Viernes 13 DE Diciembre DE 2019
El Acordeón

Escribir sin herramientas

La Telenovela

Fecha de publicación: 24-11-19
Por: Ana María Rodas

Alguna vez escribí sobre las fallas que solía hallar diariamente en los medios de comunicación de Guatemala. Aquello no era más que repetir lo que en ese momento revisábamos en clase con estudiantes de periodismo. La palabra periodismo ha sufrido un cambio por el giro ciencias de la comunicación, asunto al que no pienso referirme ahora. Pero les dejo una pregunta: ¿se es periodista o se es comunicador?

El periodista es una persona a quien le llama la atención algún asunto y lo investiga en libros, apuntes, o en su propio archivo: la computadora y sus hijitos, los discos duros adicionales. 

En los actuales tiempos, y me refiero únicamente a Guatemala, la propiedad del lenguaje que usan muchos comunicadores es dudosa. No es cuestión de inspiración sino de gramática. Y me extiendo. 

Por allá por los albores del siglo XIX la inspiración adquirió una importancia suprema. Entre los aspirantes a escritores –y también entre quienes querían ser músicos, o desempeñar cualquier otra función en el mundo de las artes– la inspiración era un artículo de primera necesidad, permítaseme el vulgar contraste.

Atrás quedaba el siglo XVIII, con su neoclasicismo, sus proporciones perfectas y los profesores empeñados en enseñarnos a pensar y a entrar en razón.

Al adentrarnos en el XIX, los vocablos raciocinio, conocimiento, lucidez e intelecto se vieron opacados por las palabras musa, plectro, vena, improvisación. Y a los poetas, admitida esta palabra en su acepción más amplia de artista, se les dotó de ciertos dones como la capacidad de entusiasmarse, de utilizar la imaginación al máximo; de inspirarse, vaya.

Uno de los espíritus sobresalientes del XIX, Rimbaud, publicó un libro imprescindible con el título de Iluminaciones. Justamente el ser un iluminado era a lo que aspiraban los artistas en aquel tiempo. Y sin poseer el don específico de la inspiración, difícilmente se podría llegar a ser virtuoso en algo.

Mi madre, mujer del siglo XX, y por lo tanto poseedora de sutileza y perspicacia, así como de intuición e imaginación, nos hacía reflexionar sobre asuntos de esta índole, nos leía libros que en otras casas no consideraban apropiados para niños, y nos permitía opinar. Es más, nos inducía a que opináramos. Y cuando no teníamos el conocimiento suficiente (que era lo usual) nos mostraba la Enciclopedia y nos dejaba sumergidos en ella y en un mar de confusiones que poco a poco iban desapareciendo en la medida en que leíamos.

A veces una pregunta de mi madre hecha en los años cuarenta hallaría respuesta en mí hasta los años sesenta o setenta, cuando ella ya no estaba en este mundo. A la fecha no he podido responder aún a algunas de sus interrogantes, pero ya sé por experiencia que llegará la solución a su debido tiempo.

Habituada como estaba a sumergirme en los libros y dedicar todo el tiempo disponible a buscar una razón, un motivo, una causa, una respuesta, no se me ocurrió otra cosa que entrar al periodismo. A ese mundo donde el tiempo se escurre vertiginosamente hacia la hora del cierre, y donde no se puede regresar a la redacción con las manos vacías.

Se trataba entonces de poner en práctica el sentido de investigación bajo el acelerado tempo que impone la carrera periodística. Y utilizar un lenguaje correcto, limpio, exacto, para transcribir en columna y media un suceso cualquiera.

Somos en general, los periodistas de hoy, más hijos del siglo XVIII que del XIX, porque de acuerdo con la norma, escribimos diariamente sin inspiración. Sin entusiasmo ni iluminación en el campo del lenguaje, que es nuestro instrumento primordial. En estos días nos interesa muy poco el lenguaje. Acuciados por la pasión de ser los más enterados e informados. Pero en estos días escribimos sin fijarnos en las impurezas de un lenguaje recogido diariamente por las calles.

La falta de imaginación, de lucidez, de sutileza, de intuición no puede ser sustituida por el lenguaje del ghetto, de la pandilla, a menos que se le cite entre comillas. En la adultez, la falta de estimulación temprana en cuanto a lenguaje, bien puede ser suplida por diccionarios y muchos otros libros que conducen a esa musa insuperable: la inspiración.