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El Acordeón

La corrupción de un presidente


“El dinero todo lo arregla”, dice la cita del Eclesiastés —el libro de la incertidumbre, la insatisfacción y la fugacidad de la existencia—, que precede a la escena primera de La corrupción de un presidente sin tacha, la novela de Francisco Pérez de Antón. Pero antes de la cita sacada de ese libro sapiencial, aparece una de Maquiavelo, tomada de El príncipe, que dice al principio: “Hay tanta diferencia entre cómo se vive y cómo se debería vivir que aquel que deja lo que hace por lo que debería hacer marcha hacia su ruina”. Y termina de forma admonitoria, advirtiendo que “es necesario que todo príncipe que quiera mantenerse aprenda a no ser bueno…”. La primera cita, la del libro del Antiguo Testamento, no tiene misterio (aunque podría ser controversial), pero la segunda quizá suene un tanto enigmática, ya que contradice la común creencia de que la bondad tiene un valor intrínseco, cosa que pone en duda el gran filósofo florentino, considerado “el primer gran pensador político de los tiempos modernos”, como dice en la solapa del Epistolario 1512-1527. Y viene a cuento el epistolario porque en una carta que envía a Piero Soderini (un funcionario enviado al exilio por los Medici), dice que “débese en las cosas juzgar el fin que tienen, y no los medios con que se hacen”.

Escribo lo anterior porque la avidez por el dinero y el poder es el viento que atraviesa la novela de Pérez de Antón. Y tanto la cita del Eclesiastés como la de El príncipe y la del epistolario no solo nos sitúan en la pared del ojo del huracán de los tiempos que vivimos, sino que nos dan la clave para descifrar la trama. “Si algo sé de este oficio —dice Tulio Expósito, el vicepresidente electo— es que en la vida pública no triunfan los hombres de conducta moral intachable, sino aquellos que consiguen hacer cosas”. Esto podría verse de manera positiva, siguiendo lo que le escribe Maquiavelo a Soderini, pero en la vida real (y en la novela) las cosas que hacen los políticos no persiguen el bien común, sino el beneficio particular. Esta es la esencia del argumento, que va de la ficción a la realidad continuamente, haciendo referencias a nuestra vida política contemporánea, como cuando Sanabria, el presidente electo, “recuerda a los diputados del presidente Morales cuando, al tomar posesión de sus cargos, se comprometieron por su honor a hacer un gobierno limpio, y acabaron modificando el Código Penal para favorecer la impunidad de ladrones, narcos y algún familiar del presidente”. Quizá olvidamos los ciudadanos que, como dice Expósito, “todos los negocios públicos son sucios por naturaleza”.

La corrupción de un presidente sin tacha es una novela reflexiva, que echa mano de un discurso filosófico-político para discurrir en voz alta acerca de nuestra realidad desnuda. Y podría aburrirnos si no es por la ironía, la pintura de los personajes y la riqueza expresiva, como cuando nos habla de la danza de los mojigatos, refiriéndose a puritanos y conservadores. La introducción de una especie de voz de fondo, como en algunas películas, sirve para agregar otro matiz, el de la conciencia lúcida que apalea a su propietario. Pero todo esto no sería suficiente para atravesar el largo camino de la reflexión sin el peligro del letargo. Por eso el autor sale en nuestro auxilio con una buena dosis de acción, intriga y suspense. A eso de la mitad de la historia, la novela adquiere un dinamismo inesperado y se convierte en un thriller policiaco, donde intervienen la policía, la DEA, los sicarios, los políticos y la víctima propiciatoria. Y es que “la política es una conspiración permanente (…) y el poder sigue siendo fiel a sus raíces. Continúa siendo bestial, despiadado y corrupto”.

>arturo.monterroso@gmail.com

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