Domingo 26 DE Mayo DE 2019
El Acordeón

A estas alturas ¿quién lo sabe…?

Han pasado generaciones, pestes, guerras, modas, buenas y malas épocas, vacas flacas y vacas gordas, han muerto padres y los hijos y los nietos de esos padres, y las catedrales han estado ahí aguantando el tiempo, soportando los vientos, las lluvias y los azotes.

Fecha de publicación: 12-05-19
Por: Rogelio Salazar de León

Yo no sé usted, pero a mí sí me dio mucha pena, muchísima pena.

Cada ciudad o casi cada ciudad tiene una Catedral, algunas son tan dignas, consistentes y monumentales que parecen haber sido hechas para competir con otras, o ser tan grandes o tan lindas o tan agraciadas como la misma ciudad que las contiene, como la de Sevilla, por ejemplo.

En teoría cada Catedral debería tener rasgos compartidos con la ciudad a la que pertenece, características gracias a las cuales las emparentamos o las reconocemos o las identificamos con aquella ciudad que las ha hecho y les ha dado forma al diseñarlas, moldearlas y construirlas; desde luego, esta es una relación trabajada por el tiempo y no solo por las manos de los hombres y las herramientas, por un tiempo que a veces no son unos cuantos años, sino siglos.

Alguien parece haber dicho una vez, que algunas catedrales europeas han tardado en construirse más tiempo que la propia ciudad de Nueva York.

Casi cada capital importante posee y ostenta una Catedral que no solo es una presencia física o un espacio urbano, que no solo es piedra y argamasa, cristal y arcilla, bronce y madera, que en cambio es, como si dijéramos, algo que se siente, que se respira y que se sabe, como si la catedral fuera una instancia en la que la ciudad se percibe a sí misma, en la que la ciudad se piensa a sí misma, porque francamente no es lo mismo, solo existir que saber que se existe, pensar en algo que pensar que se piensa en eso, y estar enterado de que esta existencia es algo que sucede de cierta forma, conforme a cierto carácter, de acuerdo con ciertos moldes y ciertos códigos.

A ver si nos vamos entendiendo: a veces, cuando nos vemos en el espejo somos tan atrevidos como para decir: yo no soy ese o eso que aparece en la imagen especular (signifique lo que signifique especular), yo no estoy tan viejo, o bien no estoy tan gordo, o bien no tengo los ojos tan apagados como aparecen allí; seguramente, porque conservamos algo de lo que ha sido nuestro y que todavía, de alguna forma, sentimos latir dentro de nosotros.

Irremediablemente, no somos solo conscientes de nosotros mismos, sino somos autoconscientes de nosotros mismos.

Si una ciudad es una cosa viva que, de algún modo, sí que lo es, esa suerte de autoconciencia de sí es lo que una Catedral supone para una ciudad.

Al viajar miramos y nos miramos en esas viejas catedrales, y tratamos de encontrar algo de ellas en nosotros, porque son parte de un pasado cultural que nos constituye.

Han pasado generaciones, pestes, guerras, modas, buenas y malas épocas, vacas flacas y vacas gordas, han muerto padres y los hijos y los nietos de esos padres, y las catedrales han estado ahí aguantando el tiempo, soportando los vientos, las lluvias y los azotes con su rostro bello, viejo e imperturbable.

Habremos ido a París, y una vez que hemos vuelto nos han quedado más ganas de volver que antes de haber ido la primera vez; algún magnetismo habremos sentido gravitar sobre nosotros.

Hayamos visto la Catedral de Notre Dame de París cómo la hayamos visto, desde dónde la hayamos visto por primera vez, la hemos contemplado como un buque insignia rodeado, en medio de una isla, por el agua de un río lento, de un río que parte a la ciudad en dos, pero que a la vez se parte para dejar espacio a una isla; un buque insignia que ha marcado el rumbo de una civilización, ya sea monárquica, republicana, revolucionaria, jacobina, asediada y ocupada o ventilada y liberada, en medio de las brumas del brumario o de la primavera de mayo.

Por todo eso, entre otras cosas, fue que a mí me dio tanta pena contemplar que la Catedral de Notre Dame de París ardía el lunes santo recién pasado; se quemó y se sintió como si se quemara parte de la conciencia de Occidente, como si se quemara algo que no solo pertenece a Francia.

Se le quemó el techo a la Catedral de Notre Dame, hasta que la aguja que tocaba el cielo de París no aguantó y se desplomó…

A lo mejor el rumbo de Occidente, a estas alturas, ya no se altera si arde su buque insignia o, a lo mejor sí, cuando menos y como poco, queda la duda, porque, visto lo visto y bien entendidas las cosas, ¿quién lo sabe…?