Miércoles 17 DE Julio DE 2019
El Acordeón

La trampa de las palabras

Fecha de publicación: 16-06-19
Por: Arturo Monterroso

¿Vivimos un momento de confusión, ambigüedad e incertidumbre? No. Hace días que salimos de la oscuridad, aunque vamos a las elecciones en un aire enrarecido por la mentira, el cinismo y el abuso. Otra cosa es que finjamos que no sabemos lo que sabemos para no enfrentar la realidad o que, timoratos y en dulce mansedumbre, aceptemos que el presidente, un buen número de militares y funcionarios, una buena parte de la élite económica y los políticos corruptos hayan retorcido los hechos para que parezcan lo que no son. No, no hay ninguna falta de certeza; todo está claro, como un luminoso día de noviembre, porque sabemos quién es quién y qué intereses mueven la enorme maquinaria del sistema en que vivimos; un sistema que llamamos democracia o república, que rara vez nos ha dado buenos resultados, pero que sigue prometiendo un futuro de bienestar que nunca llega. Y es que hemos caído en la trampa de las palabras que suenan bonito; algo que podemos solucionar con solo visitar el diccionario. Fíjese usted que nuestro sistema no es democrático porque el poder político no lo ejercen los ciudadanos, y no es republicano porque nuestra forma de gobierno no está regida por el interés común, la justicia y la igualdad. Nuestro sistema es una oligarquía con pesados tintes autoritarios, gruesas pinceladas teocráticas y burdos brochazos fascistizantes.  

No niego que vamos a las elecciones con un desasosiego grande, pero eso no quita que tengamos claro qué debemos hacer. Lo primero es poner los pies sobre la tierra. Hay lo que hay, producto de nuestra historia, de nuestra desidia, de nuestras circunstancias o de nuestros temores, pero en este momento es posible que podamos hacer algo para empezar a cambiar nuestra “democracia” disfuncional. Si usted no es de esas gentes que han concertado un matrimonio de la mano izquierda con el poder y no se siente cómodo con el sistema estamental y de privilegios en que vivimos, no ama los uniformes y tampoco bala feliz en el rebaño del conservadurismo cerril, tiene dos opciones; las mismas que tiene si no está fascinado con el populismo barato de los regalitos, los huesos y las promesas asistencialistas: puede optar por un candidato que le ofrezca un cambio paulatino, pero sin salirse del sistema, para ir acabando con la corrupción descarada y la impunidad conseguida a toda costa. Claro que esta opción no deja de alimentarse de cierto candor, aunque es válida. Muchas veces es todo lo que aguanta el pueblo sin entrar en pánico ni aterrorizarse con la idea de que ya nos invadieron los comunistas. La segunda opción es la de confrontar el sistema desde afuera. Suena radical, pero con frecuencia no hay otra manera de producir un verdadero cambio, que abra oportunidades a grandes segmentos de la población, abandonados desde siempre. Y, aunque usted no esté de acuerdo en todo o le haga falta una buena dosis de sentido crítico frente a los regímenes autoritarios, es un mecanismo contundente para romper con la injusticia, la inequidad y la desigualdad. Recuerde que, como dice Jose Rubén Zamora, el fascismo anda envalentonado y sin pudor.

Quizá nosotros nos consideremos “ciudadanos del mundo libre”, al igual que los de muchas sociedades occidentales, y pensemos, como dice Doris Lessing, que somos individuos que tomamos decisiones individuales, a partir de opiniones propias, porque somos libres de hacer lo que deseamos. Pero pensar así, nos deja inermes ante las presiones que ejercen sobre nosotros quienes nos obligan a adaptarnos a determinados modelos. Ser disidente es algo muy difícil. No hay que decir que lo negro es blanco solo por no contradecir a nuestro grupo, insiste Lessing. Piense en eso cuando vaya a votar.