Sábado 21 DE Septiembre DE 2019
El Acordeón

Un mundo sin Dios

Cabe entender que lo que Dios le está diciendo al hombre es: tú podrás transformarte a ti mismo en lo que quieras, le está dando la determinación de la voluntad, o bien, si se prefiere la responsabilidad de la libertad, casi, casi el permiso de hacer lo que guste con su vida y su destino.

Fecha de publicación: 08-09-19
Por: Rogelio Salazar de León

¿Se puede conservar la moral cristiana y seguir siendo un platónico, o bien, se puede ser un platónico conservando la moral cristiana…?

De alguna forma, la respuesta a este dilema no es de la filosofía, sino de la historia, porque hay un momento en que el orden eclesiástico empieza a resquebrajarse, ese orden en donde todo era la iglesia; había conflictos dentro de la iglesia, luchas y sectarismos; y llevaba tiempo de no haber nada intelectual de gran significado, ni una sola idea.

Justo en este momento todo se empieza a desmoronar y, como es normal, queda un gran vacío que se comienza a llenar con eso que llamamos renacimiento; aunque lo interesante es que este es un momento en el cual empiezan a aparecer, sobre todo, personajes, individuos y, lo que se dice: grandes hombres (acaso, como sucede siempre que la crisis se hace extrema); un tipo de personajes que, a lo mejor más que pensar, son gente que autoriza a pensar; porque cuando la represión ha sido mucha y se ha ejercido en exceso, antes de atrevernos a pensar, precisamos de la autorización para incurrir en el atrevimiento.

Personajes, en el sentido de gente que autoriza a otra gente a pensar con su propia cabeza empiezan a aparecer en el renacimiento, nombres como Leonardo de Vinci, Raffaello de Urbino, Michelangelo Bounarroti son ese tipo de individuos; pero hay otro menos conocido que aparece al final del siglo XV, y que se llama Pico de la Mirandola, un florentino que se atreve a decir que cuando Dios había completado la creación del mundo no encontraba un modelo para hacer al hombre, motivo por el cual le dice: no te daré una forma definida ni una función específica, por eso, tú tendrás la forma y la función que desees.

Cabe entender que lo que Dios le está diciendo al hombre es: tú podrás transformarte a ti mismo en lo que quieras, le está dando la determinación de la voluntad, o bien, si se prefiere la responsabilidad de la libertad, casi, casi el permiso de hacer lo que guste con su vida y su destino.

Andando el tiempo aparecen otros o, más bien, otro que sí que se atreve ya, claramente, a pensar con su propia cabeza, lo cual en principio no es fácil, porque pensar es un acto de responsabilidad, tal como ha quedado dicho por Pico de la Mirandola.

De manera que el gran viraje va aparecer cuando surja el sujeto como el nuevo fundamento; pero va surgir de manera penosa, porque comienza a balbucear en el terreno de la duda; se duda de que este nuevo fundamento sea capaz de contenerlo todo, en la medida en que, si el fundamento y la garantía del orden para todo ya no es Dios, aparecen las dudas; sin embargo, allí mismo, en ese terreno de angustia, aparece el sujeto, …aquel que mientras piensa existe.

¿De qué es de lo que se duda…? Se duda de que podamos contar con una esencia, un fundamento, una garantía dada de la naturaleza de las cosas; y así, solos, desolados, arrojados al mundo, tan solo podemos contar con la certeza de que mientras dudamos o pensamos existimos, justo por allí, aparece la idea del sujeto.

El sujeto moderno va ser alguien que emerge, claramente, en el acto de pensar.

A partir de ahí el hombre se reviste de una tarea impresionante: tener que fundamentar; lo cual no es del todo malo, porque de aquí en adelante el problema ya no está en lo que el discurso (logos) reparte o distribuye de manera diferencial, de forma desigual y desproporcionada (entre hombre y mujer o entre amo y esclavo o entre noble y plebeyo o entre religioso y seglar, etcétera), ahora el problema está en hallar el mejor modo de cómo usar y disciplinar la razón, el primordial asunto para la ciencia va ser disciplinar el buen uso de la razón.

Si se usa bien la razón se puede ver qué se puede conocer y qué no; con seriedad, con certeza, científicamente; la estructura para la ciencia moderna será la matemática, en parte porque, ese mismo hombre que hace surgir todo de la duda, es quien le abre la puerta a la matemática como hoy se la entiende.

Pero, lo más interesante es que no todo puede resolverse científica o matemáticamente, porque el hombre no solo tiene que vérselas con la naturaleza de las cosas externas, sino también consigo mismo, con su propia voluntad y con las pasiones que de ella surgen, allí aparece eso que Descartes llama en su Tratado de las Pasiones del Alma ideas oscuras y confusas; en donde su intento es trasladar esas ideas oscuras y confusas al campo de las ideas claras y distintas, el caso es que al tratar de pasar lo oscuro a lo claro, en ese punto Descartes se ve forzado a confesar su fracaso; ese es un tema en donde Descartes no logra otro de sus acostumbrados éxitos.

Sin embargo, como es Descartes, termina haciendo algo sorprendente, más bien, algo sorprendentemente sutil, algo a lo que llama “moral provisoria”, y que funciona, más o menos, como cuando uno quiere vivir mejor o hacer mejoras en su casa, en el peor de los casos se tira al suelo el edificio viejo para construir otro, o bien se inhabilita una parte de la casa vieja y mientras duran las obras se ocupa lo que queda hábil; pero en todo caso, hay que buscarse un lugar provisional a dónde irse, porque, así sea por un tiempo, hay que tratar de vivir bien o lo mejor posible.

A propósito, resulta fácil recordar que el tercer capítulo del Discurso del Método tiene un nombre fascinante: Moral provisoria.

Así sucede con las pasiones humanas; si no se puede resolver el problema de dar claridad a lo oscuro, se hace necesario una serie de reglas provisorias, como quien dice: no mover el avispero, Descartes se convierte en un maestro en no agitar las cosas, en no irritar a los poderes viejos, en mantener las tradiciones.

Aunque, a pesar de todo, Descartes no quiere que le pase lo que a Bruno o Galileo, y decide dejar atrás los territorios católicos, para radicarse en Amsterdam.