Domingo 16 DE Junio DE 2019
El Acordeón

¿Qué se puede desear…? (A propósito de las elecciones en Guatemala)

Si el deseo se proyecta sobre un territorio vacío, sobre un territorio que no existe en absoluto pasa lo que pasa: no pasa nada; si la existencia de Guatemala, desde su fundación, es un espejismo ¿qué sucede con sus afanes y deseos…? A lo mejor que son solo un reflejo de esa nada.

Fecha de publicación: 09-06-19
Por: Rogelio Salazar de León

Quien asista al proceso político-democrático-electoral guatemalteco no puede más que sentir un creciente y desmesurado entusiasmo por la opacidad del individuo, sentir la precariedad del orden de las cosas, sentir desprecio por la orden del día; y si la opacidad es lo que la palabra nombra, al mismo tiempo habría que sentir una falta de transparencia real en el sistema.

Y es que si un sistema es aquello que Aristóteles hubiese querido, la cosa está complicada, remota y desdibujada; un sistema según Aristóteles, debía ser algo en lo que cada parte cumpliese una función, su función propia, para que fuese posible hablar de la escenificación del todo, hablar del todo no solo como algo, sino como algo ideal, es decir algo de lo que resulte posible decir que, en efecto, es.

En el mejor de los casos, la situación actual o el estado de cosas en Guatemala podrían ser explicados o identificados sobre la base de una especie de mistificación moderna, que pareciera haber iniciado a jugar su papel a la hora de adoptar, sin la consciencia suficiente, posturas ilustradas y poses inalcanzables.

Francamente, no representábamos nada para la España de Fernando VII y de las Cortes de Cádiz; bien podríamos sentirnos patriotas, nacionalistas, criollos de vocación peninsular, criollos afrancesados de avant garde o criollos clase aparte y separados de los pueblos originarios de estas tierras, que poco importaban estas diferencias.

A la España conquistada por Bonaparte, de inicios del siglo XIX, le dábamos exactamente lo mismo, para esa España era lo mismo si éramos o no parte del desvencijado imperio español de entonces, no teníamos para ellos ninguna importancia; mientras tanto, nosotros nos disolvíamos por entre las razones del discurso ilustrado, sin siquiera sospecharlo.

Y es que, después de todo, el logro u obtención de algo real es una cosa muy diferente a la conquista de una independencia política, de una autodeterminación formal; lo cual, aparte de todo, sea quizá la primera o la única razón para que Guatemala sea un semillero tan fértil, acaso como ningún otro, de descontentos, malestares y desproporciones; por más caminos que haya recorrido Guatemala, solo ha aprendido a estar insatisfecha, eternamente insatisfecha y sin consuelo.

Entendemos, al menos en teoría, que aquello que Guatemala desea, de alguna forma, hoy por hoy lo formulan los políticos corriendo en carrera por llegar, en discursos como las actuales propuestas y, en honor a la verdad, algunas de las cosas que se dicen son reiteraciones o lugares comunes, más que comunes o frases hechas de antemano, a veces sin que ellos mismos lo sepan o se den cuenta de que el lenguaje los gobierna pasándoles por encima y siendo mucho más que un instrumento al que ellos creen controlar y gobernar con sus palabras y sus gestos (alguno, hasta se baja del carro para bailarkiki challenge, le dicen); luego de lo cual hay que decir que tal vez no es que los políticos sean tan tontos o tan perversos (al menos no todos como tendemos a creer).

Finalmente, caer en las trampas del lenguaje es algo que nadie o casi nadie es capaz de evitar.

¿Se puede formular un deseo sin saber, o bien desde la ignorancia de quién se es…? A ver si no vamos entendiendo: si el deseo de Guatemala tuviese un objeto a la vista, sería posible investigar los contextos que alimentan ese anhelo, pero que eso suceda o sea posible no es tan fácil, porque una vez que ha sido fundada Guatemala ha dejado de verse a sí misma para ver, por decir algo: hacia un rostro ilustrado que no es el suyo; de modo que el hecho de que Guatemala carezca de un objetivo más allá de sí misma la convierte en una especie de terreno falso, virtual, imposible, o bien a la inversa, el hecho de que Guatemala sea un territorio virtual le hace imposible profundizar acerca de sí misma o, incluso, de decir qué cosa quiere.

Si el deseo se proyecta sobre un territorio vacío, sobre un territorio que no existe en absoluto pasa lo que pasa: no pasa nada; si la existencia de Guatemala, desde su fundación, es un espejismo ¿qué sucede con sus afanes y deseos…? A lo mejor que son solo un reflejo de esa nada.

¿Qué pasa si me enamoro de una estrella de cine, y actúo como si viviera con ella día a día la más linda historia de amor…? Sencillamente no pasa nada, más que en mi pobre cabeza enferma.

Hablar de cosas como esta implica, de alguna forma, lo que Wittgenstein dice al respecto de la ética: “intentar nombrar cosas como estas supone alzar nuestra cabeza contra los límites del lenguaje”; como quien dice, tratar de nombrar la proyección de algo que no ha existido nunca, intentar que esto adopte una forma tangible, luchar por que se manifieste en la propia realidad es algo que bien puede catalogarse como un síntoma; pero, alto, porque ese, creo, sería el término profesional: síntoma, como el síntoma de una enfermedad que un profesional diagnostica a un psicótico (quien tenga ojos que vea y quien tenga oídos que oiga).

El sentido de eso que se desea, pero que siendo quien se es, resulta imposible o, al menos, resulta inasimilable, deviene en algo que hay que llamar: el rostro de lo real, diferente, alejado, remoto, totalmente otro de lo que creemos ser (lo imaginario) o, sino también, muy diferente y alejado del juego que jugamos en los papeles que nos toca jugar o en los que nos vemos puestos (lo simbólico).