Miércoles 17 DE Julio DE 2019
El Acordeón

Política del arte

El genio es la facultad de la representación artística, de la representación de la belleza. Es una facultad irracional que hace visible un elemento de la creación productiva tanto en el creador como en el intérprete: a saber, que no hay otra forma de atrapar el significado de una obra más que a través de la forma única de la obra.

Fecha de publicación: 30-06-19
Por: Oswaldo Salazar

Identidad y diferencia: dos palabras que deciden los destinos de la reflexión metafísica a lo largo de los siglos, pero que también las encontramos en las reflexiones cotidianas de todas las personas. En la literatura, por ejemplo, famosa es ya la frase del Conde Tolstoi donde nos dice que “todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”. Menos conocida, aunque no menos intrigante, es la idea que nos brinda Voltaire en las primeras páginas de su maravilloso El Siglo de Luis XIV cuando nos dice: “Todos los siglos se parecen por la maldad de los hombres…” Y agrega: “… pero solo conozco esas cuatro edades que se han distinguido por los grandes talentos”. Se refiere a la tesis básica de su reflexión histórica según la cual solo cuatro siglos cuentan en la historia del mundo. Siglos felices, según él, que son el de Filipo y Alejandro, en la Grecia Antigua; el de César y Augusto, en la Roma Clásica; el de los Médicis en Florencia; y, por supuesto, el de Luis XIV, rey de Francia.

Obviamente, el filósofo francés (quizá el más francés de los filósofos), que habla desde la perspectiva de las edades de la humanidad, equipara la maldad a la identidad, e inversamente los talentos y la felicidad a la diferencia. La maldad, según él, es algo cuya dinámica es la repetición, la esterilidad de la repetición. No hay nada en la maldad que nos revele qué es particular a los hombres. La guerra de intereses y ficciones del ego entre atenienses y espartanos, por ejemplo, no nos dice en qué fueron ellos distintos a los guatemaltecos que atravesaron el mismo valle de sombras muchos siglos después.

Si la identidad se equipara a la maldad y la maldad a la repetición, entonces puede decirse que la identidad es equiparable a la repetición. La identidad, según Voltaire, es un fenómeno de eliminación del valor de lo individual, una renuncia en la cual el uno y el otro se funden en lo mismo que es, a su vez, un constructo distinto a lo que le dio origen. No puede haber identificación del uno al otro y del otro al uno, porque, invertidos, volverían a ser los mismos otros del uno. La identidad puede ser fenómeno de repetición solo si hay un tercero que no es ni uno ni otro para ninguno, sino espacio imaginario para el deseo.

¿Por qué, entonces, la maldad es repetitiva y, por tanto, un fenómeno de identificación? Quizá Voltaire veía en la pérdida de la especificidad de lo uno el germen y la fuente de la capacidad de destrucción. Quien es capaz de reconocerse en el otro se autoriza y se motiva en su destrucción. A más similitud, decía Lacan, más agresividad. Moralistas y motivadores, por el contrario, se empeñan en decirnos que la violencia tiene un solo obstáculo real: reconocerme en el otro. Cuando esto sucede, entonces se dan las condiciones de la paz porque, obviamente, hay algo que, por naturaleza, me impide hacerme daño. Todo lo contrario, diría Voltaire. Somos capaces de hacernos daño mutuamente precisamente porque nos reconocemos en el otro en un fenómeno de despersonalización llamado identidad. De ahí que la máxima religioso-moral “ama a tu prójimo como a ti mismo” es, según la dialéctica del deseo inconsciente, principio de disociación y patología social, porque si voy a “amar” al otro en la medida del odio propio, las cosas no parecen muy halagüeñas.

Pero, ¿qué es lo que odiamos en ese sí mismo, fruto imaginado de la identidad? No es el yo (de lo) real, es decir el Sujeto, ni el otro (de lo real), es decir el Gran Otro, sino el constructo del deseo, el objeto pequeño “a”, espacio formal de disolución de lo que es distinto, acto, entelequia de renuncia de lo que existe.

El genio, en cambio, sí diferencia a las personas, a las etapas de la humanidad; es principio de individuación, separa, discrimina. El sueño imperial que nació en Macedonia, la razón jurídica romana, el cultivo de las artes en la Florencia renacentista y el poder absoluto de un Luis XIV sí que dejaron algo único, inédito hasta su surgimiento, irrepetible.

Filipo y Alejandro buscaban diferenciarse de la identidad fratricida de atenienses y espartanos, buscaban el restablecimiento de un imperio diseñado para preservar la diferencia y, como antaño, para evitar la conquista persa. El Imperio fundado por Augusto, por su parte, buscaba también evitar la fuerza autodestructiva de las guerras civiles que plagaron los últimos años de la República. Los florentinos buscaron con su creatividad una forma de romper con la unidad metafísica de la Summa Escolástica. Y, finalmente, Luis XIV quería destacarse por encima del principio de unificación europea representado por el Imperio Ausburgo.

Esta forma casi espontánea en que Voltaire habla del fenómeno de individuación anuncia, en alguna medida, la doctrina kantiana del gusto y del genio que encontramos en la Tercera Crítica. Según Kant, para poder apreciar el valor estético individual de algo hay que hacer una diferencia crucial entre el gusto puro y el gusto intelectualizado. El primero recoge el valor particular de la experiencia, mientras el segundo depende directamente de un ideal. Así, los objetos que se experimentan fuera del marco definido por un principio genérico, son distintos entre sí, mientras, obviamente, los que se perciben a través de un ideal son todos iguales. Es por ello que a la primera Kant la llama belleza libre, y a la segunda belleza dependiente.

Ahora bien, ¿por qué vincular el tema de la belleza al de la libertad? Por una razón muy sencilla: la belleza dependiente, precisamente por su dependencia, es normativa; mientras la belleza libre, si no sigue los lineamientos normativos del ideal, es producida por la imaginación. La imaginación, al igual que el ideal, busca una unidad. Sin embargo, la unidad del ideal es preestablecida, siempre va a ser la misma no importa el objeto de su ejemplarismo. Pero la unidad de la imaginación, por partir de la particularidad sensible del objeto, es una unidad inédita, impredecible. Pero en la mente de Kant, como parece ser también en la de Voltaire, la unidad de la imaginación no se opone a la del ideal, sino la contiene. Es una unidad que, siendo irracional, es decir, producto de la arbitrariedad libre de la imaginación, puede también ser racional.

Ese acto de libertad de la imaginación, que es la máxima expresión de la razón, es el genio. El genio es la facultad de la representación artística, de la representación de la belleza. Es una facultad irracional que hace visible un elemento de la creación productiva tanto en el creador como en el intérprete: a saber, que no hay otra forma de atrapar el significado de una obra más que a través de la forma única de la obra y del misterio de su impresión que no puede ponerse en ningún otro lenguaje. El genio hace claro que el arte y, con él, toda obra de la imaginación, es intraducible.

Sabemos que Voltaire apreciaba grandemente la doctrina de la sensibilidad de Hume. Sabemos también que Kant toma de Hume su concepto de intuición. De ahí, entonces, que pueda decirse que Voltaire es el catalizador entre Hume y Kant. Si para Voltaire el genio se convierte en el elemento clave de su teoría de la historia, en Kant esta visión del principio de individuación histórica nos lleva a lo que podríamos llamar una política del arte.