Domingo 15 DE Diciembre DE 2019
El Acordeón

Enfermos ¿de qué…? (I)

Todo ser humano, de una forma u otra, tiene que cumplir frente a sí mismo, frente a otro(s) o simplemente frente a algo, para lo cual debe dejar de lado o reprimir poco o mucho de aquello que le agrada.

Fecha de publicación: 04-08-19
Por: Rogelio Salazar de León

En definitiva, todos entendemos que las motivaciones más fuertes de la sociedad humana son las económicas: hay que trabajar para satisfacer las necesidades.

Lo cierto es que cuando oímos algo como esto nos vemos remitidos, de forma inmediata, a los motivos y alegatos de Marx, el filósofo del trabajo, pero la verdad es que él es solo uno más en argüir estas razones; y lo más seguro es que nos sorprendería saber que otro en decir, más o menos, lo mismo es Sigmund Freud; otro judío de lengua alemana, posterior a Marx y radicado en la ciudad de Viena.

Según Freud, lo que ha gravitado con más peso sobre la historia humana es la necesidad de trabajar (quizá ni Marx fue tan claro al respecto); ahora bien, de acuerdo con el psiquiatra de Viena, esta dura e irremediable necesidad se traduce en que nos hemos visto forzados a reprimir algunas de nuestras tendencias al placer, a lo que nos agrada, a lo que más nos gusta; si no tuviéramos que trabajar, a lo mejor nos pasaríamos todo el tiempo dedicados a lo que más nos gusta, dedicados a no hacer nada, entregados al puro gusto, al puro placer.

Pero, todo ser humano, de una forma u otra, tiene que cumplir frente a sí mismo, frente a otro(s) o simplemente frente a algo, para lo cual debe dejar de lado o reprimir poco o mucho de aquello que le agrada; la forma como Freud expresa y argumenta esto es: “debe suprimirse el principio del placer a través del principio de realidad”; ya solo esta expresión parece querer borrarle o restarle realidad al placer, actuar como si el placer fuese lo opuesto a la realidad, como si el placer no fuese real (lo real, dirá alguien luego, después de Freud).

En todo caso, esta represión puede, eventualmente, llegar a ser tan pesada y violenta, tan aplastante y excesiva como para provocar enfermedades; sin duda estamos programados para cargar con obligaciones y soportar la represión, si al final es prometida una recompensa; sobrellevamos el peso, en la medida en que vemos una luz al final del túnel, en tanto esperamos una ventaja; pero si se nos exige en exceso, si se nos …pide y pide y pide… sin cesar una y otra vez, sin recompensa a la vista, es probable que, cuando menos, nos enfermemos.

Esa clase de enfermedad es a la que Sigmund Freud llama “neurosis” y, puesto que todo ser humano por una razón u otra reprime y/o es reprimido ¿…quién se libra de la neurosis…? De modo que, entendidas así las cosas, la neurosis es la enfermedad del hombre, tan irrenunciable como el propio hecho de ser humano.

Los alcances de todo esto son incalculables, porque la neurosis guarda una relación muy cercana con todo aquello que, como género humano, tenemos de creativos y de infelices; toda vez que la forma que tenemos de lidiar con los deseos rotos es sublimarlos, es decir orientar nuestros deseos insatisfechos a fines de más alto valor, así, nuestras frustraciones pueden encontrar una satisfacción en la construcción de altares o cúpulas, en la solución de enigmas o ecuaciones, en el diseño de ciudades o plantas industriales, o bien, para ser más concretos y actuales: en ir a partirnos la espalda al Norte, al otro lado del río Bravo.

Por eso, según Freud, a esta sublimación se debe el surgimiento y el desarrollo de la civilización y la cultura.

El hombre, al desviar sus instintos a fines más “nobles, altos, altruistas” crea la historia cultural, a lo mejor por eso nunca terminamos de estar plenos ni satisfechos ni del todo cómodos en la cultura.

Si Marx, al respecto de la necesidad de trabajar, consideró las relaciones sociales y las formas políticas; Freud, en cuanto al trabajo, subrayó las consecuencias en la vida psíquica; ambos, desde luego, bajo la agenda de la emancipación.

En suma, la versión de las cosas que Freud tiene no es la más optimista: somos seres dominados por el afán de placer y dominados también por el odio a todo cuanto sea capaz de frustrarlo, mientras la meta de la vida es la muerte, aquel estado inanimado en donde el ego ya no desea nada ni cumple ante nadie, en donde el ego ya no puede ser lastimado ni herido; sin embargo ese descanso es lo más temido.

El anhelo por el placer, la fuerza erótica, la energía sexual constituyen la historia, pero todo se halla atrapado en la ruta hacia la muerte, mientras se cumple con el deber. 

¡Vaya, miseria de vida!

Cómo no va ser el ego, el yo, el hombre una pobre unidad, un precario núcleo agitado y zarandeado en medio de un mundo que le retiene y le entrega con cuentagotas el placer que añora, mientras le impone un deber que detesta; cómo no va entender Freud que la cultura es neurótica y que en su seno se reproduce el malestar.

En fin, cómo no va ver Freud con indulgencia la crítica a la civilización y a algunas de sus instituciones; él ve claro que la sociedad reproduce las represiones, que la sociedad, quizá conforme más desarrollada, al mismo tiempo, es más tiránicamente represiva; por eso mismo, si una sociedad no ha logrado desarrollarse más allá del punto en el cual la satisfacción de un grupo de sus miembros depende de la represión u opresión o supresión de otro(s), si la marcha de unos es proporcional a la contención de otros, es perfectamente comprensible y legítimo que los reprimidos, oprimidos, suprimidos, como poco y cuando menos, abriguen una ilusión, un sueño o una quimera (toda vez que, hoy por hoy, en Guatemala conviene omitir la palabra esperanza) en el cambio del estado de cosas.

Tal vez, como el propio Freud lo sugiere, una civilización o cultura o sociedad que deja insatisfechos a un gran número de sus miembros ni merece ni tiene la perspectiva de una larga vida.