Domingo 5 DE Abril DE 2020
El Acordeón

Margarita Azurdia: “El medio soy yo, me estoy trabajando a mí misma”

Del 5 de marzo al 12 de abril, el Museo Nacional de Arte Moderno, en colaboración con la Galería Sol del Río y Milagro de Amor, S.A., presenta Todo es una, una revisión antológica de la obra plástica y textual de Margarita Azurdia (1931-1998), una de las artistas visuales clave para entender el movimiento del arte moderno en Guatemala. Para la ocasión rescatamos esta entrevista de 1995 realizada por el editor de este suplemento.

Fecha de publicación: 01-03-20
El cocodrilo-De la serie Homenaje a Guatemala
Por: Luis Aceituno

Cuando en el colegio le pidieron hacer tres zanahorias, Margarita dibujo tres bolas rojas. Una monja se le acercó y le dijo, “así no son las zanahorias, te las voy a hacer yo”, y de esa manera logró ganar su examen de dibujo. El informe enviado a sus padres era, sin embargo, lapidario: “Su hija no tiene ningún talento pictórico, no puede siquiera trazar una línea recta con un regla”.

Algunos años después, Margot Fanjul se encontraba en el centro de todas las polémicas y de todo el laberinto de pasiones que de alguna manera despertaba el arte moderno en Guatemala ¿Quién era esa mujer que se atrevía a agredir con esos colores chillantes y confrontativos? ¿No tenía familia, marido, hijos? ¿Por qué diablos no pintaba paisajitos y flores? ¿Qué le hacía abandonar una seguridad doméstica y familiar para dedicarse a la pintura abstracta? En definitivas cuentas, ¿qué estaba pasando en el mundo?

El mundo estaba cambiando, únicamente, y corrían los años sesenta, y la pintura guatemalteca tenía garra, afán de ruptura, autenticidad, y los artistas aún sabían defender sus propuestas. La polémica entre lo abstracto y lo figurativo cobraba valor a partir de la polémica misma: El solo hecho de que se hablara de arte en Guatemala venía a romper mucho tiempo de silencio.

De todas maneras, al final de cuentas, solo queda la obra y la de Margot Fanjul o Margarita Azurdia hace parte, indiscutiblemente de la historia del arte guatemalteco. En esta entrevista esta singular mujer y pintora nos da su versión de los hechos.

Margarita Azurdia- foto Raul Monzon

¿Cómo una mujer proveniente de una familia y un medio sumamente conservadores se convierte de pronto en una artista de vanguardia?

– Como casi todo en mi vida, no fue una decisión súbita, sino el resultado de un proceso que nació de la desesperación. Yo era un ama de casa simple y corriente. Tenía 25 años y por alguna razón me encontraba en California. Me inscribí en unos cursos de pintura (en una escuela nocturna, porque tenía conmigo a mis tres hijos) y me tocó la suerte de tener una profesora que a partir de dos o tres trabajos que le presenté, intuyó en mí un gran universo creativo. Ella me llevó por primera vez a un museo de arte moderno y lo que pasó en mí fue como una revelación. Era como si de repente un sordo se pusiera a escribir música. Sin que nadie me explicara nada, yo entendía todo, comprendía el lenguaje, los sentimientos. Esa fue mi iniciación, de la mano de una mujer que me hizo comprender que yo era una artista.

¿Y por qué escogió lo abstracto como medio de expresión?

– Porque era lo único que en ese momento podía hacer. Ya le dije que yo no sabía dibujar ni una zanahoria, pero tenía una gran necesidad de expresión, algo que no podía hacer por la palabra, porque a las mujeres nos han cortado la lengua.

¿Cómo reaccionó el público guatemalteco ante sus primeros trabajos?

– Bueno, cuando regresé a Guatemala, esto era un desierto cultural y nadie podía concebir que una mujer abandonara una posición holgada y cómoda para ponerse a pintar. Me mandaban anónimos, recibía llamadas telefónicas de gente que me decía, usted es mujer, tiene hijos, está casada, qué anda haciendo pintando esas cosas. Los siquiatras me mandaban libros para que me convenciera de que yo estaba loca, y que lo que hacía les parecía espantoso.

Y ¿qué era lo espantoso? ¿La pintura abstracta?

– Mire, lo que pasa es que eran unos cuadros del alto de una casa, todo rojo con una gran pelota verde en el centro, o todo negro con una pelota roja. Los colores agredían, la gente decía que salía mareada. Obviamente había algo ahí que rompía y por eso los shockeaba y reaccionaban de esa manera.

Por otra parte, en esa época lo abstracto se consideraba como algo extranjerizante y lo neofigurativo como el único estilo válido en América Latina. Usted sostuvo una interesante polémica con Roberto Cabrera y los otros integrantes del Grupo Vértebra al respecto. Hablemos un poco de eso.

– El solo hecho de tener una polémica sobre arte en un país como Guatemala era maravilloso. Que existiera gente tan interesada, tan apasionada, era un magnífico signo. Yo sabía que lo mío era auténtico, que era una necesidad, que yo o pintaba o me moría y que tenía que defenderlo y, además, por la palabra, algo muy ajeno a mí. Cabrera y los Vértebra me obligaron a reflexionar sobre mi trabajo y a expresarlo. Me hicieron un gran bien. Sin saberlo ellos, fueron mis maestros. Más tarde yo misma me volví figurativa, pero cuando lo sentí, cuando me nació.

Luego, usted pasó una larga temporada en París ¿Qué fue a buscar a Europa?

– La experiencia de la vida profunda. Yo siempre he vivido muy a fondo, muy apasionadamente, incluso, como consecuencia de mi herencia española, de manera muy trágica. Una manera de ser que, por supuesto, ha cambiado radicalmente con los años. París fue para mí la universidad que no pude tener.

La flor de amor para ti, Anastasia

¿Y cómo se tradujo eso en su obra?

– Aprendí a dibujar. En principio como resultado de un significativo cambio de espacio. Yo en Guatemala podía darme el lujo de hacer pinturas o esculturas enormes, contaba con el medio físico suficiente. En París éramos tres personas viviendo en 27 metros cuadrados y tuve que reducirme a una simple hoja de papel. Así que empecé a hacer libros dibujados y como tenía una gran necesidad de contarme a mí misma, también fue surgiendo la palabra y comenzaron a salir mis primeros poemas. Por otra parte, tomé conciencia de mi cuerpo. Yo tenía 42 años, vivía en un quinto piso sin ascensor, tenía que limpiar la cocina y todo me dolía. Entonces comencé a hacer expresión corporal, luego descubrí las danzas africanas y me fui introduciendo en el movimiento, que se convirtió para mí en algo sagrado. De ahí nacen mis investigaciones en los rituales y las ceremonias, que es lo que he trabajado luego de mi regreso a Guatemala.

¿Esto último conlleva alguna búsqueda estética?

– No precisamente. A diferencia de la danza antigua, nosotros buscamos el movimiento auténtico. Hay más bien una búsqueda en lo espiritual, en la sanidad, en reencontrarnos como seres íntegros.

¿Una vuelta al sentido religioso de la vida?

– La espiritualidad es todo lo contrario a la religión. Las religiones son dogmas. Lo espiritual es la comunicación con el universo, consigo mismo, con la vida, y esto no tiene nada de dogmático.

¿Y continúa sus exploraciones en el dibujo?

– Claro, mi obra máxima, una de las más grandes de mi vida, es Iluminaciones, un libro que reúne dibujos y poemas. El trabajo en sí, lo hice en 28 días. Me había roto unas costillas, no aguantaba el dolor y las cosas salieron como en un trance. El proceso de edición se llevó dos años. Ahora bien, ese mes de trabajo fue la consecuencia de todas mis indagaciones en el dibujo y en la palabra. El libro me tomó en realidad 17 años y es un compendio de todas las experiencias de mi vida, vistas con la distancia y bajo un lado positivo. Después de esto creo que ya cumplí con mi deber.

¿Qué ha significado el dolor en su obra?

– Motivación. Es en mi obra artística donde yo he aprovechado el dolor para expresarlo y trascenderlo. Mi primera pintura es una cosa negra en donde yo, como mujer, internalizaba todo el desprecio de la cultura patriarcal del que me sentía víctima. En mi primer poema es contra la muerte que estoy luchando. Hay un gran proceso en mi vida de la enfermedad, a nivel físico y psíquico, a la belleza y la sanidad.

Sus primeros trabajos los firmó como Margot Fanjul y más tarde empezó a firmar como Margarita Azurdia, ¿qué diferencia hay entre ambas?

– Bueno, para mi familia el divorcio era algo inconcebible. Margarita Azurdia es una conquista, un crecimiento increíble como mujer. Fue duro, pero accedí a la independencia. Ahora me considero virgen, es decir, me considero entera, no la mitad de nada ni de nadie. Margarita Azurdia es todo lo que tengo, mi capacidad de crecimiento, de felicidad, mi juventud eterna.

Para usted, ¿la mujer puede aún salvar el mundo?

– El principio femenino sí. Y la Diosa Madre y la metáfora del nuevo cambio de actitud hacia la vida. De la nueva espiritualidad, que está basada en la tierra como principio femenino. Este principio que los científicos llaman la inteligencia reptiliana, la intuición, y que la sociedad patriarcal ha estrangulado a todos por parejo. Una espiritualidad no jerárquica, basada en la tierra en donde todos los seres humanos tengamos derecho a existir.

¿En qué momento se encuentra?

– Pienso seguir pintando y también con los rituales y las ceremonias, porque es algo muy alegre y muy hermoso. El medio soy yo, es mi cuerpo, mi espíritu, me estoy trabajando a mí misma.