Sábado 19 DE Septiembre DE 2020
El Acordeón

Me odio a mí misma y me quiero morir

Periodista y novelista, graduada en Harvard, Elizabeth Wurtzel, fue junto a Douglas Coupland, una de las escritoras emblemáticas de la llamada Generación X, gracias a su libro Nación Prozac, un crudo relato en donde describe su batalla contra la depresión y retrata con ironía y desparpajo sus años universitarios. El éxito editorial de la obra, la convirtió en un referente cultural del fin de mi milenio. Murió la semana pasada, víctima de un cáncer de mama, a los 52 años.

Fecha de publicación: 12-01-20
Por: Elizabeth Wurtzel

Tuve la suerte de que en la Facultad de Medicina de Harvard hubiera un doctor experto en Prozac. Yo no formaba parte del protocolo, ni formaba parte del experimento. Cuando empecé con el Prozac, acababa de ser aprobado por el Departamento de Control de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos. En Cambridge, la gente empezó muy pronto a difundir cosas sobre el Prozac. Yo lo tomé justo después de que estuviera disponible. Todo el mundo empezó a tomarlo años después y se les fue de las manos.

Lo divertido de todo esto es que, mientras estudiaba en la universidad, trabajaba en la sección de tendencias del Dallas Morning News. Le dije a mi editora, “Estoy tomando un medicamento que se va a convertir en algo muy grande, porque es revolucionario. No sabes lo mucho que me ha ayudado”. Me contestó: “No puedo creer que de eso pretendas sacar un tema”. Yo creía que iba a ser lo más grande y ella no podía tomárselo en serio como tema.

El título original de mi libro era I Hate Myself and I Want to Die (Me odio a mí misma y quiero morir), porque estaba basado en una serie de experiencias personales. Pero escribí un epílogo titulado Prozac Nation y mi editor dijo, “Así es como deberíamos titular el libro”. Eso hizo que la novela se asemejara más a la historia de una generación o a la de un grupo de personas, que a un relato personal. Marketing inteligente, supongo.

Estuve mucho tiempo trabajando en Nación Prozac. En un principio iba a tratar sobre mis experiencias en la universidad de Harvard. Ni siquiera iba a hablar de la depresión. Pero como todo lo que escribía era sobre lo deprimida que estaba, lo cambié. El resultado me sorprende mucho. Te sientes rara cuando estás en ese estado mental. Solía caminar por Cambridge y preguntarme a mí misma: “¿Significará esto algo un día? ¿Hay algo más que estos medicamentos estúpidos y miserables que me están volviendo loca?” No hay forma de saber si algún día lo que escribes tendrá algún sentido y te resultará útil o si simplemente estás viviendo una experiencia infernal. Me preguntaba si toda esta miseria tendría alguna utilidad. Al final resultó que sí la tenía, pero no siempre uno es tan afortunado.

El libro recibió pésimas críticas. Mucha gente lo detesta. Pero Michiko Kakutani (ganadora de un premio Pulitzer y considerada como una de las principales referencias de la crítica literaria de la prensa estadounidense. NdR.) escribió un texto bastante elogioso en The New York Times, y eso fue muy importante. Después recibió una crítica horrible en el Times Book Review. Es decir, que recibió críticas excelentes y otras terribles. Pero sin duda no pasó inadvertido, llamó la atención.

Lo terminé de escribir una noche muy rara. Llevaba un par de días despierta, escribiendo, no había dormido intentando terminarlo. Escribí “Fin” o algo así y me fui al cine a ver Clerks. Fue realmente extraño: había olvidado ponerme los lentes de contacto y no llevaba las gafas, y sin embargo podía ver perfectamente. Era como: “Dios mío, algo ha pasado. Estaba ciega y ahora veo. He acabado el libro y ha ocurrido un milagro”. Volví a casa y estaba contándole a mi compañera de piso que mi vista había mejorado desde que, horas antes, había terminado el libro. Estaba intentando explicarle que había sucedido algún tipo de transformación, cuando me di cuenta de que llevaba las lentillas puestas desde hacía días pero ya no las notaba. Mi vista no había mejorado nada.

Curioso, pero cuando por fin el libro estuvo terminado, me dije: “De acuerdo, ahora puedo soltarlo. Ya está en el papel y ya no ese monstruo horrible que me atormenta”. Es algo. Existe. Marca una diferencia. Pero, la parte más dura es que seguía teniendo una personalidad esencialmente depresiva y continuaba bajo medicación. Así que no era el fin.

Siempre me han dicho que tengo que aparentar que estoy bien. Así es como me criaron. Mi madre me decía: “No dejes que nadie sepa que estás loca”. Entonces lo escribes y sale a la luz y resulta que hay millones de personas que se sienten exactamente igual. Y eso es un alivio. Descubres que, de hecho, fue bueno hablar de ello sin más, que no es nada de lo que avergonzarse.

Estaba muy acostumbrada a que fueran los baby boomers los que se llevaran toda la atención, ocupándolo todo, sin dejar oxígeno para nadie más. Así que ya era hora de que alguien se diera cuenta de que había otra gente en el mundo. El grunge produjo un poco ese milagro, y ver a Nirvana en el Saturday Night Live fue demasiado grande. Vi la emisión en casa de mi madre y le dije: “Oh, Dios mío, mamá, hemos ganado”. Estaban todas esas camisetas que Sub Pop hizo y que solo decían “Loser” y era como si los perdedores por fin hubiéramos ganado. Por fin el indie rock se había convertido en rock grande. Estábamos hartos de escuchar a Poison y a Bon Jovi. No nos dejaban nada. La música de los ochenta era un desastre, salvo todo aquello que venía de la escena college-rock. Fue la peor época, una época muy opresiva. Tuvimos doce años de Reagan-Bush y, al fin, Clinton salió electo. Finalmente el mundo dijo: “Basta ya de todo esto”. La gente joven había empezado a importar, aunque éramos pocos. Fue emocionante.

Que el público esté pendiente de ti resulta extraño. Realmente no es para tanto, mi vida no ha cambiado drásticamente. Pensé que cambiaría. Pensé que algo grande iba a pasar. No sé lo que estaba esperando, pero se me ocurrió que la experiencia podría cambiarme. Pero todavía me sigo sintiendo como antes. Si tienes éxito, si por ejemplo ganas millones de dólares en la lotería, tu vida cambiará, pero no te cambiará esencialmente a ti. Las experiencias de cambio salen de uno mismo. Suena un poco cursi, pero por desgracia es así.

Mientras estudiaba, llevaba diarios que, en algún momento, cuando a alguien le interese, donaré o venderé a alguna librería o lo que sea que se haga en estos casos. Pero tengo que decir que no los usé mucho cuando estaba escribiendo Nación Prozac, porque tengo muy buena memoria. Una de las cosas con las que más contenta estoy, es que la gente que aparece en el libro me ha dicho que no pueden creer lo bien que me acuerdo de las cosas. No me han dicho: “Lo has recordado mal”, y nadie me ha acusado ni de inventarme cosas ni de equivocarme. Es evidente que no recuerdo los diálogos exactos, pero creo que lo que escribí se acerca bastante.

Me encontré durante la promoción del libro con el que fue mi novio en la época que relato, Rafe. Estaba en Seattle y vino a verme. Me dijo: “No sé cómo has hecho para escribirlo todo tan parecido a como era”. Me alivió mucho oírlo, porque él no aparece como ningún héroe en el libro.

He intentado proteger las identidades reales de los personajes. He cambiado los nombres, aunque nadie que los conozca podría saber exactamente de quién estoy hablando. No hay personajes “compuestos” en el libro. Cada uno es un individuo aparte. Creo que me he hecho aparecer a mí misma como la peor. O la menos amable. Con los demás, he intentado imaginar qué les pasaba por la cabeza para que fuesen humanos. No creo que el libro culpe a mucha gente o dé una mala imagen de nadie, así que creo que a la mayoría les pareció bien. 

Hay un personaje llamado Noah que no estaba contento con cómo lo había retratado. Es el tipo que conozco en el primer año de universidad y con el que hice un viaje en coche por Inglaterra. Supongo que le hice parecer un tonto, pero es que era tonto. Había algo muy estúpido en él y no había manera de evitarlo. No podía ponerlo de forma que pareciese otra cosa. Pero he aprendido un truco: si describes a alguien diciendo que es guapo, casi da igual qué más tengas que decir sobre esa persona. Simplemente di que una chica es preciosa o que un tipo es guapo, o algo similar, y se olvidarán por completo de que también dices que es un puto lunático que mata bebés. Puede hacer cualquier cosa, ¡pero es guapo! Muy curioso. Para mí fue un truco extraordinario, para hacer que la gente no se enojara demasiado conmigo.

No me preocupa que la gente espere que siga escribiendo sobre mí, sobre mis amigos, sobre mi depresión, porque quiero hacer otras cosas. No sé si a alguien le interesará o lo leerá, pero tengo otras cosas que decir. Supongo que siempre encontraré algo que hacer. Me importan otras cosas, como mi vida amorosa o si esta u otra cosa saldrá bien. Siempre he encontrado la forma de escribir y hacer lo que quiero.

Digamos que dentro de unos quince años, estaré casada, con hijos, y viviendo en el norte de Nueva York. Supongo que haciendo lo típico. Quiero estudiar derecho. He rellenado las solicitudes y ahora todos me dicen: “No, no, no puedes hacerlo ahora porque tienes muchas otras cosas por hacer”.

Pero, haga lo que haga, siempre seguiré escribiendo. Si es lo tuyo, es lo tuyo. No desaparece así sin más.

*Opiniones extraídas de una larga entrevista con la periodista Gabi Sifre.