Jueves 5 DE Diciembre DE 2019
El Acordeón

Tiempos tan rancios como recios

La verdad de las cosas es que entre lo que se dice, lo que se lee y lo que se escribe nada es lo que parece, y no es que decir eso equivalga a descubrir el agua azucarada.

Fecha de publicación: 10-11-19
Por: ROGELIO SALAZAR DE LEÓN

Se puede decir “él es un hombre recio” que todos entendemos lo que se está diciendo, o bien también se puede decir “la lluvia de ayer sí que fue recia” que también todos nos damos por enterados del mensaje de la expresión, o incluso se puede afi rmar “esta semilla es para una tierra recia” en cuyo caso también se entiende lo que se dice; de modo que ya se nota que este es un adjetivo voluble, que funciona para cosas diversas y variadas. 

Muchas veces, ya que hasta ha sido parte de la educación que hemos recibido y heredado, se nos ha dicho y se nos ha acostumbrado a saber, a pensar o a entender que Guatemala es el espacio idílico de –para (la preposición es a veces un tema complicado) la eterna primavera; y la verdad de las cosas es que el sustantivo primavera difícilmente pega con el adjetivo recio o recia, ya que el género de la primavera es femenino; un clima recio para nada es un clima primaveral, la primavera es algo suave, algo que pasa como el roce, nada que ver con lo recio. 

Sin duda, todos o casi todos los guatemaltecos guardamos en nuestra memoria los momentos en que nuestra conciencia ha sido untada con ese turrón que ha hecho de Guatemala el ensoñado espacio para la eterna primavera: pudo haber sido a propósito de las tradiciones de la Cuaresma o a propósito de la luna de Xelajú o si no a propósito de las celebraciones de septiembre. 

Seguramente, más que los argumentos, que no han sido muchos, lo que recordamos sea la melosidad acaramelada y edulcorada con que nuestra conciencia ha sido untada. 

Sin embargo, toda prosa o retórica encuentra su importancia, no tanto en lo que cuenta, sino en lo que nos cuenta de sí misma, no es tan importante lo que se nos dice, sino aquello que nos unta con lo dicho, además, claro está, de la alergia que a la larga nos provoca: los perfumes más aromáticos son los que producen las peores jaquecas… 

¿…Por qué leemos, ávidos de curiosidad, la crónica del partido de fútbol que ya hemos visto…? ¿…si ya lo hemos visto, por qué nos hace falta leer la crónica…? Tal vez porque el fútbol es tan complicado como la vida; y lo importante de un texto, sea cual sea el género a que pertenezca, no es lo que nos cuenta de la vida, sino lo que nos cuenta de sí mismo al contarnos la vida. 

La verdad de las cosas es que entre lo que se dice, lo que se lee y lo que se escribe nada es lo que parece, y no es que decir eso equivalga a descubrir el agua azucarada, pero sí que de vez en cuando sorprende tomar conciencia o, incluso, descubrir ciertas cosas. 

Todos sabemos que en castellano, cuando se habla del clima, se usa la palabra tiempo: expresiones como tiempo tempestuoso, tiempo seco o tiempo agradable, son muy usadas; de modo que tanto el sustantivo tiempo, como el adjetivo recio son dos palabras que, como se ha ido viendo, dan para mucho, son capaces de llegar lejos y constituyen dos términos ricos, versátiles y floridos. 

En todo caso, nos queda claro que cuando Vargas Llosa nombra a su novela Tiempos reciosno se refiere ni al clima ni a la primavera, sino que se refiere a algo que él conoce bien: a la política, acaso una de las pocas experiencias de la vida en las que ha salido mal parado y esquilmado (quién no recuerda su encontronazo con Fujimori, alguien que resultó mucho competidor para el novelista). 

Aunque, bien entendidas las cosas, quizá la tragedia en la vida de Vargas Llosa no sea la política, sino la propia literatura, tal como si dijéramos: allí donde él cree estar más en armonía consigo mismo, justo allí, es donde resulta ser el peor enemigo de sí mismo…; no es que no pueda escribir, claro que puede y mucho; él nos ha contado historias de todo tipo, historias serias y no tan serias, historias que han creado lazos valiosos y no tan valiosos, historias de mérito y demeritadas, historias que se han escrito como divertimentos e historias en las que ha cumplido con contenidos temáticos. 

“Yo no vendo voz, yo vendo estilo”, decía Frank Sinatra, como quien es fi el al hecho de haberse educado en el seno del jazz, pero frente a esa actitud del famoso cantante norteamericano, hay quien vende cualquier cosa: lo que tiene o lo que no tiene o lo que tiene a medias; a ver si nos vamos entendiendo: mientras hay artistas con solera que han quedado en el olvido, hay otros sin tanto fundamento que han arrasado como éxitos de ventas, best sellers es como se dice. 

Hay quien ha dicho que Vargas Llosa es el Julio Iglesias de la literatura (lo cual, hasta se ha confi rmado con los últimos devaneos de su corazón), como queriendo decir que ambos son intercambiables: que aquel podría ocupar el puesto en la canción que este ocupa en la literatura porque, francamente, a ninguno de los dos le importa tanto la materia como el sitio, el qué hacer como el sitio que se alcanza. 

Total, que cuando Vargas Llosa escribe sobre Guatemala o cuando se decide a novelar la historia guatemalteca y a decir, por ejemplo, que Árbenz g está libre de culpa (en caso de que ser comunista sea una culpa, o bien en caso de que ser ingenuo equivalga a estar libre de culpa) resulta que alguien se enoja, lo que a primera vista, tratándose de Guatemala, no extraña a nadie. 

Pero a segunda vista se ve algo mucho más interesante, porque siendo quien es el novelista peruano, habiendo dado de sí lo que ha dado y, además, contando Guatemala con alguien visible, como pocos, empeñado en lavarle la cara a toda costa a la derecha recia y/o rancia (a estas alturas da igual) puede vislumbrarse, presumirse, sospecharse un enlace entre la novela y esas intenciones de limpieza que, de alguna forma, resulta intensamente coherente… ¿no es cierto…? ¡…

Falta ver si la “razón de Estado” alcanza para limpiarnos de lo que nos queda de recio y/o rancio…!