Jueves 5 DE Diciembre DE 2019
El Acordeón

Lo narrativo

Fecha de publicación: 17-11-19
Por: Oswaldo Salazar

La forma más común de presentar la historia del pensamiento es como la sucesión de distintas teorías, como la lectura particular que un autor hace del trabajo de pensadores del pasado. Así, dependiendo del caso, se habla de discípulos que pertenecen a una escuela, o de rupturas, de críticas radicales que pretenden borrar lo dicho por una obra, un autor, un movimiento o incluso toda la historia del pensamiento.

Menos común es cuando, en lugar de buscar los límites, las diferencias, las controversias conscientes y las militancias feroces, buscamos lo que Hegel llamaba “crítica inmanente”, es decir, cuando discutimos los hechos de la cultura buscando contradicciones no solo al interior de una obra, un argumento, una postura, sino al mismo tiempo entre ellos y sus contextos posibilitantes (aunque estos últimos comporten elementos contrastantes o incluso negativos).

Ese es el caso de Hans-Georg Gadamer y Paul Ricoeur, ambos pertenecientes a la llamada Hermenéutica Filosófica. Gadamer se ocupa, en sus cinco ensayos hermenéuticos sobre la dialéctica hegeliana, de mostrar cómo el gran filósofo romántico desarrolló su método, su lógica del Geist, dando continuidad a la dialéctica de la filosofía Platónico-Aristotélica. Ricoeur, por su parte, siguiendo el camino largo y tortuoso de poner en diálogo tres distintas versiones del “giro lingüístico” (la filosofía anglosajona, el estructuralismo francés y la escuela fenomenológica), plantea su teoría general de la narración como un producto de la dialéctica.

¿Qué estamos viendo aquí? Básicamente, un ejercicio de la hermenéutica que revela un paralelo sorprendente con la corriente dialéctica que se origina en Heráclito, atraviesa la lectura que Aristóteles hace del Viejo Platón, se prolonga en los suburbios multiculturales de la Ciudad de Dios y llega hasta nuestros días en una filosofía del sentido que busca limitar las ambiciones de la subjetividad cartesiana que gobierna la inoculación científica de nuestra mirada.

Ricoeur es particularmente preciso en su análisis de la identidad personal cuando opone dos formas de entender la identidad, a saber, como mismidad (idem) y como “otredad de sí” (ipseidad). Con ello busca echar a andar los engranajes de la metodología dialéctica y poder dar cuenta de ese elemento aparentemente contradictorio de toda identidad según el cual el individuo, a lo largo de su vida, obviamente cambia; sin embargo, en un extraño sentido se considera que sigue siendo el mismo. Esta contradicción puede aplicarse a la historia de las comunidades humanas. Aquí se trata de la tensión entre sedimentación e innovación de las normas, los valores y todo aquello que se registra en la esfera simbólica de la experiencia.

La mismidad es un término teórico, derivado de la lógica y la naturaleza atemporal de los conceptos matemáticos, que supone la permanencia pura en el tiempo. Pensemos, por ejemplo, en la demostración de un teorema matemático que heredamos de los griegos. Teóricamente se trata de una idea que no se ve afectada por contexto alguno: lingüístico, étnico, histórico o psicológico.

La identidad entendida como “otredad de sí”, o ipseidad, en cambio, es más bien esa forma de permanencia en el tiempo que lleva la carga de una tensión interna. Pensemos en el ilustre ejemplo de novela que nos entrega el siglo XIX, la Bildungsroman o la L’Éducation sentimentale. Se trata de historias en las que (literalmente) “las páginas del tiempo” nos van mostrando cómo un personaje, desde un carácter original (que se mantiene) va desplegando una serie de cambios que, al final, entendemos como la actualización de posibilidades propias. La vida como teleología del carácter. Así como podemos hablar de un cambio que no lo es, también podemos hablar de una permanencia que no se logra, una permanencia débil.

Ricoeur se pregunta si la permanencia pura excluye la posibilidad misma de una permanencia débil, ¿existe alguna forma de plantear una solución de continuidad entre lo que, teóricamente, parece irreconciliable? En otros términos, si hay una lógica del concepto, ¿habrá una lógica de lo real? Y si la hay, ¿cómo debemos concebirla?

Es en este punto en el que el filósofo francés recurre a dos textos antiguos que se plantean esta misma problemática: Las Confesiones, de San Agustín; y La Poética, de Aristóteles. Y la formulación de esa problemática podría sintetizarse en la pregunta: ¿cómo resuelven la paradoja de la mismidad y la otredad de sí estos autores? La respuesta, obviamente, viene del método dialéctico y nos refiere al concepto de “mediación”. Mediación entendida como una solución de similitud, de pertenencia. Es por ello que la mediación, como la dinámica propia de la dialéctica es, en el fondo, una solución de continuidad. Continuidad entre dos cosas que, aparentemente, se distinguen, que son discernibles, pero que, en realidad, son variaciones de lo mismo. Pensemos, por ejemplo, en las variaciones musicales de un tema que se desplaza, sin perderse, por los derroteros de distintas tonalidades.

Así, entonces, cuando decimos “la vida como teleología del carácter”, estamos diciendo que los vaivenes de la vida, que las distintas vicisitudes que nos ocurren y, en apariencia, nos cambian, nos educan, no son más que variaciones de un carácter original que, de forma inmanente, se busca, se asedia a sí mismo para, al final, reencontrarse consigo como un “desconocido de sí”.

Pero aún queda un problema por resolver: ¿cómo se registra esta mediación?, ¿qué es lo que sucede, qué es lo que ocurre, cuál es el evento mediador entre lo potencial y lo actual? La respuesta de Ricoeur es la narración. La mediación es, en esencia, narración. Una narración que se construye de acuerdo a un eje imaginario que busca con denuedo y sin conocimiento de causa, un objeto especular producto de la transferencia. Y en el medio mismo de esa búsqueda, se asoma, furtivo y al margen de nuestra voluntad, el símbolo, el significante que señala otro camino, el camino de la metáfora que revela, como un efecto, al sujeto que no podemos reconocer, el desconocido de sí.

Ricoeur propone, tanto en Temps et Recit como en Soi meme comme un autre, una hermenéutica de la narración. Es decir, propone la narración como interpretación, como el flujo de la inmanencia que media, conecta, equipara, da continuidad entre dos estados de cosas, dos escenas: el Edipo y la novela familiar del neurótico, según Lacan. Y con esto, junto al psicoanálisis, la hermenéutica filosófica vuelve a dar forma y vida nuevas al antiguo esquema metafísico según el cual un estado potencial se conecta con su realización a través de un movimiento que él, después de un largo derrotero, llamó “lo narrativo”.