Rufos, habitante de una de esas comunidades agredidas declaraba: “ahora tenemos problemas porque llegaron tres grupos de mestizos. Ellos fueron mandados por el Gobierno y ellos quieren trabajar ahí. Dicen que quieren comprar el bosque y nosotros no queremos”. En 2013, el primer mayangna, Elías Charles Taylor, fue asesinado, principio de una larga cadenas de crímenes y agresiones que, en lugar de cesar, más bien recrudece.

Los “colonos” se valen de artimañas legales frente a una comunidad que tiene medios muy escasos para defenderse. “Hemos encontrado a colonos con escrituras públicas que abogados y notarios han hecho, pero todo eso es falso”, decía en julio del año pasado el dirigente mayangna Javier Hanzak, cuando las tierras de la reserva sufrían otra de sus constantes invasiones violentas.

El 29 de enero de este año, 80 hombres armados con fusiles de guerra, rifles de cacería y machetes, de un grupo llamado “Kukalón”, asaltó la comunidad mayangna de Alal, cerca del poblado minero de Bonanza. Mataron a seis pobladores, e incendiaron 16 viviendas, mientras las mujeres, niños y ancianos corrían a esconderse en el bosque. 

Diez de los pobladores se hallaban desaparecidos, entre ellos representantes del gobierno comunal, jueces y guardabosques. “Mataron a nuestros hermanos con machetes, cuchillos y balas; muchos se quedaron sin vivienda y recursos económicos”, dice Byron Bucardo Miguel, uno de los líderes del poblado. Hasta ahora, solo uno de los agresores ha sido capturado por la Policía.

Gustavo Sebastián Lino, presidente del territorio Mayangna Sauni As, denunció, tras los hechos, que “nuestras comunidades han sido amenazadas, masacradas y explotadas. Hemos visto que el Gobierno ha hecho decretos y acciones que solo quedan en papeles. Una de ellas es la creación del batallón ecológico que fue pensado para dar seguridad a nuestras comunidades y no hemos visto su trabajo”. 

A quienes ocupan los territorios indígenas de Bosawás, en busca de sacar riqueza de la ganadería y de la madera tumbada, les es completamente ajeno el mundo de los mayangnas y de los misquitos, sus creencias ancestrales, y su convivencia armónica con la naturaleza, el carácter sagrado que para ellos tienen la selva, los árboles y los ríos, sin los que su existencia como comunidades no se justifica. 

En su hábitat cultivan pequeñas parcelas de arroz, frijoles, plátanos y yuca, y la caza y la pesca siguen siendo también fuente de subsistencia, y fuente de proteínas. Es parte de su milenaria forma de vivir, en paz con la naturaleza.

“Somos un grupo indígena que vive a la orilla de ríos pequeños, afluentes de los ríos Prinzapolka, Coco y Wawa. Somos personas humildes y a la vez muy orgullosas…como etnia somos conservadores de la naturaleza y vivimos rodeados de seres vivos tanto vegetales como animales”, dice un mayangna, cuyas palabras tomó de un documento de la UNESCO.

La población mayangna está calculada en unas 20 mil personas, una minoría que, si no tiene la protección política y social adecuada frente al vandalismo, el crimen y la depredación, difícilmente podrá sobrevivir. Y solo se sabe de ellos cuando son agredidos, y cuando de los ataques resultan indígenas muertos, como ahora.

Frente a la desidia y el olvido, el gran pulmón que es Bosawás se irá reduciendo de tamaño a paso acelerado, y con ese espacio vital irán desapareciendo también sus habitantes, expulsados o asesinados. Y el “nosotros” que significa la palabra mayangna, se disolverá en nada.

 

Baton Rouge, febrero 2020

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