Domingo 15 DE Diciembre DE 2019
El Acordeón

El olvido infinito

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 28-07-19
Por: Arturo Monterroso

El peso de la culpa. La imposibilidad de rebelarse. La cobardía oculta detrás de la prudencia. El amor convertido en prisión, aplastamiento y ahogo. La indefensión ante la fuerza arrolladora de la violencia y la muerte; el hado, ese encadenamiento fatal de los sucesos que llegarán inexorablemente, anunciados hasta el cansancio por los signos de una realidad incontestable. Este es el paisaje gris donde sucede Réquiem por Teresa, la mejor novela que ha escrito Dante Liano hasta ahora; una tragedia íntima, pero estridente; una historia contada desde las raíces profundas de la familia, desde los lazos que atan y constriñen en esa tierra contaminada por los males de la apariencia, la hipocresía y el cariño malentendido; una inútil defensa ante los peligros de la vida que debemos enfrentar todos los seres humanos. El lector puede saltarse la página liminar, una explicación innecesaria, y también la primera escena de los músicos que esperan a un hipotético Elvis Presley; la novela comienza con el llanto de Teresa, como si fuera el preludio de la Sinfonía número 1 de Sunleif Rasmussen. La novela comienza con la chillazón de Teresa, una niña de cinco años en ese tiempo, que va caminando al lado de su padre, con su cabello de espuma castaña y sus lágrimas inexplicables, mientras cumplen con el ritual de un paseo repetido muchas veces.

Réquiem por Teresa está escrita con rabia, con una urgencia difícil de disimular y con una cólera guardada durante demasiado tiempo. Pero también con la maestría que dan el oficio, los largos años dedicados a la escritura, las muchas páginas leídas, la experiencia de haber vivido. Es una historia fermentada en el desasosiego y la duda, pero construida con la habilidad de un escritor que ha madurado en su trabajo. Intensa y apasionada, arrastrada por la devastación de la culpa, la novela nos lleva en un contrapunto entre la tragedia de Teresa y el bar donde sus hermanos beben cerveza un año después de su muerte. Chillón, como su hermana, el protagonista le va repitiendo la historia contada mil veces a quien ya la sabe, pero el alcohol, la presencia cuasifantasmagórica del imitador de Elvis y el estruendo de la música le permiten seguir hablando como si fuera una conversación consigo mismo, un monólogo interminable, una letanía como las de su madre, un lamento mezclado con exabruptos soeces para parecer muy macho. Porque ese es el punto de vista desde el que está escrita la novela: una perspectiva masculina. Las voces de las mujeres apenas se escuchan. 

Ignoro (o quiero ignorar) cuánta realidad y cuánta ficción hay en este relato escrito con una honestidad apabullante. En todo caso, para los fines de la literatura no importa. Estamos ante una buena novela. Y es una buena novela porque está bien escrita, pero sobre todo porque toca nuestras más íntimas sensibilidades, esos hilos delgados de los que penden nuestras relaciones fraternales; esos hilos invisibles que nos atan al amor y al sexo. Y porque nos involucra de tal manera que nos obliga a escupir nuestras propias culpas, todo eso que guardamos en la penumbra del silencio. El título es acertado, porque proviene de la esperanza de que ahora Teresa descanse en paz, cosa casi imposible de alcanzar para quienes se quedan en esta vida, golpeados por el martillo de la culpa. Requiem aeternam dona eis, Domine; es decir, “dales, Señor, el descanso eterno”. Sí, pero a los muertos. A los vivos nos seguirá comiendo la angustia por las noches, como dice el narrador incansable. No nos sirve el introito de la misa de réquiem. Y no brillará para nosotros la luz perpetua. Quizá la palabra muerte no signifique nada, si uno no consigue el olvido sin tiempo —dice el narrador—, quizá lo importante sea el olvido, el olvido infinito. 

>arturo.monterroso@gmail.com