Sábado 21 DE Septiembre DE 2019
El Acordeón

El sabor esférico

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 25-08-19
Por: Arturo Monterroso

Llegado a la edad volátil, a uno solo le queda el presente. La piel del pasado pertenece a un bosque hundido ahora en la neblina y el futuro es solo una posibilidad remota, un salto de pez fuera del agua, un globo que se dirige al horizonte plomizo de un día que se acaba. Lo único seguro es el sabor esférico del instante, el tacto de la mano sobre la textura de un cuerpo, esas horas en las que uno se ausenta de la vulgaridad de las ocupaciones cotidianas. Elīna Garanča en una tarde de Mozart o el silencio que precede a la lluvia. El ojo que mira, el oído que escucha, la nariz que aspira el aroma de la cocina, la voz casi brutal de Youn Sun Nah mientras desayuna en Baghdad. Todo sucede en el momento preciso de un instante que extiende sus alas para comenzar el vuelo. La vida es hoy. Con todo el peso de sus ayeres, con toda la ausencia del porvenir incierto. Con todos sus asaltos de ternura y con sus soledades noctámbulas, desérticas, inhabitadas; con su risa cálida de estruendo, con su llanto profundo y sus placeres, con sus ausencias y sus reencuentros, con sus cicatrices y sus banalidades; con el aire enrarecido y siempre fresco de la vida.

Llegado a la edad de la distopía, la existencia no es más que una novela de ciencia ficción especulativa. Y todo sucede como en una película steampunk, en la que el futuro arrastra el pasado victoriano de las máquinas de vapor, pero sin la buena gente de la alta sociedad inglesa del siglo XIX, cuyo valor más apreciado era el dulce encanto de la hipocresía. ¡Ah, que nostalgia sentirán nuestras adineradas élites! Ahora que todos los reinos posibles se han desvanecido, no nos queda sino reconstruir una vez más el universo tierra adentro. Quizá lejos de los mares embravecidos, podamos encontrar la manera de fabricarnos una tranquilidad aceptable. Y es que la serenidad solo es el canto de un búho, un viento tibio que atraviesa una tarde de lluvia, en la hora exacta que precede a la oscuridad cuando escuchamos el aire de un violonchelo, la Fugata de Piazzolla que se abre paso hasta el cerebro como el vuelo de un moscardón herido.

Llegado a la edad precaria del vuelo, la existencia se reduce a la imagen de un insecto detenido en la hoja de un árbol, inmediatamente antes de desaparecer en el pico de un pájaro. Pero no hay amargura en la certeza de la fugacidad de los seres y los automóviles, en haber llegado a este lejano destino con algunas heridas. No hay tristeza, furor ni desasosiego en el silencio de esta habitación en la que de pronto, en la más absoluta oscuridad, uno abre los ojos. Y en esa ausencia de luz cree encontrar todas las respuestas. O ninguna. Porque quizá no haya respuestas ni explicaciones ni epifanías que resuelvan nuestra incertidumbre. Quizá no haya más que un espejo en la penumbra, esa imagen manida del fin de los tiempos que requiere al menos de un resplandor leve. Y no creo que haya sufrimiento en el peregrino encuentro con uno mismo, sino la aceptación inevitable de la áspera, hermosa e incontestable realidad. A las puertas del abismo, nos espera el fuego del infierno, el ridículo paraíso de las buenas conciencias o el vacío de la nada; quizá un universo paralelo o la metempsicosis. No lo sé. Quizá el destino advertido por el oráculo estuvo siempre oculto entre el ruido de las cosas, la habladera de la gente y la solemnidad de los dioses, de todos los dioses, los divinos, los humanos y los robóticos. Lo único cierto, el más grande placer y el más exquisito aroma, es el sabor esférico del instante en que uno abre los ojos y sabe que está vivo.

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