Viernes 21 DE Febrero DE 2020
El Acordeón

Sígueme hasta la muerte…

Hace cien años, el veinticuatro de enero del año 1920, en París, se apagaba la vida de un bohemio que había llegado a esa ciudad en 1906…

Fecha de publicación: 19-01-20
Por: Rogelio Salazar de León

Nacer en Livorno es como nacer en la costa de Florencia, pero, si además se escoge estudiar arte o, más bien, bellas artes en la propia localidad natal y, más tarde, continuar esos estudios en la propia Florencia y Venecia, bien puede decirse que todo eso equivale a marcar un destino.

Hace cien años, el veinticuatro de enero del año 1920, en París, se apagaba la vida de un bohemio que había llegado a esa ciudad en 1906, con veinte años.

No se necesita ser un erudito ni nada parecido para estar enterado de que París por esos años pasó por mucho: la belle epoque, el fin del impresionismo en los pinceles de Paul Cézanne y Henri de Toulouse Lautrec, el inicio del camino de Picasso, el descarrilamiento de las ilusiones ilustradas en las trincheras y el lodo de la Primera Guerra Mundial, el tránsito de los talleres de los artistas de los alrededores de la colina de Montmartre al sur de París en las inmediaciones de la Rotonde de Montparnasse.

El nombre de este bohemio italiano, anclado en París, es Amedeo Modigliani, y una de sus características principales, acaso la más señalada y sensible de todas sea la emanación de una fuerza magnética irresistible para las mujeres, al grado de provocar la envidia irremediable de grandes depredadores de mujeres como el mismísimo Pablo Picasso o Diego Rivera.

No había, en todo París, un hombre capaz de competir con Amedeo Modigliani en esa cancha.

Entre la Rotonde y la Coupole se cruza el Boulevard de Raspail y Montparnasse, justo en ese punto no hubo mujer que se resistiera a la exhibición que hacía Modigliani, una exhibición hecha de infortunio, ebriedad y estilo; tal vez si una sola mujer hubiera podido resistirse a ese poder magnético su destino hubiese sido otro, pero, en ese caso, tampoco habría tenido la inspiración o la energía o lo que haga falta tener para pintar a las mujeres que fue capaz de pintar.

Para hablar de la pintura de Modigliani puede ser importante contar algo del camino que debió recorrer para llegar a ella: a los tres o cuatro años de estar en París él conoce a un rumano de nombre Constantin Brancusi, un escultor arisco y singular que trabaja en las inmediaciones de Les Halles, autor de una obra que impresiona a Modigliani y, a partir de la cual, decide seguir el camino de la escultura.

Hay que decir que las esculturas de Brancusi están montadas sobre una serie de figuras, cuya característica más notable es el alargamiento; las figuras de Brancusi parecen estar estiradas de una forma exagerada, como si, por un lado, fueran herederas del Greco y, por otro lado, como si fuesen lo opuesto a lo que más tarde hará Botero.

Modigliani esculpe en piedra, directamente, como quien considera que la figura esculpida sale o debe salir de la piedra y, como quien más tarde considerará que la figura pintada sale o debe salir de la carne viva, joven y palpitante

En 1912, Modigliani llega a exponer un conjunto decorativo de ocho cabezas en piedra en el salón de otoño de París.

Pero, en definitiva, lo más importante de la obra pictórica del artista italiano coincide con lo que es capaz de hacer durante los últimos cinco años de su vida, de 1915 a 1920, y mayormente son retratos y desnudos femeninos, sus figuras femeninas son como las esculturas de Brancusi: delgadas y estiradas, mujeres alargadas que rebosan de una sensualidad complaciente, lánguida y plácida, mujeres de perfiles melódicos y sutiles con ojos de mirada fatigada, mórbida y melancólica en un hipnótico color verde aceituna; todo matizado por eso que los franceses llaman finesse.

Al fin, la bohemia y el desenfreno cobran su cuenta; la noche del veinticuatro de enero de 1920, Amedeo Modigliani muere prematuramente en la sala de un hospital parisino; su mujer, la también pintora, Jeanne Hébuterne, con quien ya tiene una hija, está embarazada de nueve meses de un segundo hijo; ella al verlo muerto se queda paralizada y muda.

El entierro fue todo un suceso, como cabía esperar, porque Modigliani era todo un personaje.

Después del entierro, Jeanne sin moverse y sin hablar, fue llevada a la casa de sus padres; esa misma noche ella se mató lanzándose por la ventana de un quinto piso con el bebé por nacer en su vientre, como si Amedeo Modigliani le hubiera dicho, al oído, sígueme y sé mi amante hasta en la muerte…