Domingo 15 DE Diciembre DE 2019
El Acordeón

Ossaye, la vida efímera de un artista genial

Roberto Ossaye, artista plástico de la generación de 1940, fue uno de los nombres que contribuyó a la renovación de las artes visuales del siglo XX. A 65 años de su muerte, recordamos su vida y obra.

Fecha de publicación: 14-07-19
Cristo, cortesía familia Ossaye.
Por: Ana Lucía González

Sensual y exuberante, posteriormente geométrico y abstracto. Con estas características podrían sintetizarse las dos grandes etapas que definieron la pintura del artista guatemalteco Roberto Ossaye, quien el pasado 8 de junio cumplió 65 años de fallecido.

Considerado un maestro del pincel, poseedor de una personalidad audaz y apasionada, pero también un atormentado, Ossaye fue un virtuoso de la plástica que perteneció a la generación de 1940 y a quien la muerte le llegó a los 27 años.

Su obra, hoy bastante dispersa, ha caído en el olvido. Ello a pesar de que en su momento el maestro Carlos Mérida lo catalogara como un artista genial, junto con su contemporáneo Carlos Valenti. Este es un recorrido por la vida y legado de un talento de la plástica guatemalteca. 

Dragon Fruit Ossaye (1953) MoMA NewYork.

El arte en tiempos de la dictadura

Roberto Ossaye Gallardo nació en la ciudad de Guatemala el 11 de enero de 1927. Fue el hijo único de Arturo Ossaye, de ascendencia franco-canadiense y de Cristina Gallardo. Desde pequeño mostró dotes naturales para el dibujo, por lo que a los 14 años, ingresó a la Academia Nacional de Bellas Artes, siendo su director Rafael Yela Günther. En ese entonces se contaba con una enseñanza que se ceñía estrictamente a las normas tradicionales: dibujo lineal, perspectiva, copia de modelos de yeso, clases de paisaje al aire libre, dibujo y pintura de modelo en vivo, bodegones y también algo de historia del arte y anatomía artística, relata el maestro Roberto González Goyri en un texto dedicado a su colega y entrañable amigo, en ocasión de su ingreso a la Academia de Geografía e Historia en 1992.

Sin duda, las enseñanzas de la academia, a inicios de la década de 1940, eran un reflejo de la Guatemala de aquellos días. Recuerda su colega que este era un ambiente provinciano y escaso en actividades culturales. Lo usual era la puesta en escena, año con año, de Don Juan Tenorio de don Alberto Martínez, una que otra exposición de pintura en el salón de la Escuela de Bellas Artes y los conciertos en la Concha Acústica del Parque Concordia los sábados por la noche.

La académica Lucrecia Méndez de Penedo, en un estudio sobre el maestro Ossaye, traslada este escenario al ambiente de la plástica, donde en el magisterio de los virtuosos del realismo regionalista dominaban los nombres de Alfredo Gálvez Suárez, Humberto Garavito, Jaime Arimany, Carmen de Pettersen. “Intentos más agresivos e innovadores se filtraban en la obra de algunos artistas como Antonio Tejeda u Ovidio Rodas Corzo. El paisajismo y la retratística tradicionalista predominaban, ya que permitían a los pintores expresarse sin entrar en conflicto con la intolerancia del régimen dictatorial del general Jorge Ubico”, describe la autora.

El consejo de las tías (1948) Museo Nacional de Arte Moderno.

Es así como las artes plásticas fueron un reflejo del ambiente político y social de la época. Paisajes locales, copias de estampas, personajes indígenas luciendo sus trajes, ramos de flores, bodegones. “En fin, un arte dulzón, conformista, apacible, de tipo postal para turistas; lejos, muy lejos de la renovación y vanguardia que se estaba operando en otros países”, describe González Goyri.

Mientras, en el Viejo Continente cobraban fuerza movimientos innovadores como el futurismo, cubismo, expresionismo o surrealismo. En México, el muralismo y sus tres grandes exponentes abrían brecha con expresiones que despertaban hacia la conciencia social, y la Segunda Guerra Mundial se encontraba en toda su magnitud. 

New York, el parteaguas

Se sabe que Roberto Ossaye tenía un talento y pasión innatos. “Su habilidad y disposición eran un don natural, su perseverancia y su entusiasmo traducido en inquietud progresiva le hicieron sobresalir muy pronto dentro del grupo de sus compañeros”, relata González Goyri. Fue así como en 1945, a los 18 años, presenta su primera exposición personal.

Esta etapa, entre 1945 a 1948, la define como un periodo en donde el contexto político-cultural de aquel entonces fue muy importante dentro de su formación como artista. Abordaba temas sociales que iban en concordancia con las aspiraciones de su pueblo. “Fue su fase romántica”.

Sin embargo, esa facilidad para la pintura se convirtió al mismo tiempo en un obstáculo para profundizar en “los problemas serios de la pintura”, describe su colega en el citado estudio. En síntesis: encontrar el camino de la autenticidad. De esa cuenta, recuerda que en tanto algunos admiradores lo llenaban de alabanzas, también hubo voces honradas que le demandaban una rectificación en su estilo.

Ossaye entró en crisis. El gozo natural que tenía por la pintura se fue transformando en tormento y confusión. Fue entonces, en 1948, cuando sale del país con una beca del Gobierno de Guatemala para realizar estudios de arte en Nueva York, en compañía de González Goyri.

Ambos se inscribieron en el Art Student’s League, pero Ossaye apenas asistió a clases durante un mes. El conflicto interior se agudizó con el frío ambiente de la Gran Manzana. En medio de ese debatir interior, decide irse al Museo Metropolitano a realizar retratos, al estilo de los antiguos clásicos. “Hizo cinco copias magníficamente realizadas. No fue fácil, pero salió triunfante del reto… es posible que allí haya aprendido, aparte de los problemas puramente de técnica y oficio, la gran soledad y el misterio que rodea la auténtica obra de arte”. Es posible también, que allí se aclarase lo que antes se le escapaba: que tanta modernidad y actualidad tiene un Matisse como un Greco, relata.

Poco a poco, cada vez más seguro de sus conceptos, la pintura de Ossaye comenzó a dar un viraje cada vez más audaz. Se sabe que de esa etapa hay varios cuadros que no se conocen, pero dan cuenta de esta evolución.

De acuerdo con González Goyri, la obra de Ossaye puede dividirse en dos grandes periodos perfectamente definidos. El primero, lo realizado en Guatemala antes de su partida a Nueva York. Pintura con un acento sensual, objetiva, con cierto carácter heroico, a veces con exuberancia barroca, donde se combinan formas amplias y macizas… En una segunda etapa, deviene una estilización geométrica, un tanto abstracta, aunque sin romper del todo con elementos reconocibles de la realidad.

Picasso y Rufino Tamayo se convierten en dos de sus principales fuentes de inspiración, como también la obra de Rico Lebrum, Joaquín Torres García y más lejano, el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros.

Para Méndez de Penedo, su obra oscila entre la angustia y el júbilo, el dolor y la esperanza, expresados con genuina pasión. Considera que resulta muy difícil juzgar a un pintor tan acabado y, al mismo tiempo, desaparecido tan tempranamente, en el momento preciso en que afianzaba su propio registro. “No queda más que imaginar o especular lo que este gran joven pintor podría haber seguido aportando a la historia de la plástica guatemalteca, como bien lo expresa Alaíde Foppa. Nos queda el gusto amargo de buscar en el arte de Roberto Ossaye los frutos maduros y seguir con la imaginación el oscuro camino de la obra interrumpida”, refiere la académica.

¿Qué si alcanzó su cenit como artista? Es difícil saberlo. Según su colega y amigo, lo realizado especialmente en su segundo periodo, con todo y su excelente factura, apenas fue el amanecer de una trayectoria cuya madurez no alcanzó el alto grado que le estaba reservado: “La muerte fue como un accidente en su vida, cuando comenzaba su ascenso como un pájaro radiante”. 

Trascendencia 

Roberto Ossaye regresó a Guatemala en 1952, casado con la dominicana Georgina Tejera con quien tuvo una hija, María del Carmen. Se dedicó a la docencia en la Escuela de Artes Plásticas, participó en varias exposiciones colectivas y obtuvo varios premios por sus creaciones.

El poeta y ensayista Huberto Alvarado, fundador del grupo Saker-Ti, le dedicó un texto donde exalta sus dotes humanas y artísticas. Destaca en especial la última etapa de su vida, cuando se involucró con varios jóvenes para fundar la “Casa de la Cultura Guatemalteca”, pero poco después comienza su grave enfermedad, la cual enfrenta con una valentía ejemplar. Alvarado enlaza su temprana muerte con la trágica partida de varios colegas de esa generación como Miguel Alzamora Méndez, en 1952; Orlando Vitola en 1954; Arturo Martínez en 1957; y Adalberto de León Soto, quien se suicida en París en 1957.

La consagración de Roberto Ossaye llegó cuando el Museo de Arte Moderno de Nueva York adquirió para su colección permanente la obra: Dragon Fruit o Pitahayas. Desafortunadamente, la carta de aceptación del museo llegó pocas horas después de su fallecimiento. Murió víctima de cáncer el 8 de junio de 1954 a los 27 años.

En noviembre pasado, el artista y director del Museo de Arte Moderno, Rudy Cotton montó una exposición con obra de Carlos Mérida y Roberto Ossaye a la que tituló Diálogo entre dos destinos. Hoy día, este es el principal referente para conocer el legado de Ossaye en Guatemala.