Domingo 5 DE Abril DE 2020
El Acordeón

Gracias, colegas

La Telenovela

Fecha de publicación: 23-02-20
Por: Ana María Rodas

Me había prometido no hablar de política durante un buen tiempo. Necesitaba hablar de amigos, de familia, de sucesos amables que se recuerdan, porque desde 1954 he pasado demasiados años expuesta a maldades, asesinatos sin fin, y amagos de acabar de una vez por todas con nuestro sentido de ciudadanía, de pertenencia a una tierra, a una forma de estar en el mundo.

Cierto, nací bajo la tiranía de Ubico, pero muy niña, en 1944 los guatemaltecos supieron de una vida diferente, aunque poco duró la autonomía, la apertura al mundo. 

Mi padre respiró aliviado y desarrolló sus afanes periodísticos en total libertad. Los diarios de la época, por primera vez en mucho tiempo, fueron pudieron abordar las noticias con franqueza.

Manuel Colom –con quien junto con Edgar Balsells fuimos amigos desde la niñez, desde los primeros años de la adolescencia– Meme, repito, decía que aquellos que habíamos vivido los diez años de la democracia que feneció en el 54 éramos personas diferentes. 

Tenía toda la razón y con el tiempo he visto cuánta verdad se esconde en aquellas palabras. Los nacidos después del 54, por las circunstancias que les ha tocado vivir, no tienen el mismo aprecio por la democracia, por la libertad, por una idea igualitaria de todos los seres humanos. A menos que hayan nacido en una familia de grandes principios. Que los hay, afortunadamente.

Hace pocos años el sociólogo español Manuel Castells afirmó que el porvenir de la prensa se veía “bastante negro, por las reducciones de plantilla y deterioro de las condiciones de trabajo”. Y señalaba que desde su nacimiento, nunca el periodismo había sido más importante.

Porque el periodismo es sumamente necesario en una sociedad en la que se evidencia que el poder se inclina por la opacidad y los ciudadanos han aprendido a tener gran desconfianza –por algo será– hacia las instituciones. Pocas serán las que se salven de la suspicacia general.

Los ciudadanos interesados en su entorno leen diarios, revistas, escuchan noticias, acuden a Internet para estar al día. Tener acceso a la información y a la interpretación de lo que se vive son condiciones básicas para tener dominio de nuestras vidas.

Infortunadamente, la sociedad de consumo ha cambiado drásticamente las condiciones de los medios. Recuerdo haber sentido gran gusto por leer cierto periódico español luego de la muerte de Franco. Ese mismo diario, en la actualidad, pertenece a un conglomerado que como todos los de su especie, hace gala diariamente de su apego al pensamiento único que permea al mundo. 

En Guatemala, después de que en el 2015 grandes grupos de población se manifestaron pacíficamente en las plazas del país por derrotar la corrupción que nos ahoga, después de que media docena de empresarios admitieron públicamente que habían dado fondos al partido en el poder –admisión que se hacía por primera vez, porque los fondos siempre se entregaban por debajo de la mes– los medios se vieron castigados.

El que se insista denodadamente por tener gran poder sobre los medios es algo que sociólogos y periodistas de diversos países, han venido expresando desde hace décadas. Busquen el término “pensamiento único” en Internet y les sorprenderá la variedad de nombres y publicaciones.

Entonces las noticias suelen tratarse con mucho cuidado, porque el medio que no sigue esa pauta, desaparece por inanición.

Lo que nos lleva a comprender que, en el centro de una putrefacción que jamás habíamos sentido, hay que cuidar a los medios, que son nuestra forma de saber en dónde y cómo estamos.

Y si me declaro en gran agradecimiento a los colegas, en particular me refiero a los columnistas que se decantan por la sociedad, entendida esta como el conjunto de personas que viven en determinado territorio y que merecen ser atendidas en sus necesidades de alimentación, sanidad y educación. 

Son estos columnistas quienes con gran valor destapan las más sucias cloacas. Nos explican por cuáles sendas resbaladizas andamos, qué peligros le esperan a Guatemala a la vuelta de la esquina. Dónde se encuentran las fuentes de nuestras desgracias colectivas. Y cuáles son los caminos para salir de ese agujero en que estamos sumergidos.