Jueves 5 DE Diciembre DE 2019
El Acordeón

Este noviembre

LA TELENOVELA

Fecha de publicación: 10-11-19
Por: ANA MARÍA RODAS

La verdad lo que yo recuerdo del mes de noviembre es un viento norte resuelto pero liviano, que arrastra rápidamente, antes del amanecer, algunos cúmulos que pudieron haberse formado en la madrugada y que a eso de las cinco y media de la mañana se diluyen con la luz que, por el Oriente, anuncia que en breve el Sol estará desperezándose sobre las casas, las calles, iluminando –para quienes vivimos en el Valle de la Ermita– los picos de tres volcanes: el Acatenango, el Fuego y el Agua. 

En épocas de gran suerte las crestas de los volcanes relumbraban al recibir los primeros rayos de luz solar y se creería que estaban nevados. No es cierto. Era hielo que se había formado sobre sus pináculos, mezcla de la humedad que por la noche se iba depositando en sus agujas, y el soplo gélido del viento. 

Poco duraba esa “nieve” bajo el calor del sol. He tenido amigos fotógrafos que en aquellos días dejaban sus cámaras bien cubiertas, al lado de la ventana desde la que los picachos nevados podían observarse claramente. Porque el fenómeno duraba poco tiempo y cualquiera que no supiera la razón de aquellas puntas inmaculadas iba en busca de los otros habitantes de la casa para que gozaran el espectáculo, y de regreso a la ventana ahí estaban los volcanes, impávidos como siempre –bueno, casi siempre– desplegando sus azules y verdes acostumbrados. 

La verdad –y esa afirmación tiene que ver mucho con el apego que le tengo a ese volcán– lo mejor era estar en la Plaza Berlín poco antes del amanecer y observar el espectáculo del Pacaya, extendidos sus variados picos sobre unos velos que se forman sobre el lago, como si se tratara de la base donde se apoya el castillo de un cuento. Bajo los velos, el lago de Amatitlán, tan tranquilo como suelen estar las aguas de lagos y orillas de mares por la madrugada. 

Frío y agua, con un poco de viento helado –muy poco por cierto– ofrecen un espectáculo que hay que observar personalmente. Porque es fabuloso y se queda prendido en la memoria. Hubo una época en mi vida en que junto a mi amiga Elena parqueábamos el automóvil en el principio de la Avenida de las Américas. En esa calle había algunas casas, una o dos farmacias cerradas a piedra y lodo, la gasolinera, la heladería que abría por ahí por las diez de la mañana. Construcciones relacionadas con el tamaño de los seres humanos. 

El cielo era una inmensa tela por encima de todo que, a medida que trotábamos en dirección de la Plaza Berlín, cambiaba de un gris tenue a diversos tonos de celeste. 

Trotábamos el tiempo que fuera necesario y regresábamos al automóvil sintiéndonos dueñas del universo. (La ciudad era una ciudad, no ese amasijo infame que cada día crece más, dejándonos sin agua pero con los ríos de desagües depravados de los que. A cambio, nos ha dotado Tu Muni). 

Trotábamos incluso en noviembre. Con frío sí, pero un frío de esos que estimula el pensamiento, los músculos, el deseo de vivir aunque ello fuera en medio de aquellos gobiernos militares a los que no deseo referirme. 

Cierta madrugada que iba diluyéndose en amanecer, en la Plaza Berlín había un automóvil negro, grande. Cuatro o cinco hombres vestidos de negro sacaban del baúl del carro cuerpos de seres humanos y los tiraban al suelo sin miramiento alguno. 

Continuamos corriendo en la dirección que llevábamos. Parar en seco y dar la vuelta era lo mismo que decir “los hemos visto” y exponernos a lo que a los judiciales se les ocurriera en aquel momento. Hablando de la carrera de San Silvestre –en la que no íbamos a participar– y mencionando detalles de carreras en las que jamás habíamos corrido, llegamos hasta el primer poste del alumbrado, lo rodeamos y regresamos trotando temblorosas hacia la Avenida de las Américas. 

El cielo de noviembre de este año es un amontonamiento de cúmulos teñidos de un pavoroso gris, que no cejan casi a ninguna hora del día, como no sea para descargar lloviznas heladas. Los celajes de noviembre, decíamos esperando aquella prodigiosa paleta de colores que seguía a los colores del fiambre, de los barriletes. Decíamos.