Domingo 16 DE Junio DE 2019
El Acordeón

¿Entretiempos? No, ensayos

La Telenovela

Fecha de publicación: 26-05-19
Por: Ana María Rodas

Hace pocos días se presentó en Guatemala Entretiempos, un libro de Luis Eduardo Rivera, uno de los pocos escritores guatemaltecos que ha dedicado casi íntegramente su vida a la literatura.

Ha publicado poesía, novela y ensayo. Obras de calidad excelente desde 1978 hasta estos tiempos. Y ha encontrado espacio para traducir al español a determinados autores franceses. Joubert, por ejemplo, a quien al lector inadvertido quizás no le suene el nombre. Lo que no es importante, porque Joubert —y así lo cuenta Luis Eduardo en su obra:

“El respeto del que goza Joubert, discreto, selectivo, pero ampliamente meditado, se deriva, extrañamente de una paradoja que lo acompañó a todo lo largo de su labor intelectual e hizo de él un caso excepcional en la historia de la literatura francesa: se trata de un escritor sin obra”, afirma Rivera en el segundo párrafo del ensayo que le dedica al autor francés del Siglo XVIII.

¿Un escritor sin obra? Se pregunta el lector impresionado. ¿Cómo es posible que haya un autor reconocido mundialmente que no publicó libro alguno?

Líneas más adelante, en el ensayo que Rivera le dedica a Joubert el enigma se esfuma: “Al morir, Joubert no había publicado un solo libro ni dejó nada para publicar. Todo cuanto de él conocemos se reduce a sus papeles íntimos, afortunadamente rescatados del olvido gracias a la devoción de su esposa y de sus amigos.”

Efectivamente, la obra de Joubert se compone de cartas y de una serie heterogénea de apuntes y reflexiones sobre los temas más diversos.

Creo que solo Luis Eduardo podía haber llevado a cabo la extraordinaria tarea de traducir la obra de Joubert al español.

No olvido a mi amigo Rivera de los años sesenta, sacando con extrema rapidez, del bolsillo interior de su chaqueta, un libro de apuntes de tamaño mediano en el que iba anotando, en la medida en que se le iban ocurriendo, aquellos pensamientos que le producían los sucesos o los comentarios que veía o escuchaba, que a cualquiera de sus acompañantes se nos perdían porque no poseíamos la fina capacidad que distinguía a Luis Eduardo del resto del grupo para prestar atención a cuestiones verdaderamente importantes y que se nos escapaban porque estábamos —como solía suceder cada vez que el grupo se reunía— festejando la alegría de estar juntos de nuevo.

Recuerdo el asombro, mezclado con quién sabe cuántas otras sensaciones que aparecían en su rostro cuando yo juraba, casi a voz en cuello, que iba a quemar mis diarios por estas y otras razones. Que en verdad no eran razones sino desmanes, tropelías y atropellos que me salían por alguno que otro disgusto vivido y que había quedado escrito, y no para la posteridad.

“Cómo se te ocurre”, me lanzaba Luis Eduardo con miradas que iban del asombro al disgusto. En esos momentos, estoy segura, no daba un solo centavo por mi capacidad de escritora.

Solo alguien como Rivera, capaz de hallar las aristas más extravagantes o caprichosas en lo que escuchaba o veía a su alrededor, podía llevar aquel mini diario en la bolsa de su saco.

En el fondo no era un diario sino una serie de comentarios, observaciones, interpretaciones, glosas sobre lo que observaba y atrapaba con lo más notable de su reflexión. A él no se le escapaba nada de lo que, a nosotros, sus compañeros, se nos perdía con gran facilidad.

Esa capacidad, unida a sus esclarecidas dotes de escritor, han llevado a Luis EduArdo Rivera a convertirse, con el tiempo, en uno de los más finos autores guatemaltecos.

Lo dije y lo repito porque me da mucho placer: poeta, novelista y ensayista de primer orden en cada uno de los géneros que cultiva nuestro creador, su más reciente libro, Entretiempos, es una eficaz muestra de su capacidad innata para recorrer todos los caminos que la literatura ofrece.

Está ahí el libro Entretiempos, ahora, en los anaqueles de las librerías. Al alcance de la mano. Si no la estiran, recogen un ejemplar y lo llevan a casa para extraviarse  entre sus páginas, están perdiendo la ocasión de adentrarse en una serie de ensayos que muestran inteligencia, agudeza, lucidez.

Lo he leído recordando cuánta falta nos hizo Luis Eduardo cuando se fue a México primero, y luego a Francia, para crecer ahí y venir ahora a dejarnos el regalo vital de su capacidad creadora.