Domingo 5 DE Abril DE 2020
El Acordeón

El quetzal, colibrí gigante

La Telenovela

Fecha de publicación: 01-03-20
Por: Ana María Rodas

La primera vez que el escritor Enrique Noriega se asomó a esa maravillosa fuente que es la poesía guatemalteca fue en su niñez. Su padre, escritor del mismo nombre, perteneciente a la generación de los años cuarenta, hacía acopio de libros y discos grabados por los propios autores. Un tesoro.

A ese caudal ingresaba el niño cada vez que podía. Imagino que los deberes escolares quedaban para cuando no tenía más remedio que obedecer a su madre, doña Juanita, y dejar la poesía a regañadientes.

Poco a poco Quique empezó a escribir. En este tiempo es, indudablemente, uno de los poetas destacados de habla española. Ha leído su poesía en diversos países. Pero tiene una generosidad especial; y desde joven comenzó a soñar con reunir la obra de sus colegas.

Ya finalizando los setenta se alió con Luis Eduardo Rivera, otro escritor guatemalteco de primer orden, para reunir la más completa antología de poetas guatemaltecos. Asumida desde el tiempo de nuestros ancestros indígenas hasta el siglo XXI. 

Luis Eduardo salió del país. Primero a México y luego a Francia, donde vive hasta el momento. Pero las conversaciones de ambos sobre el tema, aunque entrecortadas, jamás cesaron.

En Guatemala, Quique publicó su poesía, que además ha sido editada fuera del país; pero a lo largo de su vida ha encontrado tiempo para rebuscar entre papeles antiguos. 

Así, reunió la obra de Pepita García Granados. Trabajó intensamente en tres colecciones de libros que fueron publicadas por la Tipografía Nacional entre 2008 y 2012. Literatura, ensayo, historia, etcétera, y que hasta ahora constituye el acervo más completo de dicha editorial.

En 2015 el Ministerio de Cultura publicó su antología de cuentos guatemaltecos. Una joya tanto por su contenido como por la edición estupenda. El poeta es un editor de gran calidad y desde los 80 del siglo pasado dirige las Ediciones del Cadejo.

Todo esto lo refiero a propósito de lo que aparenta ser su más reciente trabajo: El quetzal, colibrí gigante, que el martes pasado vio la luz. Una obra de más de 550 páginas. En ellas se cobija desde la poesía maya mesoamericana y del período colonial, hasta la obra destacada de los siglos XIX y XX

Y si digo aparenta es porque ese libro tiene su génesis en los setenta del siglo pasado; y Quique ha continuado con su labor de hormiguita todo este tiempo. 

Leyendo, buscando, dándole vuelta a gran cantidad de documentos y legajos. No exagero. La verdad, no se puede realizar una obra de tal envergadura como El quetzal, colibrí gigante, si no es dedicando cientos, miles de horas al acopio y escogencia de los materiales que nos presenta el autor. 

Casi 60 escritores. Desde los anónimos autores del Popol Wuj hasta los poetas de los siglos XX y XXI.

Parece fácil. Mas no lo es. Recuerdo cuando el ilustre Maestro Francisco Albizúrez Palma me propuso traducir del francés al español las Cartas de la India, de María Cruz. Me vi en problemas por el tiempo que había que dedicarle a la tarea. Madre, periodista, escritora… Afortunadamente, Rodrigo Rey Rosa las tradujo y Piedra Santa las publicó.

Otro proyecto que llevó a cabo Quique fue editar, en cintas magnéticas, la obra de guatemaltecos del siglo XX. Cuento y poesía.

Dos colecciones valiosas porque fueron los propios autores quienes llegaron a leer su obra ante el micrófono de una compañía profesional. Las conservo cuidadosamente y aunque los aparatos magnetofónicos parecían haber desaparecido, a partir de 2017 los lectores de cintas y los reproductores de discos de vinilo reaparecieron.

A grandes rasgos, la generosidad y dedicación del poeta y editor Enrique Noriega ha sido algo que incide de manera valiosa en la conservación de cuento y poesía nacionales.

Insisto en que El quetzal, colibrí gigante de Quique Noriega constituye, por primera vez en Guatemala, el formal acopio de la poesía nacional. El título fue percibido por Quique en su niñez, cuando pegado al aparato de sonido de la familia, escuchaba los discos de su padre. Desde Neruda hasta Miguel Ángel Asturias.

En el libro, salido de la Editorial Cultura del Ministerio del mismo nombre, el propio antólogo lo reconoce. Y el brillante verde en la portada añade al homenaje de nuestro Premio Nobel de Literatura.