Sábado 21 DE Septiembre DE 2019
El Acordeón

Julio Ramón Ribeyro: la escritura sin heroísmos

Escritor genial e inclasificable. Dejó una obra amplia, variada, apartada de modas y corrientes literarias. Sus incontables registros para el cuento, sus diarios, sus apuntes, sus aforismos, sus ensayos, novelas y relatos quedaron para la posteridad como algunas de las creaciones más destacadas de la literatura en lengua castellana de la segunda mitad del siglo XX. El pasado 31 de agosto se cumplieron 90 años de su nacimiento.

Fecha de publicación: 01-09-19
Por: Leonel González de León

ay dos experiencias relevantes en la formación de Julio Ramón Ribeyro (Lima, Perú, 1929-1994) como escritor. La primera es el contacto con la biblioteca familiar que perteneció primero a su tatarabuelo, luego a su abuelo, que fue rector de la Universidad de San Marcos, y por último a su padre. Julio Ramón relata que este los reunía a él y a sus hermanos para leerles, en voz alta, clásicos de todos los orígenes, desde Cervantes (no solo El Quijote sino también las Novelas ejemplares) hasta Eça de Queiros, Wilde, Kipling, Baudelaire o Flaubert, a veces en su lengua original. La segunda le confirmó que era a la escritura donde pertenecía. Tras una estancia larga en Europa, Ribeyro fue invitado a dar una charla a un grupo de estudiantes de secundaria en Lima. Al final recibió como regalo una bolsa llena de lapiceros y una docena de cintas para máquina de escribir. Esto le hizo darse cuenta de que no era “un escritor solitario, ni poco leído ni desconocido”.

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Vivió la mayor parte de su vida en París, pero también en Madrid y en Alemania. En este último país escribió en 1956 su primera novela, Crónica de Gabriel, donde el personaje, reconoce de a poco que “la vida real está llena de trampas, de oscuras amenazas contra las cuales no podrían ni la virtud ni el heroísmo”. Más adelante publicó otras dos novelas: Cambio de guardia y Los geniecillos dominicales. Mientras la mayoría de autores del continente se rompía los sesos por publicar la novela más extensa y experimental, o por encarnar con el mayor heroísmo a sus personajes, Ribeyro dio un paso al costado. Parecía no enterarse de que la literatura tenía que pasar por el sifón de Joyce o Faulkner; él, sin mostrar ningún apuro, abandonó las formas largas y permaneció sentado, fumando sin parar y perfeccionando el cuento corto donde mostró, siguiendo a Guy de Maupassant (basta volver a leer Bola de sebo o El collar) que para hacer crítica social no se necesitan frescos inabarcables. Esto lo convierte en un anacronismo: tan cerca del Boom latinoamericano en origen, tiempo y espacio, pero ajeno en temas y en forma. 

En Lima, ciudad sin novela, uno sus primeros ensayos, Ribeyro lamenta que su ciudad carezca de alguien que la articule para relatar las luces y sombras de sus habitantes. Él mismo le da vuelta de tuerca a su idea al prescindir de la novela como vehículo para representar la ciudad, y termina haciéndolo en una obra donde no se encuentra, ni por asomo, un triunfador. Son más de cien cuentos, entre los que hay varios portentos, no de victoria ni de lucha, sino sobre las estrecheces, frustraciones y sinsabores que dan forma a la vida. Lejos del discurso actual de redes sociales, donde todos presumimos vivir sin manchas ni derrotas, sus personajes son gobernados por la duda, el desconcierto y la desconfianza, lo que los hace no solo humanos sino entrañables. 

La vida gris, su primer cuento, se publica en 1949. Desde el primer párrafo asoma el bosquejo que dará forma a muchos de sus personajes: “Nunca ocurrió vida más insípida y mediocre que la de Roberto”. En 1955 publica Los gallinazos sin plumas, quizás el cuento suyo más contundente, donde se apropia del concepto de “Cuentos de efecto” de Horacio Quiroga. No es el único lugar donde el peruano deja ver su identificación con los de abajo, porque él mismo, en su etapa europea, estuvo muy abajo. Destacan Al pie del acantilado, La tela de araña, Interior L o La primera nevada, todos permeados de hambre, desahucio y miseria. Es notable también El profesor suplente, que narra la historia de un maestro desempleado que recibe la oferta de un interinato donde ve la posibilidad de renovar sus antiguas glorias. Después de vencer sus dudas y dirigirse al colegio, se topa de bruces con el claustro que lo espera y sale huyendo. Espumante en el sótano muestra al obrero que sueña con escalar y codearse con la clase alta, pero termina gateando mientras recoge las colillas de cigarro, las copas rotas, y limpiando las manchas del champán barato que él mismo ha comprado. En El banquete se burla con maestría del arribismo político y social (muy de moda siempre en el continente), cuando el protagonista invierte toda su fortuna en una fiesta y contrata “cuarenta mozos de servicio, dos orquestas, un cuerpo de ballet y un operador de cine”, para agasajar a ministros, parlamentarios, diplomáticos, hombres de negocios y hombres inteligentes, además de recibir los favores del presidente de la república. 

Su texto más famoso es Solo para fumadores, que describe al tabaquismo como un amor prohibido, tan nocivo como irrenunciable: “Mis necesidades de tabaco aumentaban sin que aumentaran mis recursos”. Daniel Titinger recoge en Un hombre flaco el testimonio de Lucy Ipenza, cuñada de Julio Ramón, quien comenta que encendía el cigarrillo, le daba dos chupadas y lo apagaba, dejando el cenicero lleno de cigarrillos a medias. A medianoche no tenía qué fumar y volvía a encender las colillas. De ahí que el cuento, en clara evocación al capítulo 2 de La conciencia de Zeno de Italo Svevo, resulte en la historia de una pasión históricamente combinada con la profesión de letras. Luego, el texto pasa revista a la relación con el cáncer gástrico que lo acompañó en la segunda mitad de su vida y por el cual casi llegó a abandonar el vicio, pero que terminó acompañándolo hasta el final.

Su inclinación por las letras francesas no impidió que tuviera conciencia del contexto de sus compatriotas. En una entrevista del 1971, reconoce “la vida durísima del que tiene que trabajar ocho o diez horas diarias, usando su fuerza física, (…) y lo único que le provoque es quedarse dormido”. En otra entrevista reconoce sin empacho estar consciente de que la mayoría de campesinos de su país jamás llegarán a saber de su existencia. 

Ribeyro busca explicar dónde nace La palabra del mudo, el título que da a la recopilación de sus cuentos. En una entrevista de 1984 explica que siempre quiso “darle voz a quienes no la tenían; darle la palabra a los humildes, a los pobres y a los desesperados, a los que no tienen posibilidad de expresarse”. De ahí el interés que suscitó su obra en Hispanoamérica y en Europa, donde se le sigue publicando y traduciendo, y hace poco en Estados Unidos. A pesar de su pobre difusión en el continente, Ribeyro destaca entre los pocos autores presentes en los catálogos de distintas editoriales: tanto Alfaguara como Seix Barral han editado sus cuentos completos, además de tener una edición crítica en Cátedra.

ENTREVISTA AL ESCRITOR JULIO RAMON RIBEYRO ZU—IGA EL 21 DE ABRIL DE 1986 /// COMISION NUMERO 37494

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Prosas apátridas es un volumen extraño e inclasificable; él mismo lo definía como “un libro de retazos”, mitad bitácora de sus visitas a la biblioteca y mitad sumario filosófico labrado en bares y cantinas. Agrupa doscientos pensamientos breves, emparentados por época, por estructura, pero sobre todo por ser una miscelánea de fotos, sonidos y dudas, con los Papeles pegados de Georges Perros –desconocido en América Latina y traducido al español por el guatemalteco Luis Eduardo Rivera–, que hoy podrían tomarse como estados de Facebook o tuits. Apenas comenzando ya se lee el primer sablazo: “¿Qué cosa hay que poner en una obra para durar? Diríase que la gloria literaria es una lotería y la perduración artística un enigma” (Prosa 1). Ribeyro le da vuelta a su fórmula, pues no muestra ambición de durar ni de adquirir gloria, en tanto que esa parece ser la fórmula para tener pocos lectores, pero todos fieles y duraderos. “La existencia de un gran escritor es un milagro, el resultado de tantas convergencias fortuitas. (…) Algunos han probablemente reunido todas las cualidades, pero les faltó la circunstancia azarosa, la lectura de un libro, la relación con tal amigo, capaz de servir de reactivo al compuesto químicamente perfecto” (14).

No todo es literatura en las Prosas, pero la interpelación es constante: “Lo curioso de la moda es que las mujeres que la siguen buscan ser observadas, pero terminan por uniformarse, corriendo el riesgo de pasar desapercibidas” (15); “Los conocimientos de un hombre culto pueden no ser numerosos, pero son armónicos, coherentes y relacionados entre sí. En el erudito, los conocimientos parecen almacenarse en tabiques separados” (21); “Escribir significa desoír el canto de la sirena de la vida (105)”; “Los hospitales son puestos fronterizos donde se canaliza el tránsito entre la vida y la muerte” (125); “Los amantes permiten evacuar tensiones y problemas que amenazan la vida conyugal y actúan como cándidos agentes de la moral burguesa, pues consolidan la existencia de hogares que, sin ellos, naufragarían” (160). 

Casi al final, Ribeyro anota en clave cruzada con Dino Buzzati, el escritor que más sabe acerca de la espera y a quien leyó con devoción: “La carta que aguardamos con más impaciencia es la que nunca llega. No hacemos otra cosa en nuestra vida que esperarla. Y no nos llega, no porque se haya extraviado o destruido, sino sencillamente porque nunca fue escrita” (192).

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En voz baja, Ribeyro ha cosechado devotos entre los escritores latinoamericanos contemporáneos. Alejandro Zambra declara haber leído con asombro La tentación del fracaso, la compilación de los diarios que el peruano tomó entre 1950 y 1978. Juan Gabriel Vásquez confiesa que desde que lo leyó, lo menciona cada vez que puede. Guadalupe Nettel lo atesora como lo mejor de su escritor latinoamericano más querido, y Santiago Gamboa comenta en el prólogo que escribió para los diarios que gracias a Ribeyro obtuvo su primer empleo recién llegado a París, y en retribución le dedica El síndrome de Ulises, su mejor novela. En España, Felipe R. Navarro dice que su ejemplar debe ser el más manoseado de su biblioteca, “lleno de trozos de papel, marcapáginas, billetes o tíquets de supermercado”. Me pasa igual. Hace cinco años que lo adquirí y apenas rebaso la mitad, sin intención de apresurarlo. Se trata de la prueba de que el cuentista no le debe nada, o incluso puede verse superado por el pensador que indaga sobre sí mismo y sobre su condición humana. 

En un ensayo sobre los diarios íntimos, publicado en La caza sutil, Ribeyro crea la categoría de “diarista profesional”, aquel que consagra a su diario como la más importante de sus obras. La complicidad con el lector es inmediata: lo hace helarse con el frío de su primer invierno en Europa, contagiarse del temor de carecer de un techo y por empeñar una valija de libros que nunca recuperará, padecer la soledad por los muchos contactos humanos que dejó ir a cambio de su quimera, y sufrir el desamor de manera repetida. Todo, incluso la mujer amada, era secundario. La única fidelidad que practicó fue con la escritura del diario, “enano maléfico y devorador; registro mortal de mi persona”. Bryce Echenique anota que “Como nadie, Ribeyro ha logrado trasladar el dolor humano de la poesía de Vallejo a la prosa”.

“¿Cuándo podré anotar en este diario ‘he encontrado al fin lo que tanto buscaba’?” anota en febrero de 1953, y más adelante confiesa que solo busca “paz, tiempo suficiente para escribir, dinero para libros y cigarrillos”. Luego reconoce que “No es en la carne donde está el absoluto, no en el dinero, ni en los amigos, ni en la alegría ni en el licor. Tal vez esté en los viajes que aún no he realizado, en el amor que todavía no he conocido, en la gloria que es mi ambición íntima o en Dios, a quien creo haber perdido”. En 1962, avizora el mundo que habitamos hoy al prever que “El mundo se está convirtiendo en una yuxtaposición de mundillos incomunicados”.

El volumen invita a leerse de corrido, tanto por las reflexiones vitales y literarias como por la escritura amorosa de altísimos quilates. Es un terreno entrañable que debe frecuentarse de a poco, donde Ribeyro vuelve, por enésima vez, a apostar por las formas clásicas y separarse de la vanguardia; y si en los cuentos ya había demostrado el acierto de su apuesta, aquí vuelve a ganar, quizás porque nunca se lo propuso. 

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Como buen afrancesado, Ribeyro escribió muchísimas cartas, la mayoría dedicadas a Juan Ramón, su hermano mayor, a Wolfang Lutching, su editor y traductor en Alemania, y a Luis Loayza, autor peruano. Ellas abarcan cuarenta años y abordan diversos temas, tales como el descubrimiento de la riqueza de Latinoamérica tras su llegada a Madrid y la personalidad según los países, la contabilidad del hambre en su estancia europea y el alivio tras los primeros sueldos. También pasa revista al Boom latinoamericano, comentando las luces y sombras del movimiento. Se muestra inseguro ante la publicación de sus primeros artículos por ser superficiales, revela el andamiaje de sus argumentos y hace listas con antologías de cuentos latinoamericanos que nunca fueron publicadas. 

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En 1992 vuelve al Perú. Parece intoxicado de literatura y decide abandonar la personalidad reflexiva. Bebe con frecuencia, nada en calzoncillos y se roba las cámaras en un concierto de Oscar de León. Surf, su último cuento, se publicó en 1994. Este es un repaso de su última etapa, de regreso en Lima, buscando pescar algo de lo mucho que dejó de vivir por haberse dedicado a tener una existencia demasiado literaria. Ese año le será otorgado el premio Juan Rulfo de lenguas romances pero no podrá recogerlo. El cáncer gástrico que le había acompañado durante treinta años ganó la batalla pocos días antes de la entrega.