Domingo 15 DE Diciembre DE 2019
El Acordeón

Somos el sexo fuerte

La Telenovela

Fecha de publicación: 04-08-19
Por: Ana María Rodas

La BBC presenta las fotos de cinco mujeres a las que llama “5 mujeres que están rompiendo “los techos de cristal en el mundo de la ciencia” y río mentalmente. Los hombres no se han dado cuenta, durante los milenios desde que bajamos de los árboles, allá en África, que las mujeres somos, sin duda alguna, el sexo fuerte.

Hay un escritor español, Enrique Jardiel Poncela,  –dramaturgo al que por cierto continúo recomendando para abandonar la abulia, el estrés y la depresión– quien en el siglo pasado, reconoció de forma ingeniosa, en  el título de una de sus obras, que las mujeres somos más fuertes que los hombres: “El sexo débil ha hecho gimnasia”.

Hay 23 pares de cromosomas en el cuerpo humano. Esto incluye 22 pares de cromosomas –el autosoma o somático, que es común a hombres y mujeres– y de un cromosoma que difiere según el género de una persona.  (Son los cromosomas del sexo, los X y los Y).

El cromosoma X, tiene 153 millones de pares bajos, los bloques huecos del DNA. En mujeres, el cromosoma X representa el casi 5 por ciento del DNA total. Y en los hombres, que tienen solamente un cromosoma X, este solitario representa cerca de 2.5 por ciento del DNA total. 

Es decir, el cromosoma X, ese del que tenemos un par las mujeres ocupa suficiente espacio en el DNA femenino. Mientras que el cromosoma X masculino ocupa solo la mitad.

No me voy a poner a darles una clase de genética, que no es mi especialidad, pero sí voy a meditar en voz alta: 

Cuando los seres humanos abandonamos a nuestros abuelos y tatarabuelos en las ramas de los árboles y nos pusimos de pie en aquel calor africano, botamos pelo del cuerpo, sin duda para sentirnos más frescos, pero convertimos en rizos apretados el pelo de la cabeza para protegernos del sol inclemente. Es que estábamos de pie en la sabana…

A falta de pelo en el cuerpo generamos color en la piel. También para protegernos del sol. (Muchos de mis lectores se van a la playa, se untan aceites y cremas para verse bronceados. Supongo que es un deseo innato de volver al color original.) Si no, vean a los habitantes del Norte: rubios de ojos azules, que constituyen una inmensa mayoría de los cuerpos tendidos achicharrándose por un deseo ancestral, en las playas del Sur en verano.

Regresemos de la playa.

¿Por qué somos las mujeres las encargadas de llevar a los niños nueve meses en el vientre? ¿Será porque estamos más capacitadas para aguantar el peso adicional y las molestias de un vientre prominente aún durante las más duras labores?

No me refiero a lavar ropa o cocinar.

Hablo de salir en busca de alimento para el grupo, con lanzas y cuchillos en mano. Porque no crean que las mujeres de aquellos cientos de miles de años atrás se quedaban viendo Netflix en la cueva.

Se lanzaban sobre las presas con un niño a la espalda y otro en la panza, y al igual que los hombres, se sentaban a comer la carne cruda que habían conquistado a cuchilladas, y a beber la sangre que salía de aquellos cuerpos calientes.

Los hijos no sabían quiénes eran sus padres. Nueve meses son demasiado tiempo entre un apareamiento y un parto cuando se vive en la manada.

Pero tenían la certeza de quiénes eran sus madres. Los habían parido. El matriarcado ¿eh?

La maldición de las mujeres fue el aparecimiento de la agricultura. Entre correr tras seres descomunales que podían darse vuelta y dar un coletazo mortal a todo el grupo, los hombres prefirieron abrir agujeritos en el suelo, poner a todo el mundo a acarrear agua, y para asegurarse de que aquellos que iban a heredar la tierra eran suyos, inventaron el dicho “la mujer casada, la pata quebrada y en casa”.

Para divertirse, inventaron las casas de prostitución. Todavía hace dos mil años los romanos se acostaban en los triclinios y esperaban a que les llevaran el vino y la comida mientras manoseaban a las hembras que tenían cercanas.

Y cuando las mujeres descubrieron las propiedades curativas o venenosas de las plantas las acusaron de brujería, y las quemaron vivas.

Ahora, miles y miles de años más tarde de aquellas cacerías en grupo, se espantan de que las mujeres tengamos cerebro y lo usemos. Tal vez para alcanzar nuestras capacidades innatas apareció el siglo pasado un tal Charles Atlas.

Pero los músculos no generan inteligencia. De lo contrario, los científicos saldrían de los equipos de fútbol. Digo yo.