Sábado 21 DE Septiembre DE 2019
El Acordeón

Enfermos ¿De qué…? (II)

Sin remedio, seguimos en la encrucijada, preguntando ¿dónde me encuentro…? ¿a dónde he llegado…? ¿qué sigue por este camino…? ¿por qué los nubarrones en el horizonte…?

Fecha de publicación: 18-08-19
Por: Rogelio Salazar de León

En el año 429 a. de C. ha muerto Pericles, en el 404 ha concluido la Guerra del Peloponeso y en el 399 Sócrates ha sido condenado a muerte por la ciudad de Atenas; si se suman esos acontecimientos puede entenderse que los días de mayor esplendor para la Grecia Antigua han quedado atrás, lo cual tiene sentido, más que todo en la vida de la polis, en lo político; los momentos en que la democracia funcionó y cumplió sus fines ya han pasado.

Con el final del siglo V a. de C. ha comenzado la ruta de podredumbre de la democracia.

Tres años después del fin de la Guerra del Peloponeso y dos años antes de la ejecución de Sócrates, justo el último año del siglo V a. de C. en el 401, Sófocles da continuidad a la trama del ciclo heroico que más lo apasionaba: la saga de la Casa de Tebas; así es como Sófocles estrena Edipo en Colono, después de haber escrito Edipo Rey; lo importante aquí es que, al hacerlo, fija algunos términos que se mantienen vigentes desde entonces.

Al escribir y presentar la interpretación de Edipo en Colono, Sófocles precisa unas reglas de juego que siguen siendo las reglas del juego que todos jugamos, toda vez que a estas alturas del partido a nadie le extraña encontrarse en una encrucijada, en eso que podríamos llamar: un cruce de caminos.

Solo por tratar de buscar la coherencia y de llevar un orden puede resultar saludable establecer una cuestión ¿es ante una encrucijada o un cruce de caminos, donde nos coloca la democracia y sus pobres resultados…? ¿no es, acaso este un cruce de caminos ante el cual hemos estado colocados por siglos…?

Pero sigamos con el texto de Sófocles, con la saga o el destino de la Casa de Tebas; en la nueva obra; en Edipo en Colono, aquella tremebunda historia del personaje que mata a su padre (lo cual sucede en otro cruce de caminos) y que yace con su madre (lo cual sucede después de resolver un enigma) ya es pasado, todo eso ya se conoce y ya ha quedado atrás; en Edipo en Colono el personaje, Edipo, ya se ha reventado los ojos, ya es un ciego errante, una sombra que marcha por la vida y por los caminos de Grecia con el peso sobre sus hombros de un pasado trágico, con el peso sobre su espalda de un pasado que quisiera borrar, pero que, aún sacándose los ojos de sus cuencas no es posible borrar.

Mientras Edipo ciego y guiado por una hija que le sirve de lazarillo camina errante, encuentra e interroga a un habitante del lugar por donde camina, para preguntarle cómo se llama el punto al que ha llegado, este hombre le responde diciéndole que está cerca de un pueblo que se llama Colono, que se acercan a Colono, se entiende que esto se encontraba próximo a Atenas; pero este hombre agrega algo más, menciona, además, la cercanía de un lugar misterioso, como si se tratara de un espacio que, en alguna medida y de alguna forma, fuera un tabú; se trata, agrega, de un espacio en donde no se permite ninguna mirada (aderktos) ni se permite ninguna voz (aphonos) ni se permite ninguna palabra (alogos).

Esas son las indicaciones del corifeo con quien se cruza y entabla un diálogo Edipo; esas son las palabras del corifeo que, con respeto y casi con espanto, anuncia un bosque, el bosque sagrado de la tragedia; el lugar que podemos entender, porque Sófocles no lo dice de una forma clara ni expresa ni didáctica, anda buscando Edipo, porque en las profundidades de esa zona boscosa él va desaparecer.

Esas palabras del personaje del camino a Colono son uno de los acercamientos poéticos más impresionantes a lo desconocido (al inconsciente dirían los psicoanalistas), para quienes tanto, pero tanto, ha significado la historia de Edipo.

Según Freud y sus discípulos la experiencia del diván, la experiencia del análisis es un cruce de caminos (ellos, a lo mejor dirían una transferencia), un cruce de caminos como el de Edipo y el corifeo, en donde la proximidad de zonas descocidas es patente, peligrosa, ignorada y sabida de alguna manera, quizá como quien dice presentida, presumida, intuida, y también temida porque se la entiende como una región de ajuste de cuentas.

¿Por qué se ha dicho que el encuentro entre Edipo y el corifeo, presentado por Sófocles, en este cruce de caminos en la cercanía de Colono, sigue fijando las reglas del juego que todos jugamos aún…? Esto es así porque, aunque nos cueste aceptarlo, seguimos estando condicionados más por lo que ignoramos que por lo que sabemos o decimos saber.

Sin remedio, seguimos en la encrucijada, preguntando ¿dónde me encuentro…? ¿a dónde he llegado…? ¿qué sigue por este camino…? ¿por qué los nubarrones en el horizonte…? Siempre somos como Edipo, el extranjero, llegado a tierras oscuras y desconocidas.

Al finalizar el siglo V a. de C., al momento de escenificarse Edipo en Colono, Platón no ha llegado a los treinta años, Atenas está a punto de ejecutar a Sócrates, la democracia ya está podrida y en manos de la manipulación, de hecho, Atenas ya ha sido derrotada en la Guerra del Peloponeso ¿qué queda por delante…? La ceguera, la locura, un bosque para morir; eso queda para el Edipo errante, y algo parecido para Atenas y la Grecia clásica.

Y me parece que nuestro horizonte, pese a no haber sido nunca nada parecido a la Grecia Antigua, no es muy diferente; ahora ya no se trata más del encuentro de Edipo, en el papel de extranjero, y del corifeo del camino, ahora puede que se trate del eje de coordenadas y del plano cartesiano, pero, francamente, seguimos igual de perdidos.