Viernes 15 DE Noviembre DE 2019
El Acordeón

Robinson Crusoe: trescientos años del naufragio

Fecha de publicación: 09-06-19
Por: Leonel González de León

En abril de 1719, Daniel Defoe, entonces más conocido como hombre de negocios que como escritor, publicó La vida y las extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe. La novela fue inspirada por la historia de Alexander Selkirk, el náufrago escocés que pasó cuatro años y cuatro meses en soledad en una isla cercana a Chile. El libro, cuyo título se redujo al epónimo, fue un éxito inmediato: en julio del mismo año se publicó la primera secuela y al siguiente la segunda. Ese año se publicaron cuatro ediciones, y para 1800 ya circulaban más de cuarenta.

Apenas en el primer capítulo, Robinson se reconoce víctima de unos “deseos irresistibles de conocer el mundo” pues “no ansiaba otra cosa que navegar”. Por más que su padre intenta persuadirlo de heredar el negocio familiar, el 1 de septiembre de 1659 se embarca para participar en el contrabando de esclavos africanos, afirmando que cualquier camino que lo llevara lejos de allí era su camino. J. M. Coetzee considera clave este pecado original, no solo en este caso sino en otros héroes y heroínas: “Nadie quiere leer historias de hijos dóciles”.

Denostado por Jonathan Swift y Charles Dickens y alabado por Jean Jacques Rosseau e Immanuel Kant, fue Edgar Allan Poe quien valorizó la obra de Defoe en un ensayo publicado en 1836. En este texto, el cuentista estadounidense lamenta que “ya no existan los días de lecturas de islas desoladas” y admira (acaso con recelo) a Defoe porque los pensamientos de sus lectores nunca se dirigen a él sino a su creación.

Aprovechando la inexistencia de los géneros literarios en su época, Defoe escribió más de doscientos libros: textos de autoayuda, tratados religiosos, biografías y muchísimos panfletos donde criticaba el derroche de las clases privilegiadas, la pérdida de los modales y la distinción entre limosna y caridad. También editó, entre 1704 y 1713, el Review, publicación periódica que llegó a tener el nada despreciable número de 1,500 ejemplares en circulación. Aunque a Defoe se le recuerda por un solo título, es notable, incluso superior para algunos, el Diario del año de la peste (1722), crónica de la epidemia de peste bubónica que asoló a Londres en 1665. El texto evidencia que para narrar un suceso no es indispensable haberlo presenciado –Defoe tenía cuatro años cuando la peste–: basta con un par de fuentes y suficiente imaginación.

James Joyce dijo en 1911 que “todo el espíritu anglosajón está en Robinson Crusoe”. El autor de Ulises no exagera, pues las palabras “invertir”, “mercancía”, “libras”, “comprar”, “vender”, “cuadriplicar el valor”, “negocios” o “riqueza” resuenan en muchos capítulos. Robinson es un homo faber que narra, entre el relato de aventuras y el diario íntimo, el camino recorrido por el hombre durante miles de años para convertirse en sedentario y doméstico. Aquí aparecen los mejores episodios, como la liberación de las taras de la vida en sociedad, la creación de comodidades en su nuevo entorno y la fabricación de herramientas, como los comales que le permiten hornear pan.

Después del naufragio Robinson vuelve al barco y encuentra varios elementos que serán fundamentales para sobrevivir los veintiocho años que le esperan en la isla: una Biblia que lee de pasta a pasta; galletas, que serán su único alimento hasta que logre cazar y domesticar cabras; tinta, para anotar su testimonio, y ron, que resulta siendo un sosiego en la desesperación o acicate en momentos clave. El lector acompaña su transformación espiritual, de ser un superviviente aterrorizado, luego maestro de Viernes, su discípulo, hasta terminar siendo cacique de la isla ante la invasión de los piratas.

Tras volver a Inglaterra, Robinson vuelve a su papel inicial de hombre de negocios. El viaje por tierra desde Londres a París resulta pintoresco, en especial la parte nevada en Pamplona y las aventuras allí. Sin embargo, sus relatos pierden la autenticidad del testimonio en soledad y de las escaramuzas en la isla.

El libro de Defoe ha sido adaptado al cine en innumerables ocasiones. La más antigua es la versión francesa de George Melies (1902). La más apta a todo público es la de Walt Disney (1936) con Mickey Mouse haciendo de Robinson. La de mayor culto es la de Luis Buñuel (1954), su única producción en Hollywood. México tiene la versión de René Cardona (1970) con Hugo Stiglitz en el papel principal, y la adaptación más famosa en nuestra época es El náufrago (2000), dirigida por Robert Zemeciks y protagonizada por Tom Hanks.

Hace poco se cumplieron trescientos años desde la primera publicación de la novela, la primera en lengua inglesa según la universidad de Oxford. Aunque los últimos capítulos no parecen estar a la altura de los primeros, no deja de ser, según Juan Villoro, “un manual de supervivencia, un libro de contabilidad y un vasto proceso de autoconocimiento”.