Lunes 9 DE Diciembre DE 2019
El Acordeón

Música para la eternidad

El Ministerio de Cultura y Deportes, a través del Consejo Asesor para las Letras, ha concedido este año el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias a Luis Eduardo Rivera, reconociendo “su vocación sostenida de organizar el mundo y su propia vida alrededor de la escritura”. El escritor nació en Guatemala en 1949 y desde principios de la década de los ochenta radica en la ciudad de París, Francia. Es autor de una importante obra poética, ensayística y narrativa. El relato que publicamos hace parte de la selección de cuentos Pasado en blanco, de próxima publicación por la editorial Cultura.

Fecha de publicación: 13-10-19
Por: Luis Eduardo Rivera

adame Antoine, viuda de cierta edad, que ocupa con su familia uno de los grandes apartamentos de la entrada principal, no logra quitarse de la cabeza la imagen del cuerpo tendido a mitad del patio.
Minutos atrás, al descorrer las cortinas, movida por el alboroto que venía de abajo, a primera vista había creído que se trataba de algo sin importancia; probablemente, uno de tantos vagabundos que rondan por el barrio se habría colado en el edificio durante el día, derrumbándose en pleno patio central, vencido por la borrachera. Pero el alboroto que se estaba formando allá abajo no tenía nada de ordinario. Vio cómo algunos brazos se alzaban, señalando con insistencia una ventana abierta del cuarto piso, en el costado izquierdo del corredor. Súbitamente, le asaltó la sospecha de que algo realmente grave había sucedido, y su primer impulso, pese a su carácter reservado, fue bajar las escaleras y averiguar lo que realmente ocurría. Y eso hizo.

No tuvo, sin embargo, suficiente valor para acercarse al grupo que rodeaba el cuerpo, aplastado ahí, a unos cuantos pasos, tendido como un guiñapo sobre el cemento de las baldosas. Consideró que, para informarse, la solución más prudente era acudir a la conserjería.

La mujer del conserje, visiblemente alterada, telefoneaba en ese instante a los bomberos, y en su confusión mezclaba el español con un francés ya de por sí chapuceado, lo que daba como resultado una jerigonza casi incomprensible. Fue ella, no obstante, quien la puso al corriente. En efecto, se trataba de una tentativa de suicidio. “A decir verdad, más bien de un suicidio consumado”, pensó ella. Un inquilino se había tirado por una de las ventanas del cuarto piso no hacía más de cinco minutos. La conserje tampoco había osado aproximarse a la víctima, pero estaba segura que el desdichado era el joven que vivía solo en uno de los estudios de la escalera izquierda. Al parecer, nadie en el edificio lo conocía. Ella misma no sabía casi nada sobre él, recibía poca correspondencia y era muy discreto; a veces, sin embargo, le daba por escuchar música clásica a todo volumen y ella había tenido que llamarle la atención un par de ocasiones. Pero, fuera de esto, siempre había sido una persona muy correcta.

Ambas estuvieron de acuerdo que, en esos casos, lo único que se podía hacer era aguardar la llegada de la ambulancia.

Viendo que no tenía nada que hacer ahí, a no ser ponerse más nerviosa, Madame Antoine optó por regresar a su departamento.

Ahora, ya en la calma de su sala de estar, mira la televisión mientras se ocupa en terminar la labor que teje para su nieto más pequeño; eso, piensa, le ayudará a olvidar la imagen de la ventana. Más tarde, a la hora de acostarse, se tomará una tisana bien caliente, no vaya a ser que resulte con alguna pesadilla.

***

Jean Morel y su primo Yves le Fort comparten un estudio del quinto piso, en la escalera izquierda. Se hallan por enésima vez enredados en una de sus interminables disputas políticas, circunstancia que inevitablemente los arrastra a llenarse de epítetos extraños, a falta, naturalmente, de argumentos persuasivos.

Jean, de veintidós años, estudiante de Historia, es partidario de una izquierda moderada, más bien centrista. Yves, dos años más joven que su primo, originario de las costas bretonas y seguidor de una vieja tradición separatista, es, por el contrario, simpatizante de ideas radicales, más o menos anarquistas, que Jean resume de manera despectiva como: “ideología delirante”. Yves se dispone precisamente a rebatir este calificativo con un ataque rabioso contra lo que considera una “cómoda salida del posmodernismo neoliberal” de su adversario, cuando de pronto escuchan un extraño ruido, como si un saco repleto de harina acabara de estrellarse contra las baldosas del patio. Por un instante se preguntan intrigados qué cosa se habrá caído, pero inmediatamente retoman el hilo de su disputa.

Unos minutos más tarde, sin embargo, atraídos por los gritos que suben hasta su cuarto, abren la ventana, sabiendo de antemano que no podrán ver nada de lo que ocurre abajo a causa de la cornisa de pizarra, pero cuando menos podrán escuchar algo que les dé algún indicio. Desafortunadamente, las voces no alcanzan a ser comprensibles, a causa del eco y del ruido de la llovizna que ha empezado a caer. Deciden entonces salir a mirar por la ventana del rellano. Desde ahí descubren un cuerpo tendido de bruces a mitad del patio. Varias personas lo rodean lanzando exclamaciones de alarma, aunque es evidente que nadie hace un gesto para aproximársele. Y como ni Jean ni Yves son de los que se quedan con los brazos cruzados en tales circunstancias, sin pensarlo dos veces se precipitan escaleras abajo.

Encuentran al conserje hablando solo, aún bajo los efectos del choque emocional. Lo exhortan para que haga algo. El viejo, con el rostro transparente y la voz temblorosa, les explica que su mujer ya ha pedido ayuda y que los únicos que pueden hacer algo son los bomberos y la Policía. Les dice que se trata de su vecino de piso, del joven que vive en el número 5, acaso tal vez ellos lo conozcan mejor que él. Le responden que no, que solo lo han saludado unas cuantas veces, al cruzarlo en la escalera.

Los tres se quedan un momento sin hablar, mirando el cuerpo inmóvil, tirado en el piso como un trapo viejo. Viendo que no pueden hacer nada por el muchacho, los primos optan por volver al estudio.
Los jóvenes suben las gradas en silencio. Pero, apenas han llegado al segundo piso, cuando Yves, con el rostro descompuesto por una cólera repentina, se vuelve hacia su primo quien en ese instante parece hundido en la consternación y, señalando con un dedo agresivo en dirección al patio, le grita: “Ahí tienes una de las opciones que ofrece al individuo tu cochina mentira social-demócrata”. Jean, como de costumbre, reacciona tratándolo de maniqueo, histérico y simplificador. Y una vez más, los primos son arrastrados inexorablemente hacia el marasmo de la pasión política.

***
Kathy Ambler, rubia americana de veintiún años, un metro setenta y siete de estatura, modelo de revistas de modas, que reside en un confortable departamento del cuarto piso, escalera derecha, está muy a su pesar poniendo orden en sus desarreglados aposentos, mientras echa maldiciones contra la mujer que le hace la limpieza, por habérsele ocurrido enfermarse justo el día en que tiene que recibir la visita de un productor alemán.

Cuando pasa frente a la ventana que da al patio, escucha una tonada que le resulta particularmente antipática. Se trata nada menos que del adagio de la Quinta Sinfonía de Mahler, pero esto la deja indiferente. “De nuevo el energúmeno de enfrente”, se dice fastidiada, “con el frío que hace y al muy estúpido le da por abrir la ventana. Si por lo menos bajara el volumen de su aparato”.

Irritada y lamentando su suerte, se dirige a la cocina donde una pila de vasos, platos y cubiertos grasientos la deja sin resuello. En ese momento, se escucha un ruido sordo, desagradable. No le da importancia y continúa echando pestes contra su empleada.

Siempre gruñendo, termina por llenar el lavavajillas automático y lo pone en marcha. Al salir de la cocina escucha un alboroto de voces que vienen del interior del edificio. “Algo debe estar pasando allá abajo”, se dice. Entre los gritos y exclamaciones reconoce la voz chillona de la “vieja chocha”, la mujer del conserje que lanza gimoteos en español. Suelta un sonoro “Shit”. Va hacia la sala de baño, abre los dos grifos del agua y los deja corriendo en la bañera.
Por un momento piensa con disgusto en su trabajo, en las tres horas de pose sin descanso a las que fue sometida y que la dejaron con un humor de todos los diablos. Luego, se tiende sobre la alfombra de la sala y se pone a hacer sus ejercicios de relajamiento, dando tiempo a que la bañera se llene por completo, pero el griterío que viene del patio no la deja concentrarse.

Se levanta furiosa y se lanza en dirección del teléfono. Marca el número de la conserjería. Le contesta una voz entrecortada.

– Soy Kathy Ambler, del cuarto piso –gruñe en francés, con su acento inevitablemente californiano–, ¿me podría explicar qué significa todo este escándalo que estoy oyendo?
– ¡Ah, mademoiselle –responde el conserje, lanzando un suspiro–, ¿es que todavía no se ha enterado de la tragedia?
– No estoy enterada de nada –asegura miss Ambler, con tono glacial–, por eso lo llamo… ¿de qué tragedia me está hablando?
– ¡Del suicidio!
– ¿Cuál suicidio?
– El del joven que se tiró del cuarto piso. Pero si hace casi media hora que hay una ambulancia aquí dentro y todo el patio está lleno de policías y bomberos….
– No me había dado cuenta –afirma la modelo, con un tono seco, neutro.
– Tal vez usted haya conocido al pobre muchacho…
– ¿Y qué le hace suponer que pudiera conocerlo? –replica miss Ambler, sintiéndose ofendida sin saber porqué.
– Como la ventana del joven da frente a las suyas, pues yo pensé que tal vez….
– Pues pensó mal, porque yo nunca en mi vida he visto a esa persona –dice indignada y cuelga.

De pronto le viene a la memoria la música de Mahler, el ruido desagradable, y se acuerda del tipo raro que vive enfrente y que a menudo la molesta con el ruido de su máquina de escribir, a veces hasta muy tarde. Recuerda también que en varias ocasiones él la había saludado con la mano y ella, como respuesta, le había corrido las cortinas de un tirón.

Pobre diablo –dice Kathy Ambler, con un apagado sentimiento de lástima, mientras se encamina hacia la sala de baño. Su deseo principal es hundirse hasta el cuello en el agua caliente para relajarse. Luego, terminará de poner orden en el departamento. El productor ha dicho que pasará a las siete en punto.

***
El reporte que el inspector Olivier Roy ha terminado de redactar, en la comisaría del segundo distrito, está escrita en los siguientes términos:

El lunes 3 de abril de 1979, a las cuatro de la tarde, aproximadamente, el señor Christian Joffre, veintiocho años de edad, de nacionalidad francesa, soltero y sin profesión específica (presumiblemente escritor, o periodista), residente en el inmueble ubicado en el No. 36 de la rue Tiquetone, del segundo distrito de París, se precipitó, aparentemente de forma voluntaria, de la ventana de su domicilio, situado en el cuarto piso, hacia el patio central del edificio mencionado, falleciendo dos horas más tarde, en la Sala de Emergencia del Hospital de Dios, a consecuencia de hemorragias internas y múltiples fracturas. El conserje del edificio y su esposa, señores José Badajoz y Carmen Rodríguez, fueron los primeros en enterarse del suceso. El señor Badajoz afirma que, pese a la violencia de la caída (20 metro de altura), el infortunado no perdió por completo la conciencia; declara asimismo que, hallándose a pocos metros del lugar de los hechos, pudo recoger sus últimas palabras –o, más bien incoherencias– que fueron, textualmente: “¡Merde, esto va más allá de un simple jueguito literario! ¡Me tragó la ficción!”. Inmediatamente después, el señor Joffre perdió definitivamente el conocimiento.

***

Punto final.

De un tirón extrajo la cuartilla de la máquina de escribir. Dejó escapar un suspiro de satisfacción. Al fin el relato estaba terminado y le quedaba suficiente tiempo para fotocopiarlo y meterlo al correo.

Se sintió liberado de un peso enorme. Todavía anoche, antes de acostarse, se había sentido culpable por dejar pasar la primera ocasión que se le presentaba de publicar en una revista importante. Hasta entonces su imaginación seguía bloqueada. Sin embargo, el milagro se produjo de una manera tan imprevista como inexplicable: el sueño. Sí, fue este el que le había proporcionado todo el material necesario para construir su historia. Su inconsciente había trabajado por él mientras la almohada le servía de soporte a su inspiración.

Al despertarse, lo primero que hizo fue deslizar una cuartilla en el rodillo de la máquina. A partir de ese instante, el resto fue casi un asunto de mecanografía; escribió como si le estuvieran dictando. Y si bien cuanto relataba provenía de su sueño milagroso, todo parecía salido de la realidad: de su propia realidad cotidiana. Sus personajes, por ejemplo, no podían ser más verídicos. El conserje español y su mujer existían realmente, la viuda de al lado, también, así como los primos del piso de arriba y, por supuesto, la rubia de enfrente, esa cabrona petulante que nunca respondía a sus saludos. Ahora tenía la ocasión de cobrarse sus desaires. Sonrió al imaginar que un día la rubia leyera este relato.

Se hizo un café bien cargado y encendió el estéreo para escuchar de nuevo su disco preferido. Luego empezó a prepararse para salir.

La lluvia se puso a tintinear sobre el techo. “Merde”, se dijo él, recordando de pronto que tenía alguna ropa secándose fuera de la ventana. Al abrirla, pudo ofrecerse un inesperado espectáculo, viendo cómo la rubia de enfrente se paseaba en paños menores en su departamento. “Hola presumidita de mis cojones”, le lanzó en silencio.

Un calcetín se había quedado sujeto en lo alto del batiente. Se empinó para cogerlo, pero sin éxito. Con un sentimiento de impaciencia, arrimó hacia la ventana el pequeño taburete de madera algo destartalado del que se servía muy raramente a causa de su falta de estabilidad. Se trepó sobre la plancha del asiento y sintió cómo las patas crujían bajo su peso. Para mayor seguridad, apoyó un pie sobre el respaldo de la ventana y se inclinó hacia adelante, haciendo el esfuerzo de estirar el cuerpo lo más que podía. En ese instante, del estéreo se escapaban, melancólicas y aéreas, las primeras notas de ese trozo de música que siempre que lo escuchaba le producía un estremecimiento de placer. “Una perfecta introducción a la eternidad”, comentó con deleite, a tiempo que sus dedos alcanzaban el borde húmedo y elástico de la prenda.

Era el adagio de la Quinta Sinfonía de Mahler.