Martes 22 DE Octubre DE 2019
El Acordeón

Sobrevivir a barba azul

Fecha de publicación: 19-05-19
Por: Rogelio Salazar de León

La huella de sangre en la llave es una de las señas de la historia, aunque tal vez la principal seña de identidad del cuento sea la habitación prohibida; y no se necesita ser muy listo para saber que cuando hay sangre y cosas prohibidas en una historia, las cosas no andan muy bien ni muy en orden y los sucesos son el resultado, muy probablemente, del exceso de autoridad y de represión.

En la política local hay una chica con clase que ha aprendido a hablar de corrido y a vestirse de mujer y, francamente, ambas cosas, no se diga juntas, no son poca cosa en los tiempos que corren, entre lo que hay que ver y aguantar dentro del colorido regional; (qué sus méritos sean reconocidos).

Pero, además de lo que se nota y de la sutileza de sus armas ¿quién es ella…? Y ¿cuáles son sus cualidades más allá de lo visible…? Lo más probable es que con ella pase lo que pasa con el iceberg, en el que se ve solo la menor parte, la parte mínima de lo que hay, mientras la mayor parte, la parte más grande, lo más denso y lo más pesado es aquello que queda oculto, lo que no se ve y parece no estar.

Hasta donde se sabe, la chica con clase es hija de alguien (qué su hidalguía sea reconocida), lo cual bien puede ser valorado como una medalla más en el currículum, sabemos también que, a estas alturas, ha cruzado ya por varios lances sentimentales con hombres que, por decirlo de alguna manera, tienen el colmillo retorcido, pero lo notable es que todo ello ha sucedido como sucede con la aves de blanco plumaje, que cruzan el pantano sin salpicarse, al menos, aparentemente.

¿Quién es ella…? y ¿Cuáles son sus cualidades…? Eran las preguntas anteriores; si se toma en cuenta el cuento que nos habla de la llave ensangrentada y la habitación prohibida, el famoso cuento Barba azul, esas cuestiones bien pueden ser traducidas a estas otras ¿qué significa que una mujer quiera entrar en los secretos más oscuros de los hombres…? ¿qué sucede cuando una mujer logra entrar en esa habitación que encierra los secretos más oscuros de los hombres…? Como mínimo lo que sucede, entre otras cosas y entre otras consecuencias, según la sabiduría contenida en el cuento de Perrault, es que, cuando menos, la llave usada para entrar a esos secretos y a esa habitación queda manchada de sangre, pero además, y tal vez como lo más importante, pasa que esa mancha de sangre no se borra, por más que se la lave y se la enjuague.

La madrastra mala

O una o la otra: “tu padre ya no está, por eso te toca el fogón y la ceniza”, o bien, “me muero de envidia porque tú, mi hija, día a día eres más bonita que yo”.

La referencia es clara a los, quizá, dos más famosos cuentos de hadas: La Cenicienta y Blancanieves, mientras uno se resuelve por un asunto de calzado (que tratándose de mujeres no es poca cosa), el otro se resuelve en el medio del bosque entre setas y enanos.

Justo así, la madrastra de los cuentos de hadas es aquella que no acepta quedarse relegada, aquella que no acepta un segundo lugar o, si intentamos dar un paso más y decirlo de otro modo, la madrastra es aquella mujer pasada de madura que no acepta la evidencia, incluso, cuando esta es aplastante ¿qué puede ser más evidente que lo que muestra el espejo…?

Entre la diversidad local no carecemos de nuestra madrastra mala, no carecemos de la testaruda y tiesa que se niega a aceptar la evidencia del espejo porque, bien entendidas las cosas, a estas alturas de la democracia, someterse al juicio público y a la voluntad popular puede funcionar como un espejo.

“Has de saber que yo no acepto un no como respuesta”, bien puede ser su credo, como quien dice: la respuesta siempre ha de ser la que yo quiero y busco porque, claramente, yo nunca estaré por debajo de nadie (así sea del mismísimo presidente), el de abajo siempre será otro, pero no yo; pase lo que pase y pese a quien pese, por la buenas o por la malas, la canción diría: “con dinero o sin dinero sigo siendo…”.

En la galería nacional hay una de estas; seguro que su espejo, como la voluntad popular ya le han dicho que no, más de una vez, pero no lo oye, no lo procesa, no lo supera, no lo entiende; y al ser terca y sorda, cada cuatro años es peor candidata de lo que lo fue la vez anterior, como si fuera la versión vernácula del síndrome Hilary, finalmente, si pasa en las tierras del tío Sam y en el partido demócrata, por qué no va pasar aquí (down here).

Ante los hechos que todos conocemos y que son claros como el agua, resulta muy tentador conjeturar y decir, por ejemplo: quien no haya logrado integrar, en el proceso de su maduración, unas relaciones más o menos sanas con el deseo y la autoridad, al irse haciendo viejo(a), deviene en alguien desestructurado.

Lo cual puede ser dicho con otras palabras y, más o menos, quedaría así: la sabiduría de los cuentos infantiles es capaz de explicar, así sea de una forma sesgada, por qué alguien es incapaz de disfrutar del proceso de maduración de quienes vienen atrás y por qué, cuando alguien más joven lo(a) supera, siente unos celos incontrolables, hasta verse conducido(a) a tejer, como la araña, una tela que al fin es su propia mortaja.