Jueves 1 DE Octubre DE 2020
El Acordeón

¿Qué es un escritor…? …Si es que es algo

A lo mejor, el esfuerzo por pensar y tratar de guiar la escritura hacia la ausencia de quien escribe consiste, en el fondo, en volver a los términos trascendentales contenidos en el escenario auroral de occidente, hacia los principios religiosos de la tradición.

Fecha de publicación: 08-12-19
Por: Rogelio Salazar de León

Como una advertencia preliminar, vale la pena advertir que el tono de esta nota es dubitativo, que su curso seguirá, de alguna forma, el movimiento de la oscilación, como si se tratara del compás de un péndulo.

Creo, sin estar muy seguro además, que una de las formas más poéticas de evocar la noción de narrador puede ser recordar el relato de las Las Mil y Una Noches y a su narradora: Scheherezade, como se sabe, ella es quien narra la historia, quien cuenta el cuento o debe decirse: las historias, los cuentos…

Pero además de contar lo que tiene que contar, Scheherezade tiene también como pretexto, como motivo principal, como el asunto que la mueve: “no morir”; ella narraba, a veces, a lo mejor argumentaba, en fin ella hablaba hasta el alba para no morir, para alejar el plazo de la muerte ella debía seguir hablando y hablando y hablando sin cesar, noche tras noche.

Scheherezade es el tenaz reverso de la muerte; pregunto ¿…es eso mismo un escritor…?

Si se comienza desde el principio, hay que reconocer que Scheherezade, al contarnos sus cuentos y al saltar de noche en noche, también salta de cuento en cuento, dejando algunos inconclusos, mientras completa algunos; sin embargo lo que hay que notar es que al atravesar por la desordenada trama de sus cuentos y de sus noches, ella, en el fondo, nos habla de sí misma, de su angustia, de cuánto le interesa seguir viva, así sea solo por una noche más.

De cualquier manera, habría que preguntarse si esa aflicción de Scheherezade tiene que ver con lo que hoy se piensa acerca de qué es o qué debe ser un escritor, un narrador, un autor…

Por otro lado y más allá, la verdad de las cosas es que desde la “tirada de dados” de Mallarmé, la desaparición del autor no ha cesado de ser un acontecimiento incesante, reiterado una y otra vez: “qué importa quién habla” ha dicho más tarde Beckett, en seguimiento de la secuela de la letanía, en seguimiento de lo que se ha dicho y repetido tantas veces.

 Tanto se ha dicho esto, que la actitud indiferente hacia el escritor pierde importancia, la indiferencia hacia la figura de quien escribe ha dejado de ser un rasgo que importe, simplemente, caracteriza la forma en que se habla o en que se escribe, para convertirse en una suerte de principio ético, y al decir la palabra ética se piensa en que esa indiferencia hacia la noción de escritor funciona como una especie de regla inmanente, retomada una y otra vez, sin embargo nunca aplicada completamente, justamente, como pasa con la ética.

Un principio que no apunta a la escritura como resultado obtenido, sino más bien como un principio que domina su práctica, es como un asunto ético, en todo caso, porque de acuerdo con la regla es indiferente quien escribe, pero, en el fondo, escribir es abrir un espacio en donde el sujeto que escribe no termina de desaparecer, no termina de borrarse, aunque la norma lo prescriba, aunque la norma condicione la práctica, norma que al final queda en suspenso.

¿En qué punto estamos, entonces…?

Cuando al principio se trataba del relato árabe de Las Mil y Una Noches, de una mujer y de su cruel amante, ella sostenía, como tema, no morir, es decir no desaparecer, no borrarse, ella hablaba y argüía hasta la claridad del día siguiente para alejar a la muerte, para diferir el plazo que debía clausurar la boca del(a) narrador(a); al contar sus cuentos Scherehezade se empeña en dar la espalda a la muerte, en mantener a la muerte fuera de circulación, fuera del círculo de la existencia.

En cambio, la civilización moderna ha metamorfoseado las cosas: ese viejo tema del relato hecho para conjurar la muerte se ha ido al carajo: hoy la literatura está ligada al sacrificio, a la borradura.

La obra, que antes tenía el deber de la inmortalidad, ahora ha recobrado el derecho de matar, de ser la asesina del autor.

Después de todo, vale la pena preguntar si ¿acaso, somos todo lo modernos que creemos ser…?

A lo mejor, el esfuerzo por pensar y tratar de guiar la escritura hacia la ausencia de quien escribe consiste, en el fondo, en volver a los términos trascendentales contenidos en el escenario auroral de occidente, hacia los principios religiosos de la tradición; según los cuales lo que importa, por encima de los autores, es la “escritura” como tal, como algo que, de una u otra forma, viene de algún más allá, llamémosle Yahvé o de cualquier otra forma.

Tal vez al tratar de ser más y más modernos, es cuando más nos acercamos a la tradición; pese a todo, algo informa sobre que la noción de escritura amenaza con mantener algunos privilegios de autor entendido como alguien que preexiste, persiste y subsiste, bajo la salvaguarda del a priori.

Por un lado, hacer subsistir y persistir al autor dentro de la luz tenue de sus intentos, ante los juegos de la neutralización de los rostros del autor, son dos actitudes que se hallan sometidas a ciertos bloqueos recíprocos, como puede verse.

De hecho, más bien parece que no hay una clara línea divisoria entre quienes creen que el autor es quien manipula, dispone y gobierna el texto, y quienes se esfuerzan por liberarse de esa carga.