Lunes 18 DE Noviembre DE 2019
El Acordeón

En medio del bosque

Transitamos por un bosque del que sabemos muy poco, francamente, nunca hemos llegado a obtener un plano total del bosque, solo conocemos algunas sendas a medias, de las cuales ni siquiera sabemos dónde terminan, a dónde conducen o quien las ha trazado.

Fecha de publicación: 28-04-19
Por: Rogelio Salazar de León

Caminamos por el bosque, mientras llevamos la merienda para la abuelita.

Transitamos por un bosque del que sabemos muy poco, francamente, nunca hemos llegado a obtener un plano total del bosque, solo conocemos algunas sendas a medias, de las cuales ni siquiera sabemos dónde terminan, a dónde conducen o quien las ha trazado.

La única certeza con la que contamos es la del cuento: que nuestra capucha es roja, podría ser de ese color por el miedo a perdernos en el medio de la nada, y que al suceder alguien sea capaz de verla.

Como lo último que se pierde es la esperanza, nos gusta pensar que el juego tiene un orden y obedece a algunas reglas, nos fascina imaginar que hay alguna moral detrás de toda la historia, de alguna forma, nos cuesta mucho resignarnos a que no haya algún auxilio que acuda en nuestro amparo ante la ausencia de una orientación, ante lo poco que sabemos.

Justamente, así, un poco por ahí, nuestra preferencia ha sido fantasear con que el bosque ha tenido un diseñador, una suerte de artífice, algunos han querido imaginar que han sido muchos arquitectos, o bien, si nos ponemos literarios, habría que decir autores en vez de artífices o arquitectos.

¿Todo ha sido hecho con los materiales de la naturaleza o, en cambio, todo ha sido hecho de palabras…? ¿El artífice es alguien empírico o, en cambio, ha sido un narrador que cuenta historias, en las que unas se cruzan con otras, como si se tratase de un jardín cuyos senderos se bifurcan…?

Quizá algunos han preferido imaginar todo esto más a la ligera, y han jugado a fantasear con que el hacedor es un hombre entrado en años vigoroso o lo han imaginado como a un viejo con barba larga ¿será canoso realmente o, más bien rubio o, tal vez su cabello es negro como el azabache…? ¿habitará entre las nubes y el cielo o, quizá entre las nubes y las montañas…?

Tal vez ha nacido después de procesos y tramas muy complicados o tal vez ha existido desde siempre, desde antes de que el tiempo comenzara, incluso, se ha llegado a suponer que ha bajado a la muerte y ha logrado atravesarla saliendo de ella; algunos otros han llegado a asignarle una cierta semejanza a algunos animales que nos inspiran admiración o que nos infunden respeto: lobos, toros, dragones, pájaros o mezclas de todos ellos.

Algunos de los más aventajados, hasta han luchado por pensar y argumentar con que el hacedor sabe geometría y, por eso ha podido calcular el espacio y el vacío, que su ley o su regla es como el don de la ubicuidad y que si nosotros no alcanzamos a abarcar todo el bosque, al menos podemos conseguir o pretender, si le mostramos respeto, el aprendizaje de cómo recorrerlo o movernos por él.

Si las tormentas se desatan, si los pájaros vuelan o si las zarzas arden no importa, porque a todo le hacemos la misma o casi las mismas preguntas: ¿cuál es el mensaje…? ¿cuál es la clave…? ¿quién lo envía…? Los juegos de la fantasía no cesan y eso se siente como si la mesa estuviese servida para que el universo se diluya en las palabras, para que todas las partículas del polvo de la posibilidad lleguen hasta el lenguaje y se precipiten, irremediablemente, por los discursos.

De alguna manera, Borges decía y, a lo mejor también actuaba como si todo lo que hay y todo lo que sucede existiese solo para, finalmente, llegar a un libro; Borges parecía pensar en un libro que fuese total y único, pensaba, tal vez con tristeza que ese libro es el que nunca podría escribir, siendo su más acariciada ambición.

Que un libro sea capaz de contener el universo, pese a que suene como un deseo desmedido y solemne, acaso no sea algo muy original, tal vez lo han querido, pretendido e intentado algunos, por ejemplo Platón con La República o Tomás con la Suma de Teología o su paisano y casi contemporáneo Dante Alighieri con la Divina Comedia; aunque nosotros, siendo modernos, con lo que más podríamos identificar esta ambición desmedida y solemne es con la Enciclopedia, con todo y la carga que esa palabra pueda tener de ilustrado.

Proust, quizá no se atrevió a confesar que buscó la novela enciclopédica, una novela que fuera capaz de contener, como se posee a lo propio, todo cuanto fuese anterior y posterior a ella, a los sucesos que narra; sobre todo después de conocer y sentir como un reto lo que dijo su, también, paisano y casi contemporáneo Stephan Mallarmé en uno de sus versos: “una tirada de dados jamás abolirá el azar”.