Miércoles 21 DE Agosto DE 2019
El Acordeón

Cuarenta noches

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 11-08-19
Por: Arturo Monterroso

No me interesa la interpretación de los sueños. Quizá la ciencia pueda explicarnos a qué neuronas pertenecen esos mundos oníricos, en qué parte del cerebro se construyen esas historias, inquietantes como las sombras movidas por el viento, la lluvia, la oscuridad o las tormentas que suceden moléculas adentro. Puede ser que esos parajes de la penumbra, como los que visitó Lovecraft, no sean más que estadios de una actividad eléctrica que afecta nuestra frecuencia cardiaca, la presión arterial y la forma en que respiramos; no más que la agitación de electrones y protones en un caldo de hidrógeno, oxígeno y carbono dentro de las máquinas que encierra la piel. O nuestra memoria emocional que sacude los circuitos cerebrales. Sin embargo, cuando deambulo por las habitaciones translúcidas de los sueños, tengo la sensación de que ese otro universo pertenece a una realidad paralela y no a un mero producto de nuestros mecanismos fisiológicos; una percepción que subyace aun durante la vigilia y a pesar de las vulgaridades de la cotidianidad. Y esto me pasa quizá porque es posible que tiempo y espacio habiten un mismo lugar y un mismo instante simultáneos, como dicen los budistas y la física cuántica. Y ese regusto empírico de deambular por esos mundos paralelos es el que encontré en Cuarenta noches, el libro de los sueños de Vania Vargas. 

Vania es la mujer que sueña. La escritora que cuando despierta… recuerda, recompone, reinventa. Y reconstruye, con las herramientas de la literatura, la materia terrestre de qué están hechos esos breves relatos oníricos. Infiero que así escribió sus cuarenta sueños, pero puedo estar completamente equivocado. Al igual que la mujer de uno de sus hermosos poemas (publicado en Señas particulares y cicatrices) que, al filo de la duermevela, ve cómo la cortina de su ventana se convierte en agua agitada y, a punto de cerrar los ojos, mete el pie en sus pliegues acuáticos, Vania se sumerge también, poco a poco, en la oscuridad profunda de esa noche sin fondo que son los sueños. Y allí, en ese territorio lúcido y brumoso, transita entre la paradoja, la ironía y la ambigüedad de lo cierto y lo inventado, pero, como ya sabemos, nunca navegamos con total libertad en los mares de tierra firme. Y muchas veces no sabemos si estamos despiertos o aún dormimos (o si hemos despertado en otro sueño), como la mujer que ve al pájaro negro al borde de la ventana en El sueño de la aurora. Los pájaros, una metáfora del vuelo, aparecen también en uno de los mejores cuentos –dulce, terrible y paradójico–, que es el primero del libro: El sueño del animal herido. 

Todo en este libro parece intrascendente, excepto por la singularidad, excepto por la presencia constante del agua, excepto por los espejos, como en la historia de la mujer que se mira a sí misma, dormida en la cama revuelta, en El sueño de la espera. O la que reconoce a otra mujer en el semáforo, que es ella misma, en El sueño de los sueños, pero sobre todo en el relato de esa habitación donde hay un espejo convertido en ventana, inquietante como una pintura de Giorgio de Chirico, en El sueño de los seres que nos habitan. Alberto Manguel nos recuerda la imposibilidad de reconstruir un sueño sin faltar a su peculiar verosimilitud, porque es muy difícil reproducir su identidad única y su excepcional vocabulario y textura. No obstante, Vania ha encontrado la manera de transportarnos a ese territorio inconstante de los sueños, cuya mejor muestra es Despertar, el relato que aparece en la última página; un ejercicio poético cargado de imágenes rutinarias que nos conduce al borde del vacío, pero también al encuentro con uno mismo, para abrazarse con los ojos cerrados.