Miércoles 18 DE Septiembre DE 2019
El Acordeón

Verdad, poder y ficción

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 02-06-19
Por: Arturo Monterroso

Escribe Harold Bloom, el brillante profesor de Yale, que Nietzsche decía que Hamlet pensaba demasiado bien y que por eso murió de la verdad. No soy un experto en la obra de Shakespeare ni he estudiado a fondo la tragedia del atormentado, vengativo y escéptico príncipe de Dinamarca para saber con certeza qué significa esa frase del filósofo alemán. Para mí sigue siendo enigmática, aunque de manera superficial podría colegir que al conocer la verdad sobre el asesinato de su padre, Hamlet decide tomar venganza. Y precipitarse así en el abismo de su propia tragedia. Pero dejemos por ahora la trama de Shakespeare y fijémonos en la afirmación de Nietzsche. Esto me parece importante porque encuentro un vínculo entre eso de morir de la verdad y las ideas que el historiador israelí, Yuval Noah Harari, expone en un artículo publicado el pasado 26 de mayo en The New York Times.

Harari plantea que la ficción siempre triunfa sobre la verdad. Y esta aseveración me parece pertinente porque estamos en plena campaña electoral y, salvo algunas veces, más bien raras, lo que escuchamos de los candidatos no es más que ficción. Claro que hay algunas ficciones mejores que otras, no por verosímiles, sino porque llenan ese enorme vacío que tienen los ciudadanos; todas sus carencias, todas sus inseguridades, todos sus temores. Y esas ficciones se convierten en refugio y esperanza. No en vano ir a votar es un acto de fe. Si fuéramos seres exclusivamente racionales, no votaríamos. Pero como nos parecemos más a don Quijote que a Sancho, allí vamos peleando contra los molinos de viento en fiera y desigual batalla, metidos de cabeza en la ficción. Además, la verdad es incómoda, y molesta profundamente a los políticos y a las familias que disfrutan de esa entelequia que hemos dado en llamar “buen nombre”. “La verdad suele ser dolorosa y perturbadora –dice Harari–. De ahí que quien se apega a la realidad pura tiene pocos seguidores”. Un buen ejemplo, se me ocurre a mí, es el señor Trump, quien no carece de partidarios incondicionales, como los que están construyendo un muro privado en la frontera con México. Escuchando a Trump, uno puede concluir que la economía de libre mercado, las leyes de la oferta y la demanda, así como la competencia sin intervención del gobierno –como le encantaría a Mises– son producto de la libertad y la democracia que se vive en Estados Unidos. Por supuesto, solo hasta que un competidor lleva la ventaja. Entonces lo mejor es el proteccionismo y el intervencionismo en nombre de la seguridad nacional o de cualquier otra cosa, como cuando se sacaron de la manga la ficción de las armas de destrucción masiva, que no hizo falta probar para invadir Irak.

Y es que, como dice Harari, tener poder significa tener la capacidad de manipular realidades objetivas, pero también la de manipular las creencias humanas para conseguir la cooperación de muchas personas, que depende de creer en las mismas historias, aunque no sean ciertas. “Muchas personas creen –afirma– que apegarse a la verdad es la mejor estrategia para hacerse de poder. Por desgracia, esto solo es un mito que reconforta”. Y agrega, un párrafo adelante, que “somos, al mismo tiempo, los habitantes más listos y los más crédulos del planeta”. Dice Bloom que Shakespeare creó a Hamlet para que fuera una conciencia ambivalente y dividida. Y, sin duda, también un ser escindido entre la vida y la muerte, entre ser o no ser. Por supuesto que el drama que se nos viene encima a los guatemaltecos carece de esa profundidad, pero no por eso es menos importante: votar o no votar, ese es el dilema ante el que nos encontramos. Recuerde que, como escribió Nietzsche en El origen de la tragedia, la acción requiere de los velos de la ilusión.

>arturo.monterroso@gmail.com