Viernes 21 DE Febrero DE 2020
El Acordeón

Terremoto

La Telenovela

Fecha de publicación: 02-02-20
Por: Ana María Rodas

Mis hijas y yo habíamos estado amontonadas en mi cama hasta medianoche viendo en un canal nacional –no, no había Netflix ni ninguna de esas zarandajas– la cinta Casino Royal que dirigieron en 1967 John Huston y otros cuatro directores cinematográficos cuyos nombres se me escapan.

Para los fanáticos estirados de James Bond, encarnado en el cine por Sean Connery durante la primera serie del personaje –Bond fue interpretado por seis actores a lo largo de 24 películas– aquel Casino Royal era algo así como un insulto, una burla. Para quienes nos gusta el Cine, así con mayúscula, aquella ave rara que ya no tenía nada que ver con la novela de Ian Fleming publicada en los años cincuenta, resultaba francamente atractiva.

Catorce actores de primer orden de diversas nacionalidades, la música de Burt Bacharach y la locura desatada hasta un final en que Woody Allen –Jimmy Bond, sobrino de James– traga una píldora atómica, estalla y todos los asistentes al Casino Royal perecen y van al cielo. Jimmy Bond, interpretado por Woody Allen, va directo al infierno.

Entre anuncios y cortes de la TV nacional, nos dieron las doce de la noche, cuando muertas de la risa, cada quien se fue a su cama.

Tres horas más tarde me despertó un ruido sordo que se acercaba como tromba. Encendí la luz de la mesa de noche, que se apagó inmediatamente, habiéndome dado apenas tiempo para ponerme la blusa y el pantalón del día anterior. El universo entero comenzó a bambolearse. 

Atravesé el cuarto de baño para buscar a mis hijas y cuando entré al primer dormitorio el agua del inodoro había mojado mi pantalón casi hasta la rodilla. Por la puerta del baño veía zarandearse, tocando el techo, las macetas que colgaban en el primer patio.

Salimos de casa, metí a las niñas en el automóvil que afortunadamente no había ido a dejar al parqueo por estar viendo tele, regresé en busca de mi Yaya, la llevé al vehículo y en medio de zangoloteos llevé el carro hasta el lado del callejón donde no había cables eléctricos.

Los perros –salchicha, como deben ser los perros– me habían seguido al auto y entré a casa por mis zapatos. Busqué entre el closet los papeles de propiedad de la casa (si se venía abajo al menos podría demostrar que el terreno era nuestro) la caja de joyas que, si las cosas apuraban, podría vender para la comida.

Los estertores continuaban pero sucede que, en situaciones de riesgo o problemas serios, conservo una calma impresionante. Recordé que quienes habían vivido los terremotos del 17 y 18 contaban que habían vivido seis meses por La Parroquia, en ranchos de paja. Decidí regresar por mi guitarra. La música es un gran consuelo en los malos tiempos, me dije.

Recordé que en el callejón había personas mayores y mujeres solas. Dejé el carro, y con una linterna inmensa recorrí de ida y vuelta aquel Callejón Aurora aconsejando: “Usted, don José, se va a casa de su hija Hilda. Llámela y quédese en este gran patio”. “Doña Margarita, que los nietos le saquen los muebles de la sala a la mitad del callejón. Allí se quedan, bien tapados.” “Su casa es segura don Felipe… Así fui hasta la 12 avenida; cuando regresé me admiré al constatar que todos habían seguido mis instrucciones.

Decidí echar a andar el carro porque quería darme cuenta de cómo estaba la ciudad. Fue terrible. Lloré y lloré al atravesar diversas zonas que estaban casi en el suelo.

Pensé ir donde Doris y Randall: una casa de madera y jardín inmenso en la zona 12, pero al regresar de aquel paseo que me partió el alma ya había salido el sol y nos esperaban queridos amigos. El departamento donde vivían se había desarmado. Didier y otro joven francés también habían sufrido: su hotel estaba en mal estado. Nuestra casa había resistido firme. Había un lleno asombroso.

Repartí espacios para todo el mundo y me tocó una esquina de la alfombra de la sala. No recuerdo ya cuánto tiempo fue mi lecho. De allí me levantaba a las seis para salir con el equipo de ABC a filmar cómo estaba el país. Por la tarde, iba al sótano de la Municipalidad, donde se hacía acopio de comida, medicamentos, ropa para distribuirlos. Se trabajaba duro. Mi amiga Marina Coronado debe recordar muy bien aquellos tiempos.

Lo relato ahora, cuando se han desatado los terremotos en áreas cercanas a Guatemala y el tema sale a relucir demasiado a menudo al lado de la mesita de café.