Domingo 20 DE Octubre DE 2019
El Acordeón

Tiempo de la palabra

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 30-06-19
Por: Arturo Monterroso

Somos un pueblo de voces mesuradas y silencios; una gente de pocas palabras que un día se monta al galope sobre el griterío, el reclamo y la protesta y, cuando esperamos el desenlace fatal de una acción contundente, se calla, recoge sus tanates y se va a su casa… le echa llave a la puerta y murmura, mientras mastica sus disgustos y cierra los ojos para apagar la luz de la afrenta que lo hiere. Somos un pueblo de susurros y lamentaciones, en ocasiones vociferantes, pero la mayoría de las veces una gente que cierra la boca. Por el miedo, por la condescendencia, por la comodidad, por la apatía, por la vana esperanza en que alguna divinidad nos hará justicia. Y callamos, como si el tecolote mudo, zonzo y triste de El tiempo principia en Xibalbá hubiera dejado caer un silencio espeso sobre nuestra aldea, la misma que se sacó de la manga el prestidigitador Luis de Lión, el poeta de San Juan del Obispo. Y volvemos al tiempo de la nada, en el que los relojes caminan lentamente, “con una pereza de años, de óxido, de muerte”. Y como el tiempo de verdad principia en Xibalbá, en el inframundo, necesitamos de la palabra para liberarnos de nuestras ataduras que, como la marimba de ese pueblo olvidado de Luis de Lión, son alegremente tristes y de una “putez” que parece honrada. 

He tomado en préstamo algunas de las hermosas palabras de la novela de Luis de Lión porque vuelan como insectos en busca de la luz. Y porque son animales de monte que le sirven al escritor para construir un relato poético e irreverente, que discurre entre el más allá y la ardua tierra de la realidad de un país quimérico y brutal, que también es el nuestro. Pero, además, porque me permite recuperar el gusto por la palabra, esa materia cultivada en los huertos de la imaginación, que nuevamente celebramos en la decimosexta edición de la Feria Internacional del Libro en Guatemala, del 11 al 21 de julio, en el Fórum Majadas de la zona 11. La Filgua promueve la escritura, la producción y la difusión del libro, así como la lectura, una herramienta indispensable para romper el anquilosamiento de la mente y alejar la estulticia. Además, ofrece un espacio para intercambiar ideas y expresiones artísticas de la región mesoamericana. Y este tiempo de celebración de la palabra es una buena oportunidad para alejarnos de la política y de los muchos laberintos que conducen al poder. 

Este año, el Año Internacional de las Lenguas Indígenas, la Filgua recibirá como invitado de honor al Estado de Chiapas; algo muy significativo, no solo por la cercanía geográfica, histórica y cultural que nos une, sino por la especial coyuntura geopolítica en la que los Gobiernos de Estados Unidos y México pretenden cerrar el paso a los emigrantes centroamericanos. Y no puedo evitar recordar a nuestro escritor Carlos Navarrete, quien vive en México desde 1952 y quien, en Los arrieros del agua, una novela que sucede en Chiapas, dice: “No todo lo que cuentan es cierto, pues mucho engaña la vista y otro tanto pone la lengua”. La Feria Internacional de Libro está dedicada este año al poeta de Momostenango Humberto Ak’abal, que falleció el pasado enero, pero que nos dejó un legado de palabras cargadas de la música del K’iché, esas que dicen, como si hubiera vivido estos últimos meses de zozobra y disgusto: “Todo se volvió gris, / como si alguien hubiera venido / a echar humo y ceniza / sobre nuestra casa…”. Humberto y Luis de Lión venían del mundo indígena. Y sus ojos miraban de otra manera, quizá más clara que la forma como miramos los llamados ladinos, que a veces estamos como el Espíritu Santo, que “trataba de salirse de la pintura que lo tenía atado al cuadro” en El tiempo principia en Xibalbá. 

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