Martes 22 DE Septiembre DE 2020
El Acordeón

Luis Eduardo

La Telenovela

Fecha de publicación: 06-10-19
Por: Ana María Rodas

Soy una mujer con suerte. Desde los años 70 pertenezco a un grupo de escritores de tal calidad que al Estado no le ha quedado otro remedio que reconocer su valor y otorgarles el Premio Nacional de Literatura que lleva el nombre de Miguel Ángel Asturias.

Sin embargo, debo decir, porque tengo la lengua suelta, que ese premio que ahora le otorgan a Luis Eduardo Rivera, llega, pero llega tarde. No sé dónde andará el diablo para que, finalmente, le dispensen el premio que sin duda le será entregado a finales del presente mes.

Conocí a Luis Eduardo junto a Enrique Noriega, Luis de Lión, Mario Roberto Morales y Marco Antonio Flores porque en ese tiempo estaba casada con Arnoldo Ramírez Amaya, y cierta noche lo acompañé a una conversación sobre la revista Alero, de la Usac, donde trabajaban el “Bolo” Flores y Arnoldo.

De los contenidos del más reciente número de Alero el diálogo saltó hacia un tema que era vital para todos los presentes: la literatura.

Algunos de ellos estaban en la San Carlos. Quique y Luis Eduardo, por ejemplo. Pero les faltaba la persistencia que tenía Dante Liano, quien también acudía a Humanidades de la Usac, y en vez de andar hablando por las noches en los bares de las zonas uno y tres de la ciudad –como se volvió nuestro hábito porque en realidad no había otros lugares para entablar conversaciones como aquellas que fueron las nuestras– se dedicó a estudiar y trabajar con gran seriedad.

Hacia la una de la mañana –que resultó ser la hora en que me despedía del grupo, aunque estuviéramos reunidos en la sala de mi casa– di las buenas noches pensando en mi labor de periodista del día siguiente. Ir en busca de noticias es un trabajo de tiempo completo. Para un periodista formal, digo. No para esos seres que se dedican a hablar de películas de mala muerte, moda u otros temas de tercera categoría.

Muy pronto Guatemala le quedó estrecha a Luis Eduardo, quien se fue a México en 1973. Para entonces habíamos forjado una amistad que perdura a lo largo de todos estos años, a pesar de vivir tan distantes. Porque en 1979 también México se le había achicado y se fue a París. No lo supe porque en el mismo año andaba yo por Europa. Pero mi primer día en París, a orillas del Sena como en novelita ramplona, encontré a Luis Eduardo y nos faltó tiempo para hablar de nuestras vidas. 

Creo que ha sido la única vez que no hablamos de literatura sino de lo que había hecho cada quien en su vida privada desde el último día en que nos habíamos visto seis años atrás.

Mas regresando a nuestras pláticas de cantinas, o en ocasiones en casa de Irma Flaquer o en la casa nuestra, hay algo que me gustaría resaltar del grupo al que pertenecemos con Luis Eduardo: nunca hablamos de lo que escribía cada cual en aquel tiempo. No teníamos ese sentido innoble de presumir acerca de lo que íbamos asentando en libretas, cuadernos y hojas. A mano o a máquina.

Hablábamos de literatura, no cabe duda. De lo que escribían y publicaban en ese tiempo, o habían publicado siglos atrás, autores que respetábamos. Podíamos sacarnos los ojos, en sentido figurado, sobre nuestras preferencias. Pero con los años comprendí que aquellas discusiones nos hicieron crecer. 

Hablábamos también de cuestiones éticas o políticas. Cómo no hacerlo en aquellos días. Bastante menos sucios que los actuales, diría yo en un aparte.

Poeta, narrador, ensayista, traductor. Hablé de Luis Eduardo y la diversidad de formas literarias que maneja a la perfección en mayo de este año. A estas horas ya habrá artículos en diferentes medios explicando quién es, dónde vive, a qué ha dedicado toda su vida.

Algunos se atendrán a la verdad, otros se quedarán cortos. Otros inventarán. Así sucede con las personas ilustres.

A mí, en este momento me interesa mi amigo Luis Eduardo. Me gustaría tener, ahora –y si él lee esta columna entenderá la razón– una botella de ron haitiano para entregársela el día que le otorguen el premio. 

Para entonces ustedes ya sabrán hasta el nombre de la calle donde, en París –años más tarde de ese encuentro providencial a orillas del Sena al que me he referido con gran cariño– compartió apartamento con Raúl de la Horra o con Luis Aceituno y conoció todas las obras del pintor Jacobo Rodríguez Padilla.