Domingo 20 DE Octubre DE 2019
El Acordeón

Muchas cosas que contar

La Telenovela

Fecha de publicación: 23-06-19
Por: Ana María Rodas

Absolutamente cierto. Los periodistas tenemos muchas cosas que contar. Llenar libros si quisiéramos, con sucesos personales, anécdotas de lo que nos sucedió durante los años que fuimos reporteros, o cronistas, o lo que a ustedes les parezca.

Asuntos que no tienen nada que ver con los personajes en el candelero político, económico, científico, etcétera. Meros asuntos propios, que jamás ocuparon ni ocuparán espacio en medio alguno.

Debo haber estado cerca de los 30 años. Había elecciones en El Salvador y para entonces, el internet era una palabra desconocida. Se usaba cables, teletipos, medios similares. Pero si algo era importante, se enviaba a un corresponsal. En aquella oportunidad, el director del diario donde trabajaba me envió a San Salvador como corresponsal.

Fui, tomé nota de lo que sucedía el día de las elecciones. Afuera de los centros de votación, había listas de las personas a quienes les correspondía depositar su voto allí.

Me llamó la atención el que, estando prohibido que votaran los miembros del Ejército del país vecino, en las listas de varios centros hubiese nombres de hombres con grado militar. Pero lo que era más notorio era que los nombres se repitieran en seis, diez, quince lugares, con todo y rango del milico. Poseían el don de la ubicuidad.

Tomé fotografías de las listas, me paseé un poco por las calles de San Salvador tratando de hablar con las personas que evitaban abrir la boca; y al entrar la tarde, tomé un bus hacia Guatemala. Llegué al diario, les di los carretes de negativos a los fotógrafos y me senté a escribir la nota de lo visto y oído.

Al día siguiente el jefe de redacción escogió el título “Visto con mis propios ojos”. Era la nota mía, donde se ponía de manifiesto que se había cometido un fraude. Porque votaron militares –cosa prohibida– y en varios lugares cada uno, según certificaban las fotos de los listados.

Esa noche, al querer usar mi automóvil me di cuenta de que le habían cortado los cables del agua, del aceite, del líquido de frenos y para más inri, habían ensartado una lima triangular en la batería del vehículo, que tenía en el parabrisas un letrero: “La próxima vez vas a ser vos”.

Preocupada hablé por teléfono con el director del medio quien escuetamente me dijo: “chula, a eso nos exponemos los periodistas” y cortó la comunicación.

Llamé entonces a Meme Colom, con quien tenía una amistad que se había iniciado cuando yo tenía apenas cinco años y, mientras vivió me cuidó como un hermano.

Inmediatamente se presentó en casa, con los guardaespaldas que debía llevar constantemente, dio instrucciones para que me prestaran un automóvil mientras el mío iba al garaje para ser reparado.

Sabía que mi padre me había enseñado, desde casi una niña, a utilizar revólveres y escopetas. Se quitó la 38 corta que llevaba en el cinto, me la dio y le encargó a uno de sus guardaespaldas que me cuidara como si fuera él mismo.

Otzoy –ese era el apellido del guardaespaldas– se divertía caminando un poco atrás de mí cuando hacía mi trabajo, que era reportear varios ministerios en el Palacio Nacional. Con el revólver al cinto de mi jean, cubierto por alguno de los huipiles que me ha gustado usar casi toda la vida.

Aquellos colegas que sabían lo sucedido estaban divertidos. Había uno que no lo estaba tanto y que varias veces, durante el recorrido matutino del Palacio me preguntaba y repreguntaba si de verdad sabía usar aquel revólver. Descreído.

En cuanto a mi jefe, no hizo comentario alguno, aunque el letrero ominoso sobre el vidrio había aparecido en primera plana.

Una noche, Meme llegó a casa con una buena noticia: en El Salvador ya no había interés en mi persona. Le devolví su revólver, me despedí de Otzoy con mucho agradecimiento.  La vida continuó normalmente.

En diciembre, el director del diario pasó un aviso anunciando un incremento de salario del 15 por ciento. Generalizado. Puso cara de gran pena cuando me llamó a su oficina y me dijo que lo sentía mucho, pero que las cosas iban mal y mi puesto había sido anulado por  falta de fondos.

No fue el final del mundo. Esa noche había sesión en la APG, a la que ya no pertenecía mi exdirector. Salí de la sesión con un nuevo empleo.